ventaja secesionista

El independentismo está más atrapado por el autoexilio de Puigdemont que por los autos de prisión del magistrado Llarena

Puigdemont sujeta la pancarta junto a Rovira, con Egibar a la derecha./EFE
Puigdemont sujeta la pancarta junto a Rovira, con Egibar a la derecha. / EFE
Kepa Aulestia
KEPA AULESTIA

Las campañas electorales de los partidos van dirigidas a movilizar a los propios. A lo largo de las tres últimas décadas las estrategias de campaña -si es que puede denominárselas así- han ido prescindiendo de los esfuerzos por persuadir al público en general. Poco a poco las formaciones parlamentarias se han ido deshaciendo de sus complejos iniciales, de modo que no se sienten en la obligación de explicar nada a nadie, porque los propios están suficientemente convencidos. Dado que las campañas son interminables, la clave de tal proceder está siempre en incrementar la brecha de separación con los adversarios, de modo que nadie de los propios tenga tentación alguna de pasarse al otro lado, porque tal posibilidad queda demonizada de antemano. Lo que está ocurriendo en Cataluña tiene connotaciones propias en torno al supuesto de que las formaciones que concurren a las urnas cuentan con un electorado poco menos que cautivo al que solo habría que motivar para que el 21-D acuda a las urnas.

Lo primero que llama la atención es la certidumbre con la que los líderes independentistas, después de algunos amagos por rectificar o autocriticarse tras la aplicación del 155 -por su unilateralidad, por su impaciencia y por su creencia en el advenimiento de una ‘república total’-, han vuelto a ratificarse en el ‘procés’. Sin duda porque temen que una revisión de sus postulados desconcertaría a las bases secesionistas y, en esa medida, las desmovilizaría. No hay margen para matices y sutilezas. Se impone el silencio sobre las intenciones propias, mientras se condenan las ajenas. Se renuncia no ya a convencer sino siquiera a replicar a las críticas recibidas, porque no merece la pena entrar en el juego adversario. Al independentismo le basta el independentismo, y ése puede ser su gran error. No se dirige a los demás porque los argumentos que tendría que usar para ello incomodarían a sus más entusiastas. Pero yendo sobre seguro corre el riesgo de quedarse a un punto de la mayoría absoluta y, por ello mismo, obligado a corregir en tiempo récord eso de lo que ni siquiera está queriendo hablar en campaña.

Lo segundo que sorprende es la armonía que reflejan públicamente ERC y Junts per Catalunya, cuando la primera decidió concurrir por separado a ‘las autonómicas del 155’ por sentirse con ventaja, y ‘la lista del presidente’ ha logrado alcanzar en las encuestas a la que encabeza Junqueras con Rovira como segunda. Pocas veces se ha visto tal grado de generosidad en plena campaña, cuando precisamente no se sabe cuál es el voto propio de unos y de otros. Cuando hasta el campo electoral aparentemente intratable de la CUP podría verse afectado por el unanimismo de la manifestación de Bruselas y la omnipresencia de Puigdemont. Una vez asegurada la estricta compartimentación entre bloques, e imposibilitado que se construya puente alguno entre la orilla secesionista y la unionista, el independentismo está más atrapado por el autoexilio del expresidente de la Generalitat que por los últimos autos de prisión del magistrado Llarena desde el Supremo.

Claro que los riesgos que asume el independentismo -quedarse corto con los suyos y dividirse el voto casi sin querer- parecen atenuarse ante el partidismo de siglas que protagonizan las otras cuatro formaciones que, con toda seguridad, completarán un arco parlamentario de siete grupos en la Cámara catalana. El independentismo podría estar al límite de sus fuerzas, arriesgándose a venirse abajo, a desmembrarse, si el 21-D no alcanza la mayoría absoluta parlamentaria. Pero cuenta con una ventaja que puede ser crucial según transcurren los días de campaña: tiene una alternativa de gobierno, la suya, la que ya se conoce, por desastrosa que fuese su ejecutoria. El resto no tiene más remedio que esperar a que el independentismo se quede por debajo de la ‘nota de corte’ para postularse como partícipe de no se sabe qué fórmula para gobernar las instituciones de la Generalitat. El unanimismo secesionista cobra ventaja aunque se niegue a responder a las preguntas sobre su estrepitoso fracaso político. Ya se sabe que, de lograr la mayoría absoluta, volverá a gobernar unido.

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