Urkullu tiene razón

¿Cómo se hace un Estado federal en el que todo el mundo ingresa diferente pero recibe lo mismo?

El lehendakari, Íñigo Urkullu./RAFA GUTIÉRREZ
El lehendakari, Íñigo Urkullu. / RAFA GUTIÉRREZ
Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Vaya hombre, qué curioso! Los que no lo somos, hemos criticado siempre a los nacionalistas por esa irritante y permanente demanda de diferencia. Da la impresión de que tampoco les gusta conseguir lo que desean, si lo obtienen también los demás. Es decir, parece como si más que la demanda concreta les interesa la diferencia específica.

Pues ahora resulta que el lehendakari Urkullu propone extender a todas las comunidades autónomas el sistema fiscal vasco y, de inmediato, se posiciona todo el mundo en contra. Todo el mundo no. A los socialistas catalanes y a la Comunidad Balear les ha parecido sugerente. Los primeros pretenden convertirla en un atractivo banderín de enganche para aquellos independentistas que se han asustado por el cariz de su aventura (no seamos pesimistas, alguno tiene que haber, esa no puede ser una especie extinguida) y están dispuestos a moverse. Así, cuanto menos distancia tengan que recorrer, más cómodo será el trayecto ideológico que deberán realizar. Los segundos participan de esa opinión tan generalizada de que esto es un chollo que limita mucho la solidaridad con las comunidades de menor renta y quieren apuntarse a la fiesta. Lo hacen por puro interés, ya saben, pero no se enfade usted. ¿Por qué motivos se mueven los demás?

Los demás son una amalgama compuesta por los que no entienden nada y por los que muestran el mismo egoísmo, eso sí disfrazado de solidaridad. De una solidaridad unidireccional y siempre receptora. Los primeros hablan de ruptura de caja única. Pero, ¿no están casi todos los partidos y en especial los de izquierda suspirando por un Estado federal? ¿Y cómo se hace un Estado federal en el que todo el mundo ingresa diferente pero recibe lo mismo? ¿Sucede acaso eso en California o en Baviera?

Los socialistas andaluces, los que más y más alto se han soliviantado, se niegan a aceptarla porque atenta contra la sacrosanta igualdad. Pero, al igual que cuando hablamos de personas físicas, solo mencionan la igualdad en el gasto y la desprecian en el ingreso. A ellos les da igual recaudar igual, lo que exigen es recibir lo mismo. Si tanto les preocupa la igualdad, ¿cómo soportan el hecho irrefutable de que su comunidad ocupe, desde hace más de treinta años y con constancia franciscana, los últimos lugares en renta y los primeros en paro de toda la UE, lo que constituye un inmenso ejemplo de desigualdad? ¿Por qué ponen tanto énfasis en asegurarse que van a recibir el mismo dinero que los demás y no en conseguir que van a recaudar tantos impuestos como los demás?

La solidaridad es una gran idea, pero se aplica siempre de manera amputada. A nivel personal tratamos siempre de igualar la renta neta, pero no nos preocupa en absoluto igualar ni el esfuerzo, ni las capacidades desplegadas para obtener la renta bruta. A nivel colectivo, nos preocupa igualar el dinero que reparte el Estado, no el ingreso obtenido por cada comunidad.

El lehendakari tiene razón y su idea puede valer si se dan estas circunstancias: 1.- Delimitación precisa de las competencias del Estado, incluyendo unos servicios sociales, educación, sanidad... mínimos para todos. 2.- Impuestos de ámbito estatal que sostengan sus competencias. 3.- Que cada comunidad autónoma determine los gastos que desee aplicar a las competencias que tenga y al nivel de calidad y generosidad con que piense ejercerlas y establezca los impuestos que desee para sostenerlos. 4.- Se establezcan criterios estrictos de solidaridad, basados sobre compromisos claros para los ‘donantes’ y también de exigencias precisas para los ‘receptores’. Si es así, tiene que cuadrar. Algo de esto es lo que propone el lehendakari.

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