Urkullu y el presidente de Quebec piden diálogo para resolver crisis territoriales

Iñigo Urkullu y Philippe Couillard se estrechan las manos antes de la reunión que mantuvieron ayer en Quebec./MIKEL ARRAZOLA
Iñigo Urkullu y Philippe Couillard se estrechan las manos antes de la reunión que mantuvieron ayer en Quebec. / MIKEL ARRAZOLA

El lehendakari celebra que Puigdemont «dé por bueno» el 21-D y cree que la cita electoral ayudaráa la «distensión»en Cataluña

Olatz Barriuso
OLATZ BARRIUSO

El lehendakari, Iñigo Urkullu, logró ayer la fotografía que históricamente se les resistió a sus predecesores. José Antonio Ardanza y Juan José Ibarretxe lo intentaron pero no lograron ser recibidos por las máximas autoridades de Quebec, que no querían que sus reivindicaciones soberanistas pudieran verse asociadas a la violencia de ETA. Seis años después del fin de la banda y en pleno debate sobre el modelo territorial en España tras el definitivo estallido del conflicto catalán, el jefe del Ejecutivo de Vitoria pudo retratarse estrechando la mano de su homólogo quebequés, Philippe Couillard, el primer ministro «más federalista de la historia» de la provincia francófona canadiense, en palabras de sus rivales soberanistas, ahora en la oposición.

«Si él dice que la Constitución no funciona, es que no funciona». Ésa fue la reacción del independentismo ‘quebecois’ a la «declaración de afirmación» que Couillard, neurocirujano, profesor universitario y líder del federalista y centroderechista Partido Liberal de Quebec, impulsó en junio pasado para reivindicar el protagonismo y la identidad de Quebec, reconocida como nación en 2006, dentro de Canadá. Un espejo perfecto para las tesis de Urkullu sobre la unión voluntaria de Euskadi a España en un contexto de bilateralidad y de reconocimiento de la «plurinacionalidad» del Estado, que ayer volvió a reivindicar.

La declaración de autoafirmación apadrinada por Couillard se titula ‘Quebequeses, nuestra forma de ser canadienses’. Urkullu no llegó a entonar un ‘Vascos, nuestra forma de ser españoles’, pero quedó claro que el ‘premier’ y el lehendakari comparten una misma visión de la mejor vía para resolver conflictos territoriales de «identidades nacionales» que exigen ser reconocidas dentro de los Estados a los que pertenecen.

En su comparecencia conjunta, convocada para presentar un memorando de entendimiento entre Euskadi y Quebec pero convertida en el turno de preguntas con profesionales vascos y quebequeses en un monográfico sobre la forma de encauzar las tensiones soberanistas, ambos mandatarios dejaron claro que comparten la apuesta por el «diálogo democrático» como «única» vía posible para resolver este tipo de conflictos. Eso sí, coincidieron ambos, dentro del «marco legal» establecido y vigente en cada país.

Urkullu resaltó que aspira a que Euskadi pueda decidir su futuro «de manera legal, pactada y con garantías», a que sea reconocida como «nación» dentro del Estado e incluso a que pueda suscribir y firmar tratados internacionales, como ya hace Quebec, con derecho a intervenir en los debates de la Unesco. Couillard, por su parte, también hizo una cerrada defensa de los marcos legales al ser preguntado insistentemente por su posición en el conflicto catalán, en el que llegó a ofrecerse como mediador ante el consulado y la embajada españolas con nulo éxito. Esa labor de puente solo es procedente «si las dos partes se involucran» y no sucedió así, explicó.

Lucha conjunta contra el cambio climático

El memorando de entendimiento suscrito ayer por el lehendakari y el primer ministro en la sede del Gobierno provincial, sobre una bella colina en la ciudad de Quebec, suma a la provincia francófona a la red de «aliados estratégicos» de Euskadi a la que ya pertenecen Aquitania, Baviera y Flandes, entre otras regiones. Couillard recibió a Urkullu con honores: salió a estrecharle la mano a los pies de la escalinata del edificio gubernamental, engalanado para la ocasión con tres ikurriñas entreveradas con otras tantas banderas quebequesas. La enseña vasca también ondeaba en la fachada del hotel que acogió a la delegación del Ejecutivo de Vitoria.

Según su análisis, la comunidad internacional «no entiende» que no se haya intentado habilitar una solución dialogada al conflicto catalán, pero a la vez dejó claro que España es un país «amigo», democrático y con asiento en la ONU «del que aprendemos cada día». La independencia unilateral, prosiguió ante la insistencia de los medios canadienses, solo podría ser reconocida en caso de flagrante violación de los derechos humanos. Y la diferencia con Quebec, insistió, es que el Tribunal Supremo canadiense reconoció la obligación del Gobierno federal de sentarse a negociar en caso de una mayoría clara en favor de la secesión. La ley española, subrayó, no contempla esa posibilidad. «La experiencia de Quebec podría ser útil, pero las dos partes deben tener voluntad de participar», zanjó. También Urkullu reconoció la diferencia entre ambos ordenamientos jurídicos e insistió en que, en el caso de España, «lo importante» es que el Estado asuma la coexistencia de diferentes naciones en su seno y abra un diálogo cuanto antes para evitar la «fractura social».

Victimismo y pragmatismo

El lehendakari aprovechó también para aplaudir, por segundo día consecutivo, la convocatoria de elecciones en Cataluña al amparo del artículo 155. Incluso celebró que, al retar a Mariano Rajoy a aceptar los resultados del 21-D, Puigdemont haya «dado por buena» desde su autoexilio bruselense la celebración de los comicios. «Es un paso muy importante para la distensión de la situación» creada a raíz de la fallida declaración de independencia, se congratuló el lehendakari.

El análisis que se hace en su equipo es que las elecciones de diciembre batirán récords de participación en Cataluña y ofrecerán, por tanto, un mandato incontestable que podría abrir la puerta además a nuevas alianzas que acaben con el bloqueo político. La incógnita de si Puigdemont prestará declaración la enmarcan dentro de un contexto de campaña electoral, en la que el soberanismo necesitaría su cuota de victimismo junto al pragmatismo que supone la propia decisión de acatar las urnas.

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