Ulsterización de baja intensidad

Quim Torra./
Quim Torra.
Juan Carlos Viloria
JUAN CARLOS VILORIA

En la televisión pública catalana, el director del ente, Vicent Sanchís, le preguntaba al president Quim Torra si ve riesgo de ulsterización en Cataluña. Solamente plantear la cuestión ya indica el clima que se está viviendo en la sociedad catalana a medida que el proceso independentista se traslada a la calle. El director de un medio que no ha contribuido especialmente a la distensión y al equilibrio, sino que se ha alineado descaradamente con los indepes, parecía preocupado por el papel de TV3 en esta crisis. Y le explicaba al president: «Ese peligro de que Cataluña quede dividida en dos bandos, gente que solo vive en su mundo, que solo ve una determinada televisión y que no quiere saber nada de los que no piensan como ellos». La burbuja independentista se ha ido enrocando más intensamente a medida que la televisión pública cebaba a esa parte de la sociedad catalana que no quiere saber nada «de los que no piensan como ellos». Cuando llega esa fase en la que grupos muy significativos de la opinión pública no se mueven en función de los hechos, los datos o la ley, sino de la forma de verlos e interpretarlos filtrados a través de un doctrinario y un objetivo político, se empieza a bordear la línea roja de la ulsterización de baja intensidad. Hay indicios contradictorios en relación al inmediato discurrir del conflicto en los ámbitos domésticos y privados, que es donde se cuecen los odios y las rupturas.

Por un lado, da la impresión de que se han encendido las luces de alarma y políticos tan combativos como Joan Tardá han pedido perdón a Serrat en nombre de los ciudadanos que le han insultado llamándole «facha». El presidente de Sociedad Civil Catalana, José Rosignol, pidió reunirse con dirigentes de Òmnium Cultural y la ANC para «bajar la tensión social». Pero la respuesta fue que un centenar de CDR les boicotearon en la Universidad de Barcelona un acto de homenaje a Cervantes al grito de «fuera fascistas de la Universidad». Claro que la nueva consejera de Cultura de la Generalitat, Laura Borrás, acaba de declarar sin empacho que el castellano en Cataluña es una lengua «de imposición». La consejera relaciona directamente la lengua que hablan todos los catalanes, y que es lengua materna de más de la mitad de ellos, con «la colonización de Cataluña por el franquismo». Si vinculas al castellano con el franquismo queda poco para llamar franquistas/fascistas a los que lo utilizan, y no te puede sorprender el resultado en la calle. Esos son precisamente los gestos que no contribuyen a aumentar la esperanza de que la convivencia se recupere y no se desborden las líneas rojas. Claro que si afirmas que Cataluña ha sido colonizada por Franco, que impuso otra lengua, ya puedes ir a Naciones Unidas a reclamar el derecho de autodeterminación como pueblo oprimido y colonizado. Pero alguien tiene que desarmar el lenguaje y frenar la espiral antes de que sea tarde.

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