Tres buenas preguntas, una mala respuesta

El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, observa los ersultados de las elecciones desde Bélgica./Reuters
El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, observa los ersultados de las elecciones desde Bélgica. / Reuters
Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

¿Las elecciones celebradas ayer en Cataluña facilitan su gobernabilidad, cohesionan su sociedad y despejan su horizonte económico? La respuesta es no. Los independentistas podrán consolarse con el hecho de que mantienen su mayoría en escaños en el Parlament y podrán así mantener en pie su 'procés'. Pero no deberían. Han perdido votos a mansalva y varios escaños. Han obtenido muchos menos votos que el pasado 1-O, lo que demuestra la falsedad del recuento realizado.

En cómputo individual han sido superados claramente por Ciudadanos y no pueden hablar en nombre de una Cataluña que, en su mayoría les ha vuelto a dar la espalda. Los exconvergentes podrán respirar aliviados al haber mantenido el liderazgo de su bloque, tras producirse el milagro de que Carles Puigdemont mantiene un (¿incomprensible?) apoyo de su alborotado mensaje. Pero no deberían. Si vuelve al Parlament terminará en Estremera y si no lo hace, quedará condenado a vagar eternamente por las frías y húmedas calles de Bruselas, hablando con su sombra.

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Los constitucionalistas podrán alegrarse con su amplia victoria en votos y con el acercamiento en escaños. Pero no deberían. No podrán gobernar por culpa de un sistema electoral demasiado “particular” y por la excesiva distancia ideológica existente entre sus componentes. Ciudadanos puede y debe estar contento con su espectacular triunfo, aunque pivote en gran medida sobre las espaldas de un PP condenado a la irrelevancia. Han mordido, pero fundamentalmente lo han hecho en la merienda de sus compañeros de ideología. Han ganado pero no gobernarán. Iceta estará frustrado. Su mensaje de concordia no ha calado en un ambiente tan polarizado. Y ¿el PP? Supongo que se habrán dado cuenta del inexistente atractivo de su candidato y del nulo reconocimiento del electorado a su decisión de aplicar el artículo 155 y ¿frenar? la deriva independentista.

Vuelvo a las preguntas iniciales. ¿Está hoy la sociedad catalana más cohesionada que ayer? No. La ruptura en dos mitades sigue impertérrita. ¿El Parlament es hoy una institución más estable que ayer? No. La legitimidad de la mayoría es hoy menor y la subida de Ciudadanos al lugar más alto del podio le restará fuerza a su discurso habitual. ¿La economía catalana ha recuperado hoy algo de seguridad en su futuro? No. Es más, se confirma la inestabilidad política que conduce a la inseguridad jurídica. Muchas empresas que tenían preparadas las maletas sacarán hoy el billete para alejarse del avispero. Los últimos datos de la inversión extranjera son tremendos y lo serán aún más, cuando se conozcan, los de la inversión local. Cataluña ha dejado de ser un lugar atractivo para invertir y hoy lo es menos que ayer.

En los próximos días y semanas volveremos a oír apelaciones al diálogo. Ya, eso está muy bien, pero ¿Sobre qué exactamente deberíamos dialogar? ¿Querrán dialogar los independentistas sobre su entronque en el Estado? ¿Estará dispuesto el Estado a cambiar las reglas de juego y abrir más frentes de un incendio que no cesa? Aparte de Inés Arrimadas, no se quién estará hoy contento. Yo, desde luego, no. ¿Lo está usted?

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