Tarde y mal

Sánchez se deja los primeros jironesde credibilidad al no cesar de forma fulminante al ya exministro Huerta

Màxim Huerta./
Màxim Huerta.
Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

El Gobierno Sánchez, el más débil de Europa ya que solo cuenta con el apoyo de 84 de los 350 diputados del Congreso, atesora desde la tarde de ayer otro récord nada edificante: el de haber tenido en su seno al ministro más efímero en la historia de nuestra democracia.

Màxim Huerta, titular de la cartera de Cultura y Deportes desde hace apenas una semana, dimitía de su cargo a media tarde, todo apunta que forzado por el presidente. Lo hacía por escamotear al fisco más de 200.000 euros entre 2006 y 2008 usando una empresa pantalla.

El escritor y periodista recurrió ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid. La sala desestimó sus alegaciones, concluyó que Huerta había obrado de mala fe y le condenó a abonar 366.000 euros a Hacienda.

Pedro Sánchez es un presidente absolutamente legítimo, le pese lo que pese al PP, claro que sí. Pero haría bien en no olvidar en ningún momento que lo es única y exclusivamente porque la mayoría de los partidos -todos excepto los conservadores, Ciudadanos, UPN navarra y Foro Asturias- decidieron echar a Mariano Rajoy por la corrupción que carcome los cimientos de su partido. Por nada más.

Por otra parte, cuando defendió la moción de censura contra Rajoy, el líder socialista se comprometió a abrir un nuevo ciclo de máxima exigencia y tolerancia cero contra cualquier deshonestidad en la vida pública. Una especie de refundación moral de la política española. Ese listón que él mismo se autoimpuso es el que debe guiar todas sus actuaciones.

El diario digital 'El Confidencial' destapaba a primera hora de la mañana de ayer los manejos fiscales de Màxim Huerta. La reacción del ya exministro fue la que reiteraría diez horas después en su adiós: responsabilizar de sus problemas a cambios en la legislación, cambios desmentidos por el sindicato de inspectores fiscales. Y, claro, anunciar hasta en dos radios distintas que no iba a irse.

¿Por qué Pedro Sánchez, el PSOE, incluso sus compañeros de gabinete no tuvieron la sensatez y la gallardía de exigirle de inmediato y públicamente la renuncia? ¿Por qué transcurrieron nueve horas hasta que el ya exministro acudió a La Moncloa a formalizar su marcha? Para entonces PP, Podemos y gran parte de la opinión publicada llevaba horas reclamando la salida de Huerta.

El tercer presidente de Gobierno socialista desde la restauración de la democracia se dejó ayer los primeros jirones de credibilidad por no actuar de forma fulminante contra su ministro, que se fue insistiendo en su inocencia, negando lo evidente y denunciando la existencia de «una jauría» que quiere cargarse lo antes posible a este Gobierno. Y ello pese a que Sánchez dejó muy claro en 2015 en Telecinco que cesaría de inmediato de su equipo a cualquiera que recurriera a empresas pantalla para pagar menos impuestos, exactamente lo que hizo el escritor y periodista.

Primer aviso para el presidente. Para un Sánchez que, dentro de la adversidad que supone que te estalle un caso así a los diez días de jurar el cargo, tuvo la suerte de cara con la otra gran noticia de la jornada. La destitución de Lopetegui como seleccionador español de fútbol se llevó bastantes más minutos de radio y televisión que las andanzas fiscales de Màxim y las dudas del presidente.

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