Talante bipolar del PNV

Talante bipolar del PNV
Braulio Gómez
BRAULIO GÓMEZ

En octubre de 2014, el lehendakari Iñigo Urkullu asistía a un acto oficial en compañía de otros cargos de su gobierno coincidiendo con otro acto de su consejero de Salud. En la calle estaban concentrados trabajadores de Osakidetza pidiendo la dimisión de Jon Darpón por el deterioro de sus condiciones laborales. Hasta aquí nada extraordinario, una movilización más de ciudadanos defendiendo pacíficamente sus intereses con o sin razón. Ese día el lehendakari no pudo evitar encararse con los ciudadanos indignados afeándoles su protesta y acusándoles de incumplir las obligaciones inherentes a su puesto de trabajo. Mientras algunos pueden ver en este gesto un rasgo de liderazgo y de valentía al dar la cara por sus compañeros de gobierno, también se podría interpretar como una muestra de intolerancia a las críticas y al cuestionamiento de su acción política.

Una legislatura más tarde se ha vuelto a repetir la escenografía de un lehendakari dando la cara por otra consejera, en este caso la de Seguridad, cuya dimisión también pedían a gritos centenares de ertzainas. Sin entrar en el fondo del problema, el cierre de filas de todos los miembros del Gobierno del PNV ante la visión de ciudadanos molestos con sus políticas choca con la imagen de un partido que es capaz de pactar con el diablo y tragarse todos los sapos del mundo para lograr acuerdos beneficiosos para el país. La reacción sin matices de los máximos dirigentes del PNV ante la concentración de ertzainas demuestra poca cintura ante el rechazo que pueden despertar sus políticas. Deja la impresión de que el talante y el diálogo solo se activan si todas las fuerzas sociales y políticas colaboran en hacer el país que quiere el PNV.

Seguramente que el Gobierno vasco sea uno de los ejecutivos autonómicos mejor valorados, que no haya caído en los problemas de estabilidad y corrupción de su entorno y que el PNV controle la mayoría de las instituciones públicas contribuya a la facilidad con la que se estigmatiza a los críticos. La no existencia de un líder de la oposición que visibilice una posible alternancia política en Euskadi ayuda también a que el PNV pierda entrenamiento en el ejercicio democrático y saludable de encajar con naturalidad las críticas de una oposición política que no termina de encontrar su sitio en esta legislatura.

De hecho, las respuestas más virulentas a las críticas a su acción política no se las ha llevado ningún líder de los principales partidos vascos. Es el secretario general de ELA, ‘Txiki’ Muñoz, quien acostumbra a sufrir los reproches del partido del lehendakari. La estabilidad política sin paz social está favoreciendo a corto plazo los intereses electorales del PNV porque por el momento no hay ninguna alternativa política creíble. La crítica y la protesta frente al poder es un valor a preservar y cuidar en cualquier modelo ideal de democracia. Y el mismo talante que se utiliza para alcanzar la estabilidad política debería servir también para contribuir a la paz social.

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