De sorpresa en sorpresa

La formación del Gobierno ha logrado el doble objetivo de dejar aturdidos a sus adversarios y situar al PSOE en una posición inmejorable de cara al futuro

Foto del nuevo Gobierno./
Foto del nuevo Gobierno.
José Luis Zubizarreta
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

Es muy triste que, a estas alturas de práctica democrática, la primera cualidad que haya que destacar del nuevo Gobierno sea su legitimidad. Pero resulta necesario hacerlo. Se la ha negado el portavoz popular en el Congreso con afirmaciones del tipo «es un Gobierno ilegítimo» o «carente de toda legitimación social». Y no se trata de una salida de tono atribuible al desabrido lenguaje que el personaje acostumbra a emplear. También su jefe, el ya expresidente del Gobierno y todavía presidente del partido, ha insistido en la idea de que «Sánchez no ha sido elegido por el pueblo en las urnas, sino en oscuras maniobras políticas de despacho», tratando así de negarle sutilmente lo mismo que su portavoz le negaba burdamente. Suficiente para que haya comenzado a repetir la idea una numerosa cohorte de aduladores. La cosa es demasiado seria como para dejarla pasar. No desestabiliza al Gobierno. Todo lo contrario, lo consolida. Pero desestabiliza la democracia, enviando a un electorado desconcertado -el suyo propio- una falsedad populista de muy fácil credibilidad. Argüir en su contra que la retirada de la confianza parlamentaria constituye en toda democracia de tal nombre un instrumento habitual de alternancia gubernamental se le antoja a uno un razonamiento demasiado sofisticado para contrarrestar tan burda falacia.

Denunciada la desmesura, habrá que reconocer que no es sino el efecto del aturdimiento en que los populares se hallan sumidos tras la serie de acontecimientos adversos que les han caído encima en el lapso de una semana. Como la España beoda de Antonio Machado, «no aciertan la mano con la herida». Les sorprendió primero el éxito de una moción que, como otros muchos, creían abocada al fracaso, y les sorprende ahora la buena acogida que ha tenido el nuevo Gobierno en la opinión pública nacional e internacional. Sin liderazgo claro, o con uno que los ha dejado a su suerte, no dan con la reacción debida y, siguiendo su costumbre, llevan al límite de lo permisible la polarización de la sociedad como la única manera de mantener vivas sus expectativas electorales. Pero las circunstancias han cambiado. A su lado ha crecido un adversario que, si logra salir del aturdimiento en que también él se halla sumido, estará en disposición de recoger, uno por uno, los frutos que esta sacudida ha hecho caer del árbol y desparramado por el suelo. Arrimarse a él no supone ya pasarse al enemigo. Es sólo acogerse a la opción que mejor representa hoy la idea de siempre.

La formación del nuevo Gobierno, por su inédita prevalencia femenina y por la reconocida competencia de sus miembros, ha sido un brillante golpe de efecto que ha servido, antes que nada, para disipar las dudas que la improvisada moción de censura había sembrado en ciertos sectores no precisamente conservadores de la sociedad. No parece un gobierno de emergencia, nacido para llenar un vacío a la espera de nuevas elecciones. Se asemeja más a otro que se hubiera formado al comienzo de una legislatura con determinación y fuerza para culminarla. Sin programa claro, ha tenido el acierto de fijarse unos objetivos centrados -modernización de la economía, fortalecimiento de la cohesión social y territorial, y regeneración democrática- y unas líneas de actuación -escuchar, dialogar y consensuar- que, además de biensonantes y atractivamente europeístas, se ajustan a las demandas más sentidas de la sociedad. A su pronta constitución parece haber contribuido un ansia de cambio que, soterrada bajo el hastío y el desánimo de los últimos tiempos, ha resurgido en amplios sectores sociales que han creído reencontrar ilusiones que creían definitivamente perdidas. Quizá la sensación un tanto agónica que han creado las múltiples crisis que vive el país tenga también algo que ver en todo ello.

Frente a su fortaleza interna no puede no mencionarse la enorme debilidad parlamentaria que sufre el Gobierno. A la escasez de escaños -84 de 350- se le suma una fragmentación partidaria que, por inédita y electoralmente competitiva, no ha madurado lo suficiente como para dejar espacio a la imprescindible cooperación. Pero, incluso ahí, el PSOE se ha situado en una posición inmejorable que, si la aprovecha, podría serle muy útil con vistas a un renacimiento que muchos daban por imposible.

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