«Señora, convenza a su marido de que deje la Guardia Civil o marche a España»

Un agente consuela a una viuda tras uno de los atentados que la banda perpetró contra la Guardia Civil.//Afp
Un agente consuela a una viuda tras uno de los atentados que la banda perpetró contra la Guardia Civil./ / Afp

ETA envió cartas con amenazas a las esposas de los agentes antes de asesinar al guardia civil José Antonio Pardines, su primera víctima mortal

LORENA GILBilbao

«Señora (...), todas las fuerzas de la nación vasca están en pie de guerra; por eso no sería de extrañar que cualquier día que su marido se aventure a salir al monte (porque sabemos que va por caminos extraños) aparezca con la cabeza separada del tronco o con el cuerpo agujereado a balazos. Sería el primero, pero no el único. Y es una pena». Este extracto forma parte de una de las cartas que el autodenominado Comité Ejecutivo de la Resistencia Vasca -escisión de ETA que historiadores atribuyen a la facción de 'Los Cabras'- envió en 1968 a las mujeres de los agentes del instituto armado destinados en Euskadi. El objetivo: que «convencieran» a sus maridos de que dejaran el Cuerpo o se marcharan del País Vasco.

Las misivas no salieron a la luz hasta que la banda cometió su primer asesinato, hace ahora cincuenta años. La víctima fue el guardia civil José Antonio Pardines. Estaba regulando el tráfico en la localidad guipuzcoana de Villabona junto a su compañero Félix de Diego -la banda acabaría también con su vida una década después-, cuando un vehículo en el que viajaban los etarras Iñaki Sarasketa y Francisco Javier Etxebarrieta, 'Txabi', se detuvo a su lado. Pardines debió observar algo sospechoso en la matrícula, por lo que solicitó la documentación del coche y se dirigió a la parte trasera para mirar el número de bastidor. «Si lo descubre, lo mato», soltó 'Txabi' a su compañero de comando. Al percatarse de que el agente había descubierto que ambos números no coincidían, el terrorista sacó la pistola y disparó. Pardines cayó boca arriba y 'Txabi' le remató en el suelo de otros tres o cuatro balazos.

A sus 25 años, José Antonio Pardines Arcay se convirtió el 7 de junio de 1968 en la primera víctima mortal de ETA. Etxebarrieta murió horas después en un enfrentamiento con la Guardia Civil, mientras que Sarasketa fue detenido y condenado a muerte -se le conmutó la pena por cadena perpetua-, pero salió en libertad con la amnistía de 1977.

El de Pardines no fue un asesinato premeditado. Prueba de que ETA venía debatiendo la idea de pasar de las palabras a los hechos fueron, precisamente, las cartas que envió a las esposas de los guardias civiles, y cuya existencia reveló el Gobierno Civil de Gipuzkoa justo después del atentado. «Nosotros no luchamos contra su marido, sino contra el régimen de Madrid, contra los superiores de su marido que mantienen encadenada a nuestra patria, a quienes su marido ayuda. Deberemos luchar contra él, matarlo y degollarlo si es preciso», expresaban.

Las misivas llegaron en 1968 a, entre otros, los cuarteles de Mungia, Lekeitio y Ondarroa

ETA aún no había llevado a cabo ningún ataque contra los cuarteles de la Guardia Civil. «Pero se producirán en un futuro próximo, porque para eso trabajamos nosotros», advertía la banda por escrito. Los terroristas emplazaban a las mujeres de los agentes a convencerles de que abandonaran «sus actividades contrarias al pueblo vasco». «Ahora está a tiempo; después podría ser tarde», amenazaban. «Las actividades patrióticas», como denominaban a los atentados, «irán desarrollándose». Y lo hicieron.

Sin «miedo a la muerte»

Tras asesinar a José Antonio Pardines llegó otra remesa de cartas. «Señora: Usted habrá podido observar cómo lo que nosotros habíamos predicho se ha realizado, el guardia civil Pardines Arcay ha muerto. Usted sabrá muy bien en qué circunstancias». Una copia de esta misiva forma parte del archivo del Memorial por las Víctimas del Terrorismo, con sede en Vitoria. El centro tiene previsto presentar en abril un libro sobre la que fue la primera víctima mortal de la banda.

Las segundas cartas arribaron en julio a los cuarteles de Mungia, Lekeitio y Ondarroa -no se descarta que se remitieran también a otros-. «Nosotros sabemos perfectamente que ustedes son los menos culpables de nuestra situación, pero a la vez ocurre que ustedes son también los que directamente participan en la represión; los que practican detenciones, efectúan interrogatorios, torturan, golpean al pueblo en las manifestaciones, etcétera. Por ello, nosotros nos vemos obligados a eliminarlos de alguna forma», mantenía el Comité de la Resistencia Vasca. «Ustedes harían lo mismo, como lo demostraron cuando expulsaron de su patria a los moros o a los ocupantes franceses. No tuvieron más remedio que recurrir a la violencia, matando a numerosos enemigos», proseguían en sus escritos.

El grupo escindido de ETA recordaba en sus cartas «el grito unánime de adhesión» por parte del «pueblo a la persona de «Xabier Etxebarrieta» -escrito Etxevarrieta-, autor del asesinato de Pardines y muerto a posteriori en un tiroteo con la Guardia Civil. Insistían a las mujeres de los agentes para que les animaran a dejar el instituto armado porque «no merece la pena vivir angustiada». Advertían estar «dispuestos a todo» y no tener «miedo a la muerte» porque luchaban «por una causa justa», que es «la independencia de la patria».

«Ruégole señora reflexione y relea el contenido de esta carta, enséñesela a su marido y tomen la decisión de salirse del Cuerpo o marchar a España. Sólo así podrán librarse de vivir sin la continua angustia de que pueda perecer su marido en un atentado».

CARTAS A MUJERES DE GUARDIAS CIVILES Primeras cartas

«Todas las fuerzas de la nación vasca están en pie de guerra, por eso no sería de extrañar que cualquier día su marido se aventure a salir al monte y aparezca con la cabeza separada del tronco o con el cuerpo agujereado a balazos. Sería el primero, pero no el último, y es una pena, porque nosotros no luchamos contra su marido, sino contra el régimen de Madrid, contra sus superiores».

Segunda remesa

«Señora, créame que no merece la pena vivir angustiada por servir a los intereses de unos capitalistas, unos jefazos que viven en la opulencia. No merece la pena correr el riesgo de morir como Pardines Arcay. Estamos dispuestos a todo, no tenemos miedo a la muerte porque sabemos que luchamos por una causa justa. Nada nos detendrá hasta que consigamos la independencia de la patria».

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