21-D | Elecciones en Cataluña

Santi Vila, delfín a la fuga

Santi Vila, delfín a la fuga

Aspiraba a suceder a Puigdemont como político moderado, pero hoy el relato catalán le ve como infiltrado o traidor

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Hubo un tiempo en el que Carles Puigdemont se mostraba tan dispuesto a que sus ideas le llevasen a la cárcel como seguro de que no aspiraría a la reelección. «¡No me voy a presentar, caramba!», exclamó hace un año en una entrevista con 'Vanity Fair'. Hoy sabemos que esa renuncia no era cierta, pero sirvió para propiciar lo habitual en estos casos: la sombra del líder se convirtió en un delfinario.

Entre los aspirantes al trono de lo que fue Convergencia (o al menos a la porción de trono que no tiene en usufructo Artur Mas), destacaba Santi Vila: el joven conseller estilizado, moderno y dialogante. Un político moderado pero con perfil propio, liberal pero con preocupaciones sociales, catalanista y cosmopolita, homosexual y católico. Un político que en nada recordaba a los tiempos del 3% y se identificaba antes con Maragall que con Pujol. Un político, en fin, como recién salido de una serie televisiva de políticos.

Datos personales

Nació en Granollers en 1973.
Es licenciado en Historia. Comenzó militando en Esquerra. En 2007 fue elegido alcalde de Figueras. Es diputado autonómico desde 2010. Ha ocupado las consejerías de Cultura y Empresa. Está imputado por delitos de rebelión, sedición y malversación de fondos.

Hoy en el relato catalán no se sabe si Santi Vila es un traidor, un infiltrado o una posibilidad que se conjuga en subjuntivo remoto. La suya es otra biografía sobre la que el 'procés' ha pasado como un huracán. El 26 de octubre, tras meses representando el último puente entre el Govern y La Moncloa, Vila dimitió como consejero de la Generalitat. Lo hizo después de que Puigdemont rechazase la convocatoria de elecciones, un día antes de que el Parlament aprobase la declaración de independencia.

«Mis intentos de diálogo nuevamente han fracasado», tuiteó anunciando su dimisión. Traidor, renegado, cobarde, rata, colaboracionista, agente doble, fariseo y oportunista son solo algunos de los improperios reproducibles que contenían las primeras respuestas escritas en catalán a aquel mensaje. Santi Vila entendió que no se trataba solo de la furia habitual en las redes unos días después, cuando acudió junto a otros miembros del Govern a declarar ante la Audiencia Nacional. Él fue el único que no recibió aplausos y gritos de apoyo. Para él, solo hubo silencio.

La jueza Lamela le impuso una fianza de 50.000 euros y Vila pasó una noche en prisión por «solidaridad con sus compañeros». Podía haberse ahorrado la estética. Sus compañeros no iban a dejar pasar la ocasión de despreciarle. Puigdemont llegó a publicar una foto del «Govern legítimo» en la que le habían borrado burdamente.

Hoy resulta increíble, pero en aquel momento muchos dieron por hecho que Santi Vila encarnaba una solución, ya fuese liderando el PDeCAT y reconduciéndolo hacia el pactismo o quizá fundando un partido de corte liberal. Se habló con insistencia de una 'operación Macron', pero se pasó por alto un detalle decisivo: el 'macronismo' funciona en el momento en el que la ideología pierde su atractivo, no en uno en que la ideología se incendia hasta convertirse en una identidad.

Como buen oportunista, Vila terminó renunciando a presentarse a las elecciones. Lo hizo aludiendo a la ética en lugar de admitiendo que no hay sitio para él si la legitimidad nacionalista oscila entre la prisión y el exilio. ¿Le reservará algún protagonismo el futuro imprevisible de Cataluña? Santi Vila se confiesa marcado por sus años de 'boy scout' y el lema scout es «Siempre preparado». Otra cosa es que llegue a tiempo. Los delfines no sobreviven mucho fuera de su medio natural; la cercanía del poder, en este caso.

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