Así es la rosa

Un ciudadano con la típica barretina catalana, ejerce su derecho al voto en el colegio electoral Ausiàs March del barrio de Les Corts. /EFE
Un ciudadano con la típica barretina catalana, ejerce su derecho al voto en el colegio electoral Ausiàs March del barrio de Les Corts. / EFE
José Luis Zubizarreta
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

Tantos aspectos habría que comentar de estas elecciones catalanas que, si a todos atendiéramos, los árboles no nos dejarían ver el bosque. Y es precisamente el bosque lo que nos interesa contemplar. Comencemos, para ello, por la participación, que, por su extraordinaria dimensión, arroja algunos datos pertinentes. El primero, que los ciudadanos han legitimado un proceso que, por las excepcionales circunstancias en que se ha celebrado, podría haber sido puesto en cuestión por quienes de él han salido menos favorecidos.

El segundo, y más relevante, que los resultados dibujan un cuadro político y social que, precisamente por repetir lo ya conocido por las elecciones de 2015, puede darse por fiel reflejo de lo que es la realidad catalana, a saber, una sociedad plural que, cuando la cuestión sobre la que se la llama a pronunciarse es la nacional-identitaria, acaba dividida, polarizada y, a la larga, paralizada.

Resultados

La pura aritmética encierra, sin duda, una invitación a repetir lo ya intentado en la frustrada legislatura pasada. Si resuelve sus problemas internos, el secesionismo dispone de suficientes escaños para hacerlo. Pero un análisis más profundo de los números invita a dar un giro a la vista y fijarse en lo que hasta ahora se ha ignorado. Esto es, ni más ni menos, el hecho de que el conflicto catalán no está situado fuera de los límites de Cataluña, sino que lo tienen planteado los catalanes dentro de su propia comunidad. El problema no es, en efecto, España ni, mucho menos, Rajoy. Está, más bien, en que, con un apoyo inferior a la mitad del electorado, no cabe acometer una empresa tan ingente e improductiva como la de proclamar la propia independencia.

Antes de siquiera pensar en ello, parecería mucho más razonable tomar los resultados de estas elecciones como el espejo en que la política catalana habría de mirarse a fin de reencontrase a sí misma y reemprender el camino del que tan insensatamente se ha desviado.

La sociedad catalana, como la vasca y tantas otras europeas, es ya, por los propios avatares de la historia, constitutivamente plural, mestiza, si se quiere. Se halla, por tanto, abocada a ponerse en paz consigo misma y erigir la propia cohesión interna en su máxima prioridad. No es cuestión de renunciar a identidades particulares. Se trata, más bien, de buscar, a partir de aquellas, otra nueva y más rica en la que la pluralidad, en vez de un estorbo, sea un estímulo para marcarse metas de futuro que no desemboquen inevitablemente en el enfrentamiento permanente.

Y no se resuelve el conflicto demandando una y otra vez al electorado que se pronuncie sobre la misma cansina pregunta. Se trata, por el contrario, de que la política reconozca y asuma la realidad social tal cual es y tan tercamente se revela. Que no le dé más vueltas y diga de ella, como Juan Ramón Jiménez de su verso, «no lo toques ya más, que así es la rosa».

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