Los rituales de la corrupción

Casos como el de De Miguel evidencian el fracaso de los partidos como garantes de la representación democrática

Los rituales de la corrupción
BRAULIO GÓMEZ

La corrupción política relacionada con el uso de las instituciones públicas para el enriquecimiento propio tiene tres rituales que visibilizan el fracaso de los partidos como garantes de la calidad de la representación democrática. El ‘caso De Miguel’, que tiene como protagonista al PNV, no se escapa a esta lógica. Ni siquiera la cultura y los valores vascos han impedido el surgimiento de estos tres rituales perversos.

En primer lugar, la inutilidad de los partidos como controladores de la calidad de nuestros representantes. En teoría, los dirigentes de los partidos deberían tener más información que los ciudadanos sobre la conducta de sus miembros. La realidad es que los casos de corrupción los destapa siempre un policía, un juez o un periodista. En ocasiones, los tres a la vez. Lo que no ocurre nunca es que sea el propio partido el que ponga a disposición de la justicia sus sospechas sobre el mal comportamiento de algunos de sus miembros. Se preserva la convivencia con los compañeros que mantienen una conducta dudosa hasta que desde el exterior se destapa el escándalo. Tras el escándalo, los partidos sí que se pueden diferenciar por su rapidez o lentitud a la hora de asumir sus responsabilidades políticas.

En segundo lugar, la increíble sensación de impunidad que deben tener los protagonistas de todas las tramas corruptas para dejar tantos rastros y tantas conversaciones llenas de material delictivo. Precisamente este escenario de inmunidad total a las consecuencias de saltarse la ley hace menos creíble el velo de ignorancia que padecen los miembros de un partido ante las tropelías continuadas e indisimuladas de sus compañeros. Es muy habitual que los políticos corruptos utilicen los emails institucionales para pedir las correspondientes mordidas a los empresarios que han sido agraciados de forma fraudulenta con algún contrato sustancioso por las administraciones públicas. Forma parte de su liturgia también, usar la misma sede institucional como escenario de sus operaciones. Como si el respaldo popular que se esconde detrás de su cargo creara un escudo protector que actuara de inhibidor. Cuanto más importante es el cargo, mayor sensación de impunidad.

En tercer lugar, la corrupción política acaba destapando siempre una red clientelar cuyos miembros comparten el carnet del partido que tiene poder en las instituciones públicas. Siempre aparecen empresas o empresarios que más allá de su tendencia natural al comportamiento ventajista tienen una buena relación con la causa o con el partido, ya sea de forma instrumental o a corazón lleno. También sabemos que se tiende a procurar que la red de cobro de comisiones ilegales sea lo suficientemente generosa con los políticos que tienen la capacidad de abrir el grifo de las adjudicaciones. Y también siempre acabamos descubriendo que a los corruptos todo les parece poco. Y la avaricia termina rompiendo muchos sacos de apariencia ejemplar.

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