La UME al rescate

Miembros de la UME observan el horizonte desde un mirador. / Reuters | UME

El ‘Prestige’ y un pavoroso incendio en Guadalajara convencieron al Gobierno para crear una unidad militar que ayudara a las comunidades autónomas en caso de desastre

Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

La tropa forma a las ocho en punto mientras lucha por no contraer el cuerpo. Hace frío. No más de tres grados. Pero el sol, en esta tierra, en Bétera, gana el pulso casi todas las mañanas y al rato ya sobra mucha ropa. Bien lo saben los ciclistas que cada día, a centenares, pasan por la puerta de la base militar Jaime I camino de las cuestas más cercanas que tienen de Valencia, a unos 15 kilómetros. Hace meses que no llueve y todo está seco. Seco no, reseco y marchito. La tierra escupe polvo sobre los todoterreno que la remueven en esos caminos rodeados de árboles. Un olivo por aquí, un algarrobo por allá, unos cuantos pinos al otro lado. Y por debajo, romero y todo tipo de matorral tiznado por la arena. El último en colarse en el paisaje ha sido el cactus de Arizona, una especie invasora tremendamente resistente y que nadie es capaz de decir cómo llegó hasta allí. Es dura como el acero y sus pinchos son capaces de atravesar la suela de las recias botas de los soldados de la UME, la Unidad Militar de Emergencias, que lleva allí desde 2007. Esta planta es capaz de sobrevivir durante meses sin una gota de agua y parece que esté ahí para enseñar a los militares que hay que ser duro, paciente y capaz de aferrarse al terreno áspero. A lo que tengas...

Los soldados del Tercer Batallón de la UME son atletas. A primera hora van corriendo por todas partes sin apenas jadear y a veces hasta se dejan caer por una espartana pista de atletismo que jamás conoció el tartán y en la que cada una de sus seis calles está hecha de tierra salpicada por pequeñas piedras. Al lado hay un rocódromo del que cuelgan, sujetos por arneses, sudorosos militares de prácticas. Intentan recrear lo que sería el rescate de un herido en un barranco. Hay que ponerlo en una camilla, amarrarlo bien, izarlo, desplazarlo hacia el lado contrario y después bajarlo por una tirolina hasta el suelo.

Son los especialistas en rescate vertical, uno más de los muchos atributos de la UME, una unidad creada de una necesidad. La idea surgió en 2005. Un incendio pavoroso arrasó aquel verano más de 12.000 hectáreas en Guadalajara y se cobró la vida de once bomberos. Once. Aquello dejó en evidencia las limitaciones de las comunidades autónomas ante un gran desastre. Igual que le ocurrió a Galicia con el ‘Prestige’ tres años antes. Por eso el Consejo de Ministros aprobó el 7 de octubre de 2005 la creación y financiación de la UME tomando como modelo la UIISC (Unités d’Instruction et d’Intervention de la Sécurité Civile), la unidad de emergencias del Ejército francés.

Este cuerpo de elite es capaz de intervenir en las circunstancias más adversas –desastres naturales, tecnológicos, terroristas o de contaminación medioambiental– para proteger a la población civil. Lo más normal es verlos sofocando incendios en verano y achicando agua o barriendo la nieve en invierno. Pero también asomaron con sus boinas amarillas y sus uniformes negros sobre esa Lorca temblorosa tras el seísmo o esa humeante isla de El Hierro cuando la erupción del volcán submarino, ambos en 2011.

Su estreno se produjo en 2007, hace diez años, para intervenir en la extinción de un incendio forestal en las Islas Canarias y, poco después, su primera actuación en la Península, otro fuego, en Les Useres, en Castellón, ese mismo año. Desde entonces han tenido 422 operaciones, nueve de ellas en el extranjero.

La UME vigila España y el mundo desde una sala, el centro de control, repleta de monitores, pantallas y ordenadores. El subteniente Coloma explica su funcionamiento durante un día tranquilo. Los monitores ofrecen las alarmas nacionales e internacionales (Irán e Irak aparecen en rojo por el terremoto de intensidad 7,3 en la escala Richer que provocó más de 500 muertes), la información de Aemet, Ministerio de Medio Ambiente, el terminal del 112...

Si surgiera una emergencia en Murcia, Baleares o la Comunidad Valenciana, deberían poner en marcha la maquinaria. «Cuando ocurre, esto es una locura. Lo único es que la experiencia te da la calma», explica el suboficial. En menos de 15 minutos saldría un equipo de reconocimiento. Llevaría consigo cartografía y algo de documentación. Por el camino –si fuera a Murcia, por ejemplo, tendría tres horas de viaje– se le va enviando información, de manera que al llegar a su destino dispondría ya de un amplio dosier.

Mientras tanto se ha comunicado la incidencia por SMS a los 504 integrantes del Tercer Batallón. Los que están fuera de la base militar, la mayoría, se incorporarían lo más rápido posible, y los que están de guardia se apresuran para salir cuanto antes. La primera intervención, formada por 25 unidades y diferentes vehículos –camiones cuba, todoterreno, vehículos ligeros, motos...– tendrá que arrancar antes de una hora, en cuanto estén preparados. La segunda intervención, un equipo gemelo, formada por militares que estaban en sus casas, tiene dos horas y media desde que se activa la emergencia.

El batallón simula una salida frente al edificio de alerta e impresiona. Están todos en formación delante de los vehículos. El mando da unas breves órdenes y salen pitando. Primero las motos, luego los vehículos más ligeros y al final los más pesados. Todo en orden, sincronizado.

Desde el Puesto de Mando Avanzado, según se vaya evaluando la dimensión del desastre, pueden demandar más ayuda. La comunidad autónoma tiene el mando, pero el oficial de cada cuerpo es quien maneja a su tropa.

«El trabajo no me asusta»

La cabo primero Ainhoa Oficialdegui nació en San Sebastián, se crió en Mallorca y ahora trabaja en Valencia. No olvida el gran incendio de Cortes de Pallás, en el verano de 2012, que achicharró 28.000 hectáreas y que coincidió esos días con otro muy cercano, también en Valencia, el de Andilla, que calcinó otras 20.000. Como si hubieran ardido casi dos tercios de la isla de Menorca. En California se hubieran referido a este incendio como un ‘Big One’ y fue uno de los imparables 30-30-30: más de 30 grados de temperatura, menos del 30% de humedad y vientos de más de 30 km/h. Pero también apunta el de Andratx y tener que desplazarse hasta Mallorca en el barco de una naviera. O los numerosos frentes de este último verano en Galicia.

«Saber que muchos incendios son intencionados te genera mucha rabia e impotencia. Y pensar dónde voy, qué me voy a encontrar... Pero el trabajo no me asusta porque estamos muy bien preparados. De hecho, es nuestra principal defensa, estar entrenando continuamente durante todo el año», explica Ainhoa, que forma parte de una compañía de intervención, en ingenieros, y está a cargo de una autobomba.

Las mujeres no llegan al 10% de la UME y «la mayoría» está en las oficinas. No es el caso de Rocío Gil, que trabajaba como camarera en Palma de Mallorca hasta que, con 24 años, decidió cambiar su vida. Primero en la Policía aérea, en Mallorca. «A los dos años me enteré de que existía la UME, los veía en la tele, que trabajaban muchísimo con la gente, y decidí que yo quería meterme ahí. Oposité, pasé unas pruebas en Toledo y llegué a Valencia para estar un par de años... pero ya llevo seis: esto engancha».

Ahora no es tan fácil. Aquellos militares que quieran ingresar en la UME deben pasar primero cinco años en el Ejército. Después, si sale una vacante de oficial, suboficial o personal de tropa, pueden pedir el traslado. La unidad hace la selección entre los solicitantes. Una criba basada en entrevistas personales, expedientes, reconocimientos psicológicos y psicotécnicos y unas exigentes pruebas físicas corriendo y nadando.

Rocío se ha recogido el pelo, muy largo y muy rubio, bajo la boina, que parece en equilibrio por pura magia. Se fuma un cigarrillo discretamente mientras observa a sus compañeros recrear diferentes tipos de rescate en campo abierto. Un profundo tubo por un lado, una montaña de escombros por otro y hasta un vagón de metro inclinado justo detrás de ella. Asegura que aquello no apesta a machotes. «En intervención somos muy poquitas, pero yo nunca he tenido un problema. Al revés, siempre me están animando y arropando».

Ahora está estudiando Arquitectura, que le servirá para trabajar evaluando las plataformas que se encuentren en escenarios revueltos, por ejemplo, por un terremoto. Aunque tampoco se olvida de Cortes de Pallás. «Allí estuvimos siete días». Y también recuerda las inundaciones de Los Alcázares, en Murcia, del pasado invierno.

El fuego exige mucho. «En Cortes recuerdo que el termómetro, lejos del frente, marcaba más de 40 grados. Cuando estás con las llamas la cara te arde. La gomita de las mascarillas se quema y se te marca en el rostro, los mofletes se ponen rojos...». Esos días infernales llegan a trabajar doce horas seguidas y descansan otras doce. A los tres días así, toca uno de descanso. Luego, si el fuego sigue activo, vuelta al tajo.

Ella siempre lleva el móvil encendido. De día y de noche. Y el equipo, listo por si hay que salir corriendo hacia la base. Tiene gente avisada de que puede llamar en cualquier momento antes de dejarle sus mascotas y salir disparada, bien pertrechada, con la mochila a rebosar. «La mía pesa un montón porque me gusta ir bien equipada: nunca sabes qué puede pasar allí fuera. Llevo pan, un camping gas, mis libros, mi música... En la autobomba nos ponemos los auriculares para motivarnos. A mí me gusta escuchar algo de rock para activarme». A esa pesada mochila, entre doce y quince kilos a la espalda, hay que sumarle los seis kilos del equipo ignífugo que llevan puesto. Nada le frena, como nada le asusta. «Estamos aquí porque nos gusta la acción», sentencia con una amplia sonrisa.

Una cocina portátil

Los militares no van solos a las intervenciones, como apunta la cabo Raquel Benedito, una sanitaria que trabaja en una ambulancia de apoyo, el soporte vital avanzado, que dirían ellos. Allí realizan una primera asistencia y, según la patología, deciden si es necesario evacuar al compañero a un hospital. Ella lleva quince años «en la empresa», como llama al Ejército, y afirma que todo ese tiempo la ha endurecido, como el año pasado, en las inundaciones de Los Alcázares, la comarca murciana lamida por el Mar Menor y que quedó totalmente anegada hace once meses. Las ambulancias convencionales no pudieron entrar en esa enorme extensión de barro, pero sí la cabo Benedito y su ambulancia todoterreno. Por eso tuvieron que asistir a los civiles, incluido uno al que no pudo reanimar y murió. «No me llevo las historias tristes a casa –se explica Raquel–. Son muchos años de experiencia y siempre hay que tener claro que el trabajo se queda en el trabajo y al revés. Yo, cada vez que abro la puerta de casa, pienso que es la hora de mi familia».

Raquel Benedito, que no se desprende del casco del que cuelga una pequeña linterna, también es madre y se pone seria al abordar el asunto. «La maternidad es perfectamente compatible con esto. En el siglo XXI, con la incorporación de la mujer al mundo laboral, hay más guarderías, más colegios, más nanis... Hay más facilidades. Puedes dejar a los niños a las siete de la mañana, en lugar de las nueve, y con la ley de conciliación familiar del Ejército nos dan la oportunidad de llegar más tarde o irnos más pronto». Aunque lo normal es formar a las 8 y marcharse a las tres. De lunes a viernes o de viernes a domingo. Y cada cierto tiempo, guardia, convertirse en la compañía de primera intervención.

Los militares, además de asistencia sanitaria, también cuentan con la compañía de Plana Mayor y Servicios, donde el capitán Salvador Romón dirige un amplio equipo dedicado a la logística: tiendas de campaña, literas, mantas, una máquina para dar calor o frío y hasta una cocina de gasoil con unas ollas enormes capaces de alimentar a 250 personas. Romón muestra un contenedor isotérmico donde todo está preparado para ya mismo. Productos imperecederos y tanques con 450 litros de agua embotellada y fresca.

Un batallón con 504 personas en plena forma y siempre listo para salir en cualquier momento al rescate de valencianos, murcianos o baleares. Y, si hiciera falta, a cualquier parte de España o del mundo. Por pura vocación y la satisfacción de ayudar a la gente. Y por la acción, que también engancha.

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