Los renegados

Manuel Alcántara
MANUEL ALCÁNTARA

Se dice que todo tiene un precio, pero nadie sabe cuál es el justo, aunque todos sabemos que hay que pagarlo, sea el que sea. El Tribunal Supremo dictó ayer sentencia pero hoy se ha quedado antigua porque el tiempo se adelanta a los calendarios. Mientras, Forcadell acata la legalidad para darle un quiebro a la prisión incondicional, que se resiste a cumplir sus condiciones. Los que creemos que cualquier cifra que exceda a las cien mil pesetas antiguas es una barbaridad no tenemos una idea muy clara de hasta dónde puede llegar el desbarajuste. El cesado Puigdemont no cesa de meter sus largas extremidades, que son cuatro, y se apresta a gobernar Cataluña vía internet desde su obligatorio retiro de Bruselas. ¿Dónde acabará el ‘procés’? Tiene pinta de que no sólo va a durar, sin que no va a acabarse nunca. El independentismo ha pasado de ser una aspiración minoritaria a ser una pandemia, aunque Juncker diga desde Salamanca que el separatismo es venenoso, sin necesidad de haberlo probado.

Los que estamos hechos un lío tendremos que desenredarnos de este para enfrentarnos con el que llega. No todo se corrige con cuantiosas multas y menos cuando no hay dinero. Las prisiones eludibles bajo fianza no tienen fiadores, aunque la decisión del alto tribunal sea tan benévola que se la pueda saltar cualquiera sin tomar carrerilla y con los pies juntos. Acatar la decisión del Tribunal Supremo ya no es un ejercicio de obediencia, sino una coartada que se vale del célebre artículo 155, número que se está agotando en todas los administraciones de lotería. Ya decía el gran Ramón Gómez de la Serna que eso de ‘Admón de Loterías’ suena a nombre bíblico, del mismo modo que la declaración unilateral de independencia suena a ensayo general con todo, salvo con los votantes, que no nos negamos a que no cuenten con nosotros.

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