El realismo que no llega

A día de hoy desconocemos cuál es la salida realista que ofrece Rajoy a los independentistas

El realismo que no llega
Braulio Gómez
BRAULIO GÓMEZ

Saber perder las elecciones es un requisito necesario en cualquier modelo ideal de democracia. Implica reconocer y legitimar a la mayoría que ha salido de las urnas. En un sistema parlamentario pierden los representantes que no pueden sumar suficientes apoyos para tener el poder. Estos días, a cuenta de la construcción de un nuevo Gobierno independentista en Cataluña, sobrevuelan en el espacio estatal los argumentos que relacionan la falta de generosidad por parte de la mayoría ganadora con el totalitarismo. La falta de generosidad con los que pierden las elecciones es algo consustancial a las democracias y al uso del poder político. ¿Alguien se cree que el PNV hubiera cedido parte de su gobierno al Partido Socialista si hubiera tenido diputados suficientes en el Parlamento vasco para gobernar en solitario? ¿O que Angela Merkel hubiera buscado otra vez al SPD para relanzar la gran coalición de forma altruista en Alemania si hubiera ido sobrada de poder político? No hace falta ser independentista para alarmarse de los argumentos tan poco democráticos que se están planteando para deslegitimar la victoria de los partidos independentistas el 21-D.

El miércoles se formó la Mesa del Parlament y esa mayoría legítima independentista consiguió la presidencia y cuatro de los siete representantes. Es discutible la estrategia poco generosa y monolítica con la que está arrancando esta nueva etapa en Cataluña. Pero decir que el secesionismo persiste en el totalitarismo es inventarse un marco que servirá para legitimar toda la artillería judicial y política que se desplegará en los próximos días para impedir la investidura del candidato que han pactado las fuerzas ganadoras de las elecciones convocadas por el Gobierno español, Carles Puigdemont.

El realismo político incumplido por el que apostaba Oriol Junqueras desde la cárcel quizás podría haber tenido un mayor recorrido si desde el Ejecutivo español también hubieran recogido el guante para entrar en ese espacio de realismo y negociación bilateral. Hasta ahora Rajoy ha renunciado a la ‘realpolitik’ y ha recurrido a la magia judicial y penal para intentar hacer desaparecer a los dos millones de catalanes que se empeñan en ganar las elecciones de forma democrática. A día de hoy, todavía desconocemos cuál es la salida política y realista que ofrece el Estado a los legítimos vencedores de las elecciones. Solo conocemos la amenaza de que nada cambiará, incluida la suspensión del autogobierno, si el candidato propuesto es el último president.

Y esa amenaza suena muy realista porque el debate territorial ha situado a Ciudadanos como partido favorito de los españoles en detrimento del PP que nunca había perdido tantos votantes en tan poco tiempo, ni en los peores días de la corrupción, que son todos. Los incentivos que tiene el Gobierno para adoptar una respuesta templada y dialogante para resolver el conflicto catalán son escasos en este contexto. Y la izquierda no está para liderar un cambio político basado en la propuesta de un nuevo modelo territorial que sea aceptable para los que han ganado las elecciones en Cataluña.

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