El Raval, el encanto canalla del lado oscuro de Barcelona

El Raval es una confluencia de muchos mundos en el que conviven los mercadillos de segunda mano y los locales de moda./oriol campuzano
El Raval es una confluencia de muchos mundos en el que conviven los mercadillos de segunda mano y los locales de moda. / oriol campuzano
La campaña desde: el Raval (Barcelona)

Inmigrantes, turistas, hipsters, ancianos, prostitutas y drogadictos conviven en el barrio más multicultural de la capital

PASCUAL PEREA

El pasado 17 de agosto, Bilal Ahmed atendía a un cliente en su carnicería islámica Shah Jalal, situada en el corazón de El Raval barcelonés, cuando vio llegar por el carrer del Peu de la Creu a una multitud que corría aterrorizada. «El atentado de Las Ramblas fue una desgracia, una desgracia», repite. Se instaló en el barrio hace 17 años, cuando desembarcó desde Bangladesh, y asegura en un castellano deficiente que aquí hay gente «muy buena, nunca problemas». «Muy contento en Cataluña, mi país es éste. Algún día yo muero aquí».

El Raval es todo un mundo, o más bien la confluencia de muchos mundos. Del mundo arrollador de la inmigración, que se advierte en los bazares orientales, los mercadillos de segunda mano, los doner kebab y restaurantes indios, los locutorios que florecen por cada esquina, los modestos negocios de ultramarinos chinos, 'todo a un euro' y reparaciones textiles donde toda la familia arrima el hombro. Y, a dos calles y una galaxia de distancia, el mundo sofisticado de una juventud acomodada y hipster que ha 'descubierto' el encanto de este barrio y lo ha puesto de moda con sus restaurantes grill y sushi, sus coctelerías de diseño, vinotecas pijas y bistrós 'slow food', terrazas con estufas y bares de ambiente gay.

Hay un mundo miserable de drogadictos y prostitutas, que hacen la calle detrás del mercado de la Boquería o deambulan pidiendo una ayudita, que convive con el del turismo que se expande desde el Barrio Gótico, al otro lado de las Ramblas, fascinado por este crisol tan 'auténtico' de culturas y razas. Y está el mundo dramático de los ancianos, los últimos supervivientes de un barrio obrero, cada vez más solos y acorralados, que ven cómo las viviendas de sus vecinos de toda la vida son adquiridas por agencias para arrendarlas a jóvenes profesionales de paso, cuando no 'okupadas' por expertos en el patadón en la puerta que las convertirán en narcopisos.

Los datos

60.000
vecinos viven en el barrio barcelonés de El Raval. En los años 50 del siglo pasado su población llegó a ser de casi 180.000, tres veces más que en la actualidad.
1988
Se acomete un plan de rehabilitación integral del barrio, que ganó en limpieza y seguridad, aunque fue también muy criticado por dejar de lado a los vecinos en la toma de decisiones.

Bilal está preocupado porque a su familia la van a echar de su casa. «Dentro de un mes tenemos que irnos», dice su hijo Rifat, de 18 años, que llegó hace diez y se expresa en un castellano perfecto. «La agencia quiere reformarlo. Ganan más dinero alquilando habitaciones sueltas y no renuevan los contratos antiguos. Podríamos negarnos y tardarían meses en expulsarnos, pero no queremos problemas». Su padre le interrumpe: «Yo les digo: '50 o 100 euros más yo te pago', pero ellos no escuchan. ¿Dónde ahora voy? Trabajamos diez, once horas cada día, no puedo ir a Santa Coloma, está muy lejos», clama el carnicero mientras disecciona con manos diestras un pollo.

«La heroína está volviendo»

Desde el mostrador de Lullaby, una boutique vintage situada en la Riera Baixa, Joan está acostumbrado a ver pasar ante su puerta a «gente nativa, erasmus, inmigrantes, turistas, heroinómanos... Porque la heroína está volviendo», asegura embutido entre modelos de factura hippie, botas de piel de cocodrilo y abalorios de todo tipo. «Hay unos treinta pisos de okupas donde la venden los camellos. Y nadie hace nada, porque a las inmobiliarias les interesa ahuyentar a la gente mayor para quedarse con sus casas y venderlas a extranjeros o alquilarlas. La especulación está a la orden del día. También se instalan algunas parejas jóvenes, pero se cansan enseguida y se van. Hay muchas casas vacías. El Raval ha cambiado mucho».

«A las inmobiliariasles interesa ahuyentara la gente mayor para quedarse con sus casas» Especulación

Pese a su fama de sórdidas y peligrosas, estas calles estrechas que han conformado durante siglos el Barrio Chino de la ciudad, sus arrabales, son bastante seguras. Los vecinos dicen que antes se veían más jeringuillas tiradas por las esquinas, pero la Guardia Urbana se ha puesto las pilas. «Hay mucha mezcla, pero se convive», explica Joan. «Hace un tiempo había más tirones, pero la Policía lo ha atajado y los chorizos se han ido a otro sitio. Claro que los guiris se lo ponían muy fácil; como no saben beber...».

«Entre el atentado de Las Ramblas y lo de la independencia, las calles están más vacías»

En la frutería Turin, el único local iluminado en la oscura plazuela Dubte, Imran dispone chirivías en el mostrador y lamenta el descenso de clientes. «La gente anciana tiene miedo a salir por las manifestaciones, en cuanto oyen el helicóptero se encierran en sus casas», dice. «Ahora estamos más tranquilos, pero entre el atentado de Las Ramblas y lo de la independencia, las calles están más vacías. Hombre, también será por el frío», concede este inmigrante de la Cachemira paquistaní que, después de quince años en Barcelona, tiene clara su visión del conflicto de identidades. «Cataluña es España y ya está. Los independentistas lo único que hacen es molestar». El ecuatoriano Rafael López, once años en la ciudad, asiente mientras pasa la fregona. «No veo por qué tanta protesta. A los que dicen 'Madrid nos roba' los veo como unos niñatos, ellos sí que defienden a los que han robado los impuestos que pagamos. No todos tienen el mismo pensar, pero yo lo veo así».

«Antes había pilinguispero estaban ordenadas, y aunque vivía más gente todos nos conocíamos» El Barrio Chino

A Mari Ángeles García, que lleva toda una vida -setenta y muchos años, para ser exactos- instalada en la parte baja de El Raval, la invade la nostalgia al recordar épocas más felices. «Este era un barrio de trabajadores. Había pilinguis, pero estaban ordenadas, y aunque vivía mucha más gente, todos nos conocíamos. Ahora míralo. La sobrina de una amiga se fue de vacaciones el verano pasado y a la vuelta se encontró la puerta reventada y a un señor dentro de su casa. Lo denunció en comisaría, pero todavía no ha conseguido volver. ¿Será posible?».

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