Rajoy y el clamor antiausteridad

El presidente y el PP van a tener complicado ponerse de perfil ante las demandas de jubilados y mujeres si no quieren hacerse el harakiri

Mariano Rajoy./AFP
Mariano Rajoy. / AFP
Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

Cuesta creer que a alguien que controla gran parte de los resortes del poder en España le estallen dos conflictos, y de primera magnitud, en el plazo de pocos días sin enterarse prácticamente de nada. Pues bien, eso es ni más ni menos lo que le ha ocurrido al presidente del Gobierno y líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, primero con las protestas de los jubilados, que siguen, y la semana pasada, con las de las mujeres. Con ese ya histórico 8-M de 2018.

¿Por qué? Sin duda por la distancia con que este Gobierno se empeña en encarar algunos de los problemas que afectan a los españoles no sólo en este 2018, sino desde hace ya unos cuantos años.

Pero, además, porque los conservadores tenían todos sus radares orientados en una triple dirección. La crisis catalana. Las 'rajadas' ante los tribunales de Justicia de algunos exdirigentes y de chorizos varios con tarjeta VIP del PP implicados en graves escándalos de corrupción. Y en vigilar el continuado crecimiento en intención de voto de Ciudadanos que detectan todos los sondeos sin excepción desde hace meses.

Total que el doble clamor en nuestras calles, el gris de nuestros pensionistas y el morado de las mujeres, ha pillado del todo desprevenidos tanto a La Moncloa como a Génova.

La primera reacción de los populares ante las quejas de los pensionistas fue tratar de correr un tupido velo y esperar a que el tiempo vaya diluyendo las protestas. Con las mujeres, el PP se estrenó con aquel despropósito de argumentario, de padre aún desconocido, que tildaba las marchas del 8-M de «elitistas» e «insolidarias». Luego llegaron las presidentas autonómicas y las ministras proponiendo impertérritas huelgas «a la japonesa». Hasta que Rajoy decidió cortar tanto despropósito y ponerse un lacito morado.

¿Y? Pues eso quisiéramos saber muchos y muchas. De momento nada. Ni bueno ni malo ni regular.

Ha sido tal la insistencia del Gobierno popular en convencernos día tras día, tras semana, tras mes de que, por fin, habíamos salido de la crisis y que crecemos como nadie en Europa –ignorando cómo se ha empobrecido en este tiempo una parte significativa de la sociedad española, que apenas se firman contratos que no sean temporales y con sueldos de absoluta miseria– que va a tener más que complicado acabar con el clamor social para terminar con las políticas de austeridad. Por mucho que el ministro Montoro se esfuerce en recordarnos que aún seguimos bajo la lupa de Europa por nuestro descomunal déficit.

En otras palabras, que Mariano Rajoy va a tener pero que muy complicado intentar ponerse de perfil en el pleno parlamentario de mañana dedicado de forma monográfica a las quejas de los pensionistas. La rebaja en el IRPF de la que habló Montoro a modo de minipaño caliente no va a servir de nada dado el tamaño de la hemorragia.

Otro tanto cabe decir de la brecha salarial entre hombres y mujeres. El PSOE registró ayer mismo una petición en el Congreso para que se celebre otro pleno monográfico sobre este asunto a comienzos de abril, pleno que desea tenga carácter anual para hacer un seguimiento del problema.

Rajoy, seguro, quiere ganar las próximas elecciones generales y seguir en el poder. Pero antes, en poco más de un año, tendrán lugar elecciones municipales y también autonómicas en algunas comunidades, entre ellas Navarra, no en el País vasco, y los barones del PP están de los nervios. Si por ellos fuera, el presidente debiera abrir la chequera para atender a estos colectivos y para mejorarles a ellos la financiación autonómica. Le pese lo que le pese al ministro Montoro.

Veremos quién gana. Primero el pulso inmediato. Luego en la batalla de las urnas.

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