Puigdemont acusa

El expresidente de la Generalitat emplea su autoexilio para intentar cuestionar la democracia española ante la UE

EL CORREO

Carles Puigdemont intenta pasar de investigado por la Audiencia Nacional -lo que le llevó a prepararse un autoexilio en Bélgica mucho antes de la citación judicial- a convertirse en acusador contra la democracia española. La argucia empleada es bien simple: pasa por alto que la mayoría parlamentaria que encabezaba despreció las leyes vigentes -desde la Constitución y el Estatut hasta el reglamento del Parlament catalán- para convocar un simulacro de referéndum, atrincherarse en sus inconsistentes resultados y proclamar nada menos que la república independiente de Cataluña. El expresidente de la Generalitat trata de presentar el procedimiento judicial abierto frente a tal proceder como una supuesta prueba de que la democracia española esconde, en realidad, un cruel régimen opresor cuya actuación debe ser sometida a juicio por Europa. Se da, además, la paradoja de que tanto él como sus exconsejeros huidos cuentan ahora con la obligación de no abandonar el territorio belga por resolución del juez correspondiente de aquel país. No tendrían que regresar a su tierra en los tres próximos meses, en los que estarán en condiciones de recurrir a las garantías que les brinda el sistema de acogida. Puigdemont ha logrado confrontar la calidad democrática de un socio de la UE -Bélgica- frente a otro -España- que, según su demagógico discurso, sería tan deficitario en libertades que le habría obligado a huir en busca de refugio. Todo para encabezar la candidatura de su partido a las elecciones del 21 de diciembre convocadas por el 155 de Rajoy y promover que su figura lidere una ‘plancha de país’ desde el exilio. Si se hubiera quedado aquí sería uno más. Incluso podía haber acabado siendo uno menos en términos electorales. Pero la sola evocación del exilio da alas a su desaforado victimismo. De tanto exponer la situación a medios ‘globales’, uno puede llegar a dibujar la democracia en España y el conflicto del independentismo con la constitucionalidad como si se tratara de una epopeya que pondría en cuestión a la UE en su conjunto. No es nada casual que Puigdemont optara por refugiarse en Bélgica, aunque resulte elocuente el sesgo ideológico de sus anfitriones directos. Perseguía un modelo procedimental que contrastase aparentemente con el español en términos de garantías. Todo con el objetivo de apurar desde el exilio los prejuicios que pesan sobre el pasado de España simulando que es víctima de una dictadura sin fin. Olvida que la Justicia le pide cuentas no por su ideología, sino por haber desbordado una y otra vez la legalidad desde la Generalitat.

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