PUERTA ENTREABIERTA

Iñigo Urkullu y Alfonso Alonso./
Iñigo Urkullu y Alfonso Alonso.
Olatz Barriuso
OLATZ BARRIUSO

Recordarán los lectores que hace menos de dos meses, tras el 1-O, el PNV se hacía de cruces ante la posibilidad siquiera de mencionar la palabra ‘presupuestos’. Hablar de las cosas de comer en esas circunstancias, clamaban los burukides, resultaba casi un insulto a la inteligencia. Después, cuando Cataluña volvió a asomarse al abismo al forzar Puigdemont, rompiendo en pedazos la convocatoria electoral que ya tenía redactada, una aplicación ‘dura’ del 155, la fractura entre PNV y PP se hizo aún más honda. Al menos aparentemente. Sabin Etxea se alineó con las «legítimas» instituciones catalanas y se alejó de Rajoy como quien huye de la peste. Los peneuvistas, aguijoneados internamente por el sector guipuzcoano, no ahorraron aspavientos.

Pero la vida sigue. La rueda no deja de girar. Tanto que los propios independentistas catalanes, aun con exabruptos como el de los muertos en la calle de Marta Rovira, han ido deshaciendo la ensoñación secesionista y se han acomodado a la legalidad constitucional aceptando con entusiasmo participar en los comicios convocados por Rajoy. El lehendakari ‘recetaba’ a Cataluña en la entrevista concedida a este periódico el fin de semana unas dosis de pactismo vasco para después del 21-D. Iñigo Urkullu es consciente de que una reedición de la política de bloques que ha llevado a Cataluña al peligroso atolladero donde ahora se encuentra solo serviría para ahondar en el error y alentar las pulsiones recentralizadoras en Madrid. Por eso cruza los dedos para que se imponga la cordura (y la política) en favor de un acuerdo transversal en el que los soberanistas y los comunes pudieran entenderse, por ejemplo, con el PSC de Miquel Iceta, compañero de fatigas en la fallida mediación entre Madrid y Barcelona.

Ese movimiento devolvería a Cataluña la «normalidad» que, en una coreografía perfectamente estudiada, ha reclamado Andoni Ortuzar para poder volver a sentarse a negociar con Rajoy. De momento, cabe señalar dos hechos relevantes que, si bien no abren necesariamente la puerta de par en par a un apoyo del PNV a los Presupuestos Generales del Estado, al menos «no la cierran», según fuentes nacionalistas. Por un lado, el inminente acuerdo con el PP en materia fiscal, que permitirá a Urkullu evitar la prórroga presupuestaria. Y la aprobación el jueves en el Congreso de las leyes del Concierto y el Cupo que, aunque son compromisos a negociación vencida, obligarán a Montoro a defender expresamente el régimen fiscal vasco ante las embestidas de Ciudadanos. En ese contexto, el PP es moderadamente optimista sobre la posibilidad de reencauzar las conversaciones tras el 21-D, incluso antes de que haya un nuevo Govern. Los populares están convencidos además de que ni el PSOE ni los jeltzales desean un final prematuro de la legislatura española, que podría dar a Ciudadanos la llave de la gobernabilidad.

A partir de ahí, si el incendio catalán sigue en fase regresiva, la cuestión troncal volverá a ser qué puede ofrecer el Gobierno de Rajoy al PNV que le valga la pena. Las transferencias pendientes -prisiones y régimen económico de la Seguridad Social- son la gran joya de la corona pero los contactos continúan paralizados y parece complicado que el Gobierno central se muestre dispuesto ahora a desembarazarse de competencias de tanto calado. Por si acaso, Urkullu ya apuntaba otros asuntos no menores -la tributación de Mercedes en Álava, la deuda pendiente de Hobetuz- que, junto a otras materias estatutarias menos problemáticas, como las líneas de ferrocarril, podrían dar cuerpo a una eventual negociación. El tiempo dirá.

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