Lo que el 'procés' enseña a Euskadi

El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, en primer plano. Detrás, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y el lehendakari, Iñigo Urkullu./EFE
El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, en primer plano. Detrás, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y el lehendakari, Iñigo Urkullu. / EFE
Manuel Arroyo
MANUEL ARROYO

La Cataluña partida en dos que ayer volvió a quedar de manifiesto y que se ha asomado al precipicio de la independencia tiene poco que ver con la Euskadi actual. Es más: el fracaso del desafío secesionista y su costosísima factura -fuga masiva de empresas, incertidumbre económica, intervención de la autonomía...- parecen haber vacunado a gran parte de los vascos que se miraban con envidia en el espejo del 'procés'. Tras chocar esa intentona con la ley y con la propia realidad, una inmensa mayoría rechaza ahora trasladarla aquí. Tres encuestas de referencia acaban de constatarlo.

La fallida aventura del independentismo catalán ofrece un buen puñado de lecciones para quien desee aprender de ellas. También para Euskadi, donde el debate sobre la reforma del Estatuto lleva meses bloqueado por la división que suscita el derecho a decidir (el eufemismo de lo que antes se llamaba autodeterminación).

Resultados

Se trata de una materia altamente inflamable en la que entran en juego los sentimientos y en la que, para diferenciarse del rival, existe la permanente tentación de caer en el «y yo más». Una puja en la que, una vez que se entra, quienes más tienen que ganar son los más radicales. Que se lo pregunten a la antigua Convergencia, pese a su extraordinario y sorprendente resultado de ayer. Junts per Catalunya, la marca con la que se presentó a las urnas, evitó el 'sorpasso' de ERC que preveían todas las encuestas y se mantuvo, contra todo pronóstico, como principal referencia del nacionalismo. Aún así, sus 34 escaños son apenas la mitad de los 62 que la desaparecida CiU sumó en 2010, las últimas autonómicas antes de que prendiera la fiebre del 'procés'. Desde entonces no ha dejado de caer. Y Esquerra, de crecer, aunque su fracaso de ayer es incuestionable.

Un candidato tan rupturista como Carles Puigdemont ha salvado los muebles, desde su falso 'exilio' en Bruselas, con una campaña ferozmente victimista y sentimental y con su principal rival -Oriol Junqueras- en la cárcel. A pesar del triunfo de Ciudadanos, el 21-D ha sido un alivio para el PdeCAT. Aunque con un precio: quedar en manos de un líder mesiánico y con un oscuro horizonte penal, que va a retrasar el viraje hacia la centralidad que defendía la dirección del partido para recomponerse tras años de caída en picado.

Puigdemont es mucho Puigdemont. Iñigo Urkullu ya ha probado de su medicina. La paciente mediación tejida por el lehendakari para evitar una declaración unilateral de independencia (DUI), y el consiguiente 155, a través de un adelanto electoral se esfumó en unos segundos. Los que tardaron unos radicales en llamar traidor al expresident. ¿Que vosotros sois independentistas?, debió pensar el candidato. «Y yo más». Y llegó la DUI, el 155, la tocata y fuga a Bruselas... La deriva radical. Sus consecuencias saltan a la vista.

A diferencia de Puigdemont, Urkullu es un nacionalista moderado. La mejor baza del PNV para ensanchar su electorado natural y asegurarse un amplísimo poder institucional. A diferencia de Puigdemont, que tiene en sus manos un partido descabezado al que puede imponer la línea a seguir, por muy suicida que sea, la dirección jeltzale frenó en su día el Plan Ibarretxe y lo guardó en un cajón tras fracasar en el intento. Desde su traumática salida del Gobierno vasco en 2009, la centralidad es una prioridad irrenunciable para los peneuvistas. También a diferencia de Puigdemont, el lehendakari y su partido siempre se han ceñido escrupulosamente a la ley. Vistas las fracturas que ha causado el 'procés', ¿se enrocará ahora el PNV en el derecho a decidir? ¿Aclarará para qué desea usarlo? ¿Se embarcará en una aventura soberanista con EH Bildu, en un juego de «y yo más», aun a riesgo de perder la centralidad que tan buenos resultados le reporta? La experiencia catalana quizás le ayude a tomar una decisión.

La España profunda ha reaccionado ante el peligro de ruptura que supone el 'procés'. Las banderas rojigualdas colgadas en miles de balcones del país son solo un síntoma. El nacionalismo suscita más desconfianza. También cualquier singularidad, aunque sea legal. Los grandes partidos y el Gobierno central, sean del signo que sean, van a tener más difícil en el futuro aprobar cualquier medida que pueda ser interpretada como una cesión al nacionalismo. O como un agravio.

El ruido suscitado alrededor del Concierto y del Cupo es un motivo de seria preocupación. El PNV recuerda con razón que el pilar básico del autogobierno vasco está amparado por la Constitución en la disposición adicional que reconoce los derechos históricos. La misma, por cierto, a la que recurre para defender el encaje legal del derecho a decidir y una relación bilateral con el Estado. Eso sí: para esto último -admite- hay que leerla de «forma abierta». Es lo que suelen decir los políticos para hacer ver que un texto incluye lo que en realidad no pone.

Resulta curioso que el PNV sea, con el PP, el partido más reacio a reformar la Constitución. Esa disposición adicional, tan genérica en su literalidad, es un tesoro que los jeltzales temen que desaparezca en una revisión de la Carta Magna que difícilmente recogería sus aspiraciones de forma explícita. Una revisión que, además -advierten-, podría perfilar un Estado más centralizado y fijar límites más precisos al poder de las autonomías. Hasta para los nacionalistas es evidente que el 'procés' ha sido un pésimo negocio para su causa. Una valiosa lección.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos