Un problema llamado Puigdemont

Su empecinamiento en presidir la Generalitat, pese a todo, empieza a ser cuestionado

Manifestantes frente al Parlament con una careta del expresident Carles Puigdemont./AFP
Manifestantes frente al Parlament con una careta del expresident Carles Puigdemont. / AFP
Manuel Arroyo
MANUEL ARROYO

El independentismo catalán tiene otro problema. A la firmeza del Estado, que hasta ahora ha desbaratado todos sus planes rupturistas, se une el de contar con un candidato cada vez más imposible. Carles Puigdemont está empecinado en ser restituido al frente de la Generalitat. Una opción inviable, hoy por hoy, dadas sus circunstancias personales. Y por un pequeño detalle: el Tribunal Constitucional ha bloqueado su investidura. La obcecación personal del candidato ha convertido en una indisimulable fractura las grietas existentes en las filas del secesionismo, en el que un sector parece decidido a pensárselo dos veces -puede que más- antes de votarle y asumir los posibles efectos penales de esa acción.

A Puigdemont se le agota el tiempo. Hasta él es consciente de ello, aunque disimule e intente estirarlo con su indiscutible dominio de la escena. Su futuro personal depende de lo que sea capaz de resistir en una situación cada día más insostenible. Y, sobre todo, de la paciencia de su propio partido -rehén de su magnífico resultado el 21-D- y de sus socios de ERC, a los que ya se les empieza a agotar y no disimulan su disposición a sacrificarle. El fuego cruzado de ayer entre Junts per Catalunya y la CUP, por un lado, y Esquerra Republicana, por otro, tras la decisión del presidente del Parlament de aplazar el pleno de investidura es un buen botón de muestra de que la realidad paralela en la que viven el candidato y sus fieles no da mucho más de sí.

La división del secesionismo es consecuencia de la obcecación de Puigdemont en comportarse como si nada hubiese ocurrido en los últimos meses. Como si no fuese un prófugo de la Justicia. Como si no estuviese huido de España ni pesase sobre él una orden de detención en cuanto cruce la frontera. Como si no estuviera investigado por graves delitos que conllevan fuertes penas de cárcel e inhabilitación. Como si fuese posible dirigir Cataluña a través de 'Skype'. Como si el Constitucional no se hubiera pronunciado contra una investidura a distancia ni advertido a la Mesa del Parlament sobre las eventuales consecuencias de desoír sus dictámenes.

La disyuntiva real del independentismo es o Puigdemont o adiós al 155 y recuperar la autonomía

Parece difícil desligar todos esos factores del movimiento del presidente de la Cámara, Roger Torrent, con el que gana tiempo y evita por ahora una nueva colisión frontal con el Estado. La disyuntiva del independentismo no es o Puigdemont o el caos, como seguramente pretende el candidato. Ni siquiera o Puigdemont o nuevas elecciones, una opción de la que Esquerra Republicana huirá como gato escaldado porque solo beneficiaría a Junts per Catalunya. El verdadero dilema -y más cada día que pasa- es o Puigdemont o restitución del autogobierno. O un aspirante sin cuentas pendientes con la Justicia o más 155. El líder mesiánico del nacionalismo solo arriesga en este envite su porvenir personal. Pero en juego hay mucho más: el futuro de Cataluña, de su Gobierno y de su propia autonomía, intervenida desde hace tres meses y que así seguirá hasta que se normalice la situación.

Por eso su investidura por vía telemática no solo es rechazada de plano por el Tribunal Constitucional. También la ven con serios recelos nacionalistas poco sospechosos. Por ejemplo, Koldo Mediavilla. El burukide del PNV no podía ser más claro cuando, hace unos días, calificaba la pretensión de Puigdemont de «dislate» y «falta de respeto» a las instituciones. Y escribía: «Sustraerse al principio de realidad por conveniencia o por seguridad puede resultar legítimo. Y es entendible. Pero cuando lo que está en juego es la dignidad de un país y su más alta representación, no es de recibo actuar fuera de esa realidad buscando un universo paralelo y artificial que ampara la inviolabilidad de un candidato». «No se entiende -añadía- que para legitimar la voluntad popular haya que retorcer, hasta quebrar, las reglas del juego democrático. Hacerlo sería, a mi juicio, violentar el compromiso con miles de electores que creyeron en un líder de carne y hueso para dirigir un país de verdad, no una secuela de 'Matrix' gobernada por control remoto». Demoledor. Puigdemont fue la solución a la que aferró el independentismo el 21-D. Ahora es uno de sus problemas. ¿Hasta cuándo?

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