Un presidente 'zorrocotroco'

El nuevo presidente de la Generalitat abre su mandato con una ventaja: es difícil caer más bajo

Quim Torra./
Quim Torra.
MANUEL ARROYO

El lenguaje parlamentario es rico en improperios. Aún así, en él son tan habituales las descalificaciones que hasta las más ingeniosas se desgastan enseguida de tanto usarlas. Mariano Rajoy triunfó hace unos días al llamar «aprovechategui» a Albert Rivera por su actitud en la crisis catalana. El uso de esa expresión de resonancias tan vascas tal vez sea fruto de la influencia del PNV en el presidente del Gobierno, dos socios tan impensables hace apenas unos meses.

En las pocas horas que lleva al frente de la Generalitat, a Quim Torra le han llamado casi de todo. Y casi todo con (bastante) razón. Pero existe un término también muy de aquí que aún no se le ha aplicado y que Rajoy haría bien en apuntar por si le sirve. Desde luego, no va a ser el PNV quien se lo susurre al oído. No porque el valido de Carles Puigdemont, que pone los pelos de punta a más de uno en Sabin Etxea, entusiasme en las filas jeltzales (que no lo hace, salvo quizás a Joseba Egibar y los suyos), sino porque a fin de cuentas es un nacionalista. «Uno de los nuestros», pese a quien pese.

Zorrocotroco. La Real Academia no ha recogido de momento la palabra, pero a Torra le viene como anillo al dedo. Extremista. Furibundo radical. 'Hooligan' a machamartillo. El que más de entre los que más. Y todo ello con un toque de enfermiza cabezonería, escasa finura y alergia al que piensa distinto. Todo eso, y más, significa zorrocotroco. Todo eso, y más, ha demostrado ser el nuevo presidente de la Generalitat.

Comparado con el sustituto que ha elegido a dedo, Puigdemont parece un tibio autonomista; un defensor del estricto cumplimiento de la ley, que jamás osaría vulnerarla ni poner pies en polvorosa ante los requerimientos de la Justicia. A Torra, un independentista echado a lo más alto del monte, le ha retratado hasta ahora su bravuconería supremacista. Un altanero sentimiento de superioridad que induce a escupir exabruptos (y a dejar constancia de ellos por escrito) a quienes se percibe como escoria. Sin ir más lejos, a los catalanes que se expresan en castellano. «Bestias con forma humana», según sus propias palabras. «Carroñeras, víboras, hienas». No hace falta demasiada imaginación para sospechar que similares calificativos puede merecerle más de la mitad de los catalanes a los que va a gobernar: los que no votan al secesionismo.

Sus mensajes xenófobos le dibujan como una versión zafia del populismo más vulgar. Al menos inicia su mandato con una ventaja: es difícil caer más bajo. Nadie ha osado defender su nombramiento por su brillantez, experiencia política o capacidad de gestión. Salta a la vista que su mayor mérito es su extremo servilismo a Puigdemont. Que se ha convertido en 'molt honorable' porque ha consentido actuar al dictado de un prófugo.

Torra es un activista cuyos hilos manejará desde la distancia su padrino político. Sus primeros pronunciamientos en el cargo no alimentan demasiadas esperanzas de que vaya a encauzar los esfuerzos de su Gobierno a la recuperación de la convivencia, la unidad y la normalidad democrática que pide a gritos Cataluña.

Aunque se comporte como si lo ignorara, Quim Torra es plenamente consciente de las consecuencias de todo tipo que han tenido los acontecimientos posteriores al referéndum ilegal del 1 de octubre. Y de los riesgos que comportan las decisiones que adopte. Para él y para toda Cataluña, sobre la que se cernirá de nuevo el 155 en cuanto dé un paso en falso.

Puede inmolarse en otra intentona independentista al margen de la ley, condenada de antemano al fracaso y a fracturar aún más su comunidad. Rectificar y buscar un mayor autogobierno dentro de la ley. O ganar tiempo, incendiar el clima político con fuegos de artificio, pero sin decisiones que le pongan en riesgo, y probar suerte en unas nuevas elecciones a partir de octubre; apostar a que el secesionismo se impone en ellas en votos -ahora es minoría- y en tal caso presionar a Rajoy y, sobre todo, a Europa. ¿Por qué alternativa se inclinará? Salvo que cambie mucho, por la que le ordene Puigdemont. Otro zorrocotroco. Aunque, visto lo visto, ahora lo parece menos.

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