Silbidos a Puigdemont y aplausos a la CUP junto al Parlament

Ambiente pro-independencia en el paseo de Lluis Companys./EFE
Ambiente pro-independencia en el paseo de Lluis Companys. / EFE

La decisión del president de aplazar los efectos de la independencia congeló las emociones en el paseo Lluis Companys, donde miles de independentistas aguardaban la nueva república catalana

ÓSCAR B. DE OTÁLORA

El soberanismo social catalán vivió ayer ese momento desmovilizador en el que la épica de la calle se tiene que transformar en la táctica política. El discurso del president Carles Puigdemont en el que suspendía la declaración de independencia cayó como un jarro de agua fría en el paseo Lluis Companys, la calle de Barcelona que conduce al Parlament y que ayer pasó de ser una fiesta para recibir a la nueva república a una desbandaba de independentistas frustrados en mayor o menor grado. Y el baremo del desengaño oscilaba entre la rabia de los antisistema de la CUP a la tristeza de los seguidores de la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y el Omniun Cultura.

«Al final ha aflojado», aseguraba Ramón García, un militante de Arran, las juventudes de la CUP, que no abandonaba la calle para escuchar a la cupera Ana Gabriel. «Hoy se tenía que declarar la república catalana pero Puigdemont no se ha atrevido». El joven se encontraba en el extremo sur del paseo, una zona situada junta a las verjas de la Ciudadela que fue tomado por los simpatizantes más duros del partido antisistema y de ICV. «Nos ha traicionado», gritaba otro joven airado. En este límite del paseo el discurso del president había sido acogido con silbidos y con insultos como cobarde. Era la zona de los airados, de quienes no dudaban en que el desafío debía seguir adelante. Muchos de ellos, al finalizar la alocución de Puigdemont iniciaron una minúscula manifestación en dirección al centro del paseo tras una pancarta en la que se podía leer en grandes letras negras: «desobediencia».

El centro del paseo, ocupado por dos gigantescas pantallas en las que se retransmitió toda la sesión parlamentaria, era también la zona en la que se agolpaban los sectores más moderados de los independentistas. A las cuatro de la tarde, los voluntarios de la ANC y Omniun Cultural organizaban el evento con llamadas a mantener el orden, evitar la violencia e «identificar a posibles infiltrados». «A cualquiera que quiera ser voluntario preguntarle a quién conoce», clamaba un organizador. A las siete y media, tras la intervención del presidente Puigdemont, toda su organización se disolvía como un azúcarillo en el agua ante la avalancha de ciudadanos que se se alejaban con caras largas y la vista perdida en el suelo. «Tengo sentimientos encontrados», declaraba una mujer elegantemente vestida que había acudido al paseo con su compañero para escuchar la declaración de independencia. Reconocía cierta frustración mientras contenía las lágrimas. «Esperaba mucho más después del referéndum. Quiero pensar que ellos saben algo que los demás ignoramos y que esto pasa por algo. Pero esperaba mucho más».

En este punto del paseo ejercía de apóstol del Govern Joan Marfany, quien fue vicepresidente de la ANC entre 2013 y 2015 y que había acudido al acto como un ciudadano más. «No salimos con la república en el bolsillo pero tampoco damos un paso hacía atrás. Y eso es lo más importante. Ha sido una jugada muy brillante del presidente para que nos nos lancen la violencia de Rajoy y demos tiempo a la mediación internacional», explicaba a las personas que le miraban con un rictus serio en la cara. Marfany, setentañero, con el pelo cano y gestos de maestro de escuela, insistía en que el presidente había estado brillante. Unos pasos más allí se encontraba Francesc Dordera, un nacionalista de Puigcerdá que se había desplazado casi desde la frontera con Francia para escuchar con sus propios oídos las declaración de independencia. «Quiero pensar que es la última oportunidad que damos a la negociación y luego seremos ya una república», afirmaba mientras apuraba una cerveza de lata. Se confesaba decepcionado.

Quienes también se estaban marchando de la zona con pasos vacilantes eran los miembros de 'La Coronela', un grupo de morteros por la independencia que toman el nombre de las agrupaciones civiles que lucharon en la guerra de 1714. Con cazadoras de cuero, tatuajes y cascos en la mano, habían colaborado con la ANC en el servicio de orden. «Nosotros estaremos con el president porque es el líder del proceso», afirmaba Roger Bardía, el líder de los motociclistas por la independencia. «Todo es un paso más y lo importante es que se está escuchando la voz del pueblo», agregaba.

«Ya estamos en manos de Rajoy»

En el tramo de las pantallas gigantes, una zona también tomada por las unidades móviles de televisión, se habían escuchado tremendas salvas de aplausos mientras Puigdemont, en su discurso, se acordaba de los heridos en las cargas del 1 de octubre, día del referéndum ilegal y narraba la organización de la consulta con aromas de epopeya. En ese sector nadie aplaudió cuando el president renunció a anunciar la nueva república. «No sé si esto es lo más inteligente. Ya estamos en manos de Rajoy», se quejaba un hombre con una camiseta en la que se veía la foto del mayor Trapero, el mando de los Mossos procesado por sedición por haber puesto, supuestamente, a la policía catalana al servicio del referéndum ilegal.

En el extremo norte del paseo, justo bajo el Arco de Triunfo, se encontraban los miembros de la Unió de Pagesos con sus tractores. Estos agricultores se han convertido en una especia de caballería pacífica del proceso y el día de la consulta ilegal acudieron con sus vehículos a algunos colegios como fuerza de interposición ante las fuerzas de seguridad. Su líder, Joan Caball, se mantenía frío tras la intervención de Puigdemont. «Están buscando una solución más política y eso no me parece mal. Es una incógnita qué va a pasar a partir de ahora, pero queremos pensar que esta es la posición más inteligente antes de que suspendan la autonomía o hagan cualquier otra cosa», afirmaba. Sus compañeros de los tractores habían llevado botellas de cava y las estaban bebiendo calientes tras el discurso del president.

Al lado de los tractores desfilaban decenas de personas que se marchaban con la sonrisa ausente de su rostro. Todo cambió cuando compareció en el Parlament la líder de la CUP Anna Gabriel y las pantallas gigantes retransmitieron su voz. La líder la del movimiento antisistema comenzó a levantar salvas de aplausos. Cuando se dirigió a Puigdemont para pedirle que explicara qué mediación esperaba se escucharon «bravos» y volvieron los gritos de «independencia» que habían desaparecido tras la ducha helada del president. «Gabriel está hablando claro. Aquí hemos votado la independencia y una ley para que entre en vigor. Todo lo que no sea eso son políticos traicionando el mandato del pueblo», sentenciaba un militante de la CUP con cresta y tatuajes en el cuello. Se había pasado toda la tarde repartiendo pegatinas con el lema «sense desobediencia no hi ha independencia» y hasta escuchar las palabras de la dirigente del movimiento independentistas había estado en silencio.

Mientras Anna Gabriel se llevaba los aplausos que el discurso de Puigdemont no había cosechado, un miembro veterano de la ANC miraba pensativo a la pantalla gigante. «Se ha actuado con inteligencia pero a la gente más independentista que luchó por el referéndum y soportó las cargas policiales esto le va a frustrar», analizaba. Con una sonrisa melancólica concluyó. «Fue bonito mientras duró. Ya veremos para qué sirve esto de la vía eslovena o lo que sea».

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