Companys y el precedente trágico del 6 de octubre de 1934

Miembros del Consejo de la Generalitat presos en la cárcel Modelo, con Companys en el centro, tras los sucesos de octubre de 1934./Alfonso
Miembros del Consejo de la Generalitat presos en la cárcel Modelo, con Companys en el centro, tras los sucesos de octubre de 1934. / Alfonso

La última vez que la Generalitat se levantó contra el orden establecido, Cataluña perdió la autonomía y sus dirigentes fueron encarcelados

LUIS SALA

«Collons, quina nit!» (¡Cojones, qué noche!), cuentan que exclamó el general Domingo Batet, republicano y catalanista, cuando rendida la Generalitat y preso su presidente, Lluís Companys fue llevado a su presencia en la Comandancia de Barcelona. «¿Acaso no comprende usted que la violencia no conduce a ninguna parte?», le preguntó el militar. «General, ésta no es hora de discursos –replicó el presidente–; cumpla con su deber como yo he cumplido con el mío».

La conversación entre estos dos hombres ponía fin de madrugada a una jornada, la del 6 de octubre de 1934 en la que el presidente Companys, en un intento imposible por encauzar y dirigir a todas las fuerzas políticas y sindicales que se habían levantado en Cataluña contra el orden establecido, proclamó el «Estado catalán de la República federal española». Instantes después, alguien quiso izar en el balcón del palacio de la Generalitat la estelada, bandera independentista con la estrella en un triángulo azul, pero Companys con toda energía exigió que fuera la senyera oficial con sus cuatro barras.

Arriba, armas requisadas por la Guardia Civil en Badalona. Abajo, barricada montada junto al centro del ‘Estat Catalá’ / Josep Brangulí

La posición del presidente catalán no era solo producto de sus dudas personales. Respondía también, como señala el historiador Hilari Raguer, a la «heterogeneidad» de su partido, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), en el que convivían entonces independentistas radicales con nacionalistas moderados y personalidades del viejo republicanismo y federalismo catalanes. A esto hay que sumar la incertidumbre sobre lo que estaba ocurriendo en otros lugares (Madrid, Asturias y País Vasco, principalmente) con el movimiento revolucionario desatado con motivo de la entrada en el Gobierno español de tres ministros de la CEDA, el partido que quería dar un giro derechista a la Segunda República. El gesto de Companys era una declaración unilateral de independencia, sí; pero sobre todo era la protesta del Ejecutivo catalán ante un Gobierno central que, según su criterio, se disponía a traicionar los valores republicanos.

El 5 de octubre, la Alianza Obrera, formada en Cataluña por UGT, los comunistas de Maurín y los dependientes del comercio y la industria, declaró la huelga general en Barcelona. La CNT se negó oficialmente a apoyarla, pero muchos obreros anarcosindicalistas se sumaron al paro, que se extendió, con episodios violentos como el incendio de iglesias, a otras ciudades como Badalona, Granollers, Palafrugell y Lérida.

El president Companys, de ERC, declaró «el Estado catalán de la República federal española» Desafío

Al día siguiente, los dirigentes obreros apremiaron a los líderes catalanistas para que se les unieran en la insurrección contra el Gobierno «profascista» de Madrid. El conseller Dencàs, responsable del orden público, nacionalista radical y a la vez enemigo declarado de los anarquistas, planteó la disyuntiva en el Consejo de Gobierno de la Generalitat: o se dejaban arrollar por los extremistas o se ponían al frente del movimiento. Se anunció una alocución de Companys para las ocho de la tarde. Previamente, el presidente del Gobierno español había comunicado al general Batet la decisión de proclamar el estado de guerra en todo el país.

La capitulación

Companys telefoneó a Batet para que se pusiera a sus órdenes para servir a la República federal que acababa de proclamar. Éste le contestó con evasivas y le pidió la orden por escrito. A continuación, el general emitió un bando declarando el estado de guerra y sacó una compañía a las calles de Barcelona. La tropa tenía orden terminante de no atacar a menos que fuese agredida. La Policía, los Guardias de Asalto y la Guardia Civil acataron la autoridad militar. Sólo los Mossos d’Esquadra y una parte mínima de los escamots (milicias armadas del Estat Català) presentaron batalla al Ejército. Los enfrentamientos en la capital catalana dejaron un saldo de 46 muertos. «A las seis de la mañana –relata Batet–, tuve la agradable sorpresa de que me llamara telefónicamente el presidente de la Generalitat diciéndome que consideraba estéril toda resistencia y se entregaba como único responsable de aquellos acontecimientos. Le dije que comunicara por radio su capitulación para que llegara a conocimiento de todos».

Los enfrentamientoscon el Ejército en Barcelona dejaronun saldo de 46 muertos Estado de guerra

Históricamente hablando, el 6 de octubre supuso un enorme descrédito para el independentismo catalán. En 1977, cuando Baltasar Porcel preguntó a Tarradellas por su actuación en aquella hora, su respuesta no pudo ser más elocuente: «La misma tarde del 6 de octubre fui a ver a Companys y le dije: ‘Creo que esto es un disparate y no estoy conforme, de ninguna manera’. Esto del 6 de octubre pesa mucho en mí en estos momentos. Toda mi obsesión es no volver a caer en una política como la que desembocó en aquel día».

¿Qué política era esa en la que Tarradellas no quería volver a caer? Sin duda, la de ir a un enfrentamiento abierto entre las instituciones de Cataluña y las del conjunto de España. En ese escenario, Cataluña llevaba siempre las de perder. En efecto, a raíz del 6 de octubre la autonomía quedó suspendida y sus dirigentes encarcelados, a excepción de Dencàs, Badía (jefe de la Policía) y algunos otros que escaparon a través de un túnel excavado en los sótanos de la Conselleria de Gobernación y que desembocaba en el alcantarillado de Barcelona.

El lunes 8 de octubre, a las 22.30 horas, el general Batet se dirigió a la población catalana por radio: «Los pueblos, los hombres que viven dentro de un orden democrático deben desarrollar sus ideales dentro del orden y deben procurar día tras día, hora tras hora, minuto tras minuto, hacer el sacrificio más alto para la consecución de sus ideales. Respetables son los ideales cuando son expuestos dentro de la legalidad, pero son execrables cuando quieren imponerse por la violencia».

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