Política y gestión

En la asepsia política por la que se criticó al lehendakari en su discurso de fin de año se ocultaba una decisión de carácter auténticamente político y estratégico

Política y gestión
José Luis Zubizarreta
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

Los mensajes de fin de año que los presidentes autonómicos acostumbran a pronunciar no son discursos de investidura o de política general sobre el estado de la respectiva comunidad. Son, pese al interés que muestran la oposición y los medios por juzgarlos desde esa falsa perspectiva, intentos de empatizar con la ciudadanía y de compartir con ella unas pocas ideas que responden al clima de despreocupación y concordia que reina en esas fechas. No se trata, en suma, de programas de gobierno. Pero tampoco son palabrería vana. Sirven para desvelar el talante que quiere presidir la acción política del mandatario en cuestión, así como las líneas maestras que le han de servir de orientación. Por eso, está fuera de lugar tratar de encontrar en ellos algo concreto de carácter programático, pues sólo pretenden reforzar los sentimientos de pertenencia a una misma comunidad.

En el caso del discurso que el lehendakari Iñigo Urkullu pronunció este último fin de año, oposición y medios, desde la perspectiva más arriba citada, lo tacharon, en el más benévolo de los casos, de «plano», «vacío» y «falto de liderazgo». Según ellos, el lehendakari evitó la «política» y se limitó a desgranar una serie de tópicos propios de un «gestor». Planteaban así, sin quererlo, la cuestión de qué se entiende por «política» y cómo se justifica la dicotomía que la separa de la «gestión». Por lo visto, «política» sería lo que la noche anterior había hecho desde Bruselas el expresident Puigdemont, que dedicó todo su discurso al eterno irredentismo de los supuestos derechos y agravios de su pueblo, sin referirse a los otros problemas más concretos que agobian a sus ciudadanos ni, menos aún, suscitar en ellos sentimiento alguno de pertenencia común. Todo lo contrario, al insistir en sus ensoñaciones, ahondó su división.

Frente a esta concepción entre grandilocuente y megalómana de la política, yo creo que es precisamente en la supuesta asepsia política de la que hizo gala el lehendakari donde se ocultaba una decisión de auténtico calado. No fue, en efecto, casual que, en el ambiente de sobreexcitación en que nos encontramos, el lehendakari optara por un discurso tan alejado de los tópicos ‘políticos’ que habrían podido esperarse de un mandatario nacionalista. Al orientar sus palabras hacia lo que algunos entienden por «mera gestión», quiso blindar a la ciudadanía vasca respecto de cualquier peligro de contaminación que pudiera amenazarla desde el exterior. No es un empeño nuevo ni coyuntural. Da, más bien, la impresión de formar parte de una estrategia deliberada.

Uno de los principales objetivos que el lehendakari se ha propuesto alcanzar en esta legislatura es la llamada actualización del autogobierno. La tarea es ardua en una comunidad tan plural y compleja como la vasca. Pero los límites se encuentran ya muy claramente trazados tanto por las propias experiencias internas como por los ejemplos que actualmente vienen del exterior. Si, como el lehendakari viene diciendo una y otra vez, se trata de alcanzar una fórmula inclusiva de renovado autogobierno, nada mejor para abortarla que la insistencia en los conceptos nacional-identitarios en que tantas veces ha quedado estancada la política vasca. El espacio en el que los más vamos a encontrarnos se halla al margen de esos debates anacrónicos, que, además de ir a contrapelo de la historia, resultan ser inevitablemente divisivos. El punto de encuentro ha de estar, por el contrario, abierto a conceptos más prosaicos y menos épicos, pero mucho más productivos y capaces de crear identidad y cohesión.

El lehendakari trató en su discurso, en coherencia con el lema de la legislatura, de centrar esa idea en el concepto de «auzolan» o «trabajo comunal». Sea éste o no el concepto más adecuado, el caso es que, según indican todos los estudios, la sociedad vasca, que ya se secularizó en lo religioso, camina también en lo nacional-identitario hacia un proceso de progresiva laicización. Ambos ámbitos pertenecen cada vez más a lo personal o a lo grupal. No es en ellos, en todo caso, donde la sociedad vasca en cuanto tal va a encontrar el vector de identificación y de cohesión que necesita para sobrevivir. Por eso, el intento desmitologizador que pudo entreverse en el discurso de fin de año del lehendakari, resulta plausible y, sea o no acertado en su concreción, apunta en la dirección que conduce al espacio en el que habrá de desenvolverse nuestra «política» vasca en el futuro. Nada nuevo. Es el trayecto que nuestros países vecinos vienen ya recorriendo desde hace mucho tiempo.

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