Platos rotos

Las urnas darán votos a los dirigentes del ‘procés’, pero no limpiarán su expediente

Carme Forcadell./AFP
Carme Forcadell. / AFP
Tonia Etxarri
TONIA ETXARRI

No cuaja la idea de que todo el ‘procés’ fue algo parecido a una broma. Por mucho que Joan Tardá se dé cuenta de lo que no se había percatado el pasado mes de agosto: que no tienen la mayoría social suficiente para montarse su república independiente. Por mucho que Toni Comín confiese sin sonrojo que ocultaron que la república catalana no la iba a reconocer nadie porque prefirieron decir lo que la gente necesitaba oír. O el propio Artur Mas, en tiempo de prórroga a punto de que sus propiedades sean embargadas si no hace efectiva la multa impuesta por la Justicia, entonando el ‘mea culpa’ porque no midieron bien los tiempos. A buenas horas. Otros tantos afligidos forman parte del desfile del ‘hara kiri’ para camuflar aquella prepotencia que exhibían cuando se jactaban de que no cumplían la ley. Pero no cuela. Porque de todos es sabido que habían esbozado un plan para dotarse de las estructuras de un Estado paralelo aunque ahora vayan diciendo que no tenían nada preparado para el día después de la proclamación de la independencia. Lo que les ha ocurrido es que pensaban que el Estado no se los tomaría en serio. O que no se atrevería a actuar contra ellos para restablecer la legalidad. Que el Rey seguiría pronunciando discursos genéricos de buena voluntad en la ambigüedad y la fraternidad, que Rajoy no aplicaría el artículo 155 y mucho menos convocaría las elecciones autonómicas. Y, para colmo de su imprevisión, que la mayoría silente saliera de sus casas en donde había permanecido los últimos años difuminada en el miasma del pensamiento único.

Y como ése ha sido el ‘procés’ de la gran mentira reconocida ahora por sus protagonistas, cabe preguntarse si estamos ante una catarsis de autocrítica o se trata de una treta para ‘ blanquear’ tanto despropósito. O es que prefieren ahora reconocer un engaño antes que admitir su intención de cometer delitos.

La ventaja del artículo 155 de la Constitución, aparte de garantizar el funcionamiento de las instituciones catalanas y del sistema con normalidad y sin sobresaltos, es la dosis de reflexión que ha inyectado en quienes pretendían conducir a siete millones de ciudadanos hacia la aventura independentista sin recursos, sin apoyos y fuera de Europa.

Tanto pragmatismo les ha invadido que están ya cerrando sus candidaturas e insinuando coaliciones de las que la CUP, por cierto, se queda notoriamente apartada. Pero son solo planes de campaña. Desde Bruselas el fugado Puigdemont ultima su lista de Junts per Catalunya. Lo más alejado posible de las siglas del PDeCAT. Que no se note, que no traspase, que no se le relacione con la Convergencia del 3%. O de lo contrario, Junqueras, con su campaña contra la corrupción, les puede arrinconar en el cuadrilátero. El preso de ERC lanza la candidatura de Marta Rovira porque, en el fondo, sabe que su figura ha quedado muy cuestionada en el último tramo del fracasado ‘procés’. Cuando sus socios se lamentan de que «no había recursos para sostener la economía catalana» se refieren a él. Cuando reniegan de tanta hemorragia de fuga de empresas, le hacen responsable. En su lista irá Carme Forcadell, en libertad bajo fianza. Sus programas y sus discursos se aguardan con gran expectación. No podrán defender lo mismo que hace dos meses. Demasiados platos rotos. Habrá que ver quién los paga. Pero lo que también saben los autores de este dislate es que acabarán compareciendo en juicio. Porque violentaron el ordenamiento jurídico. Las urnas les darán votos pero no les podrán limpiar el expediente.

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