La peana

Nadie se hace cargo de Cataluña. Ni el independentismo desconcertado por Puigdemont, ni el 155 de Rajoy. Ya no cuenta con una clase dirigente

La peana
KEPA AULESTIA

La leyenda cuenta que Jordi Pujol trataba de tú solo a los líderes políticos que había conocido contra el franquismo, mientras que hablaba de usted a todos los demás. Esa manera de dirigirse al resto de la clase política catalana podía albergar un mensaje moral, más o menos discutible, en cuanto al señalamiento de una meritocracia democrática. Pero los hábitos de Pujol han quedado enterrados por la vergüenza que la revelación de sus hazañas privadas provoca en sus devotos. Hubo un tiempo en que en Cataluña se distinguía a las personas que se alzaban sobre la peana de la clase dirigente. Apellidos y consortes que parecían conformar un ecosistema cerrado de poder e influencia. Luisa Castro retrató descarnadamente a la ‘gauche divine’, que llegó a representar la cara opuesta del pujolismo, en su novela ‘“La segunda mujer’. La cara opuesta de la misma moneda. Hace años que todo eso comenzó a venirse abajo. Coincidió con la alternancia entre Pujol y Maragall, en 2003. La ‘peana nacional’ funcionó a la perfección mientras el reparto de papeles concedía a los ‘convergentes’ la primacía, y las izquierdas se contentaban con el resto, Barcelona 92 incluida. Pero las cuadernas del catalanismo compartido empezaron a resquebrajarse cuando el arraigo de la fórmula CiU no aseguró su continuidad en el poder.

Hoy no hay una ‘clase dirigente’ en Cataluña. Ha bastado muy poco tiempo para que se volatilizara sin dar paso a una dirigencia alternativa y transversal que ofrezca un mínimo fuste. Era lógico que no quedara nadie de la Assemblea de Catalunya en pie, con una sola excepción. Que la ‘izquierda divina’ se desvaneciera. Que Montserrat ofreciera claves sobre el pasado, y no sobre el futuro. Pero, junto a los cambios que genera el paso del tiempo, se ha desmoronado toda la Cataluña oficial. Hasta el punto de que nadie parece añorar a esa ‘clase dirigente’ que se desvaneció, también, con el traslado de entidades privadas de referencia a otras comunidades autónomas. Hasta el punto de que el propio independentismo ha implosionado sin dejar un rastro cierto de los dos partidos que lo representan institucionalmente; siguiendo así a merced de una CUP debilitada.

La teoría de clases sobre la sociedad catalana nos llevaría a validar la hipótesis de los ‘menestreles’. A aceptar como explicación de lo que está ocurriendo la ocupación del espacio público por quienes no presentan una vocación firme de poder, ni sabrían qué hacer exactamente con el mismo, y se limitan a actuar como intérpretes a oído de lo que pasa. Eso es, y ha sido siempre, Esquerra Republicana. Pero el síndrome parece extenderse al conjunto del independentismo en la desconcertante forma que adopta todo él con un presidente cesado de la Generalitat, Carles Puigdemont, capaz de simultanear el mensaje de su penosa suerte con el alquiler de un chalet en Waterloo por 4.400 euros al mes. Un espació vacío en la acepción menos sugerente del concepto. Perdónenos Oteiza. Un espacio desalojado que nadie osa ocupar.

Cataluña está a la espera, porque nadie se hace cargo de ella. El bloqueo institucional que induce desde la lejanía Puigdemont revela hasta qué punto el país de los catalanes se encuentra políticamente huérfano. La inexistencia de un poder neto e identificable -tampoco lo es el Gobierno Rajoy con el 155- dificulta además la generación de contrapesos sociales. No hay ante quién manifestarse para reclamar y exigir esto o aquello. Los representantes políticos se relevan cada día, especialmente entre los supuestos herederos de Convergència. No hay figura pública que se consagre como para pedirle explicaciones. La política catalana se vuelve huidiza en tanto que se muestra expectante. La pretendida existencia de planes ocultos -de Junts per Catalunya para involucrar a ERC, por ejemplo- es pura fábula.

La volatilización de la clase dirigente heredada de casi un cuarto de siglo pujolista podía ser una buena noticia. El problema es que no hay recambio. Ni siquiera para aguantar estoicamente y sobre el terreno los procedimientos judiciales en curso tras el desvarío secesionista. El compromiso personal de los líderes independentistas se ha mostrado muy por debajo de sus proclamas. Las exigencias del PP a Arrimadas para que dé un paso al frente forman parte del vacío catalán. Del vacío, también, del 155.

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