Oriol Junqueras, doctor amor

Oriol Junqueras, doctor amor
IVÁN MATA

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

El pasado 11 de enero Jordi Basté le preguntó a Oriol Junqueras en el matinal de RAC1 por unas declaraciones de Anna Gabriel. La líder de la CUP acusaba a Esquerra de querer «eliminarles». Junqueras atacó entonces uno de sus clásicos: la acumulación de sobrentendido sentimental, una erupción de bondad destinada a no contestar a lo que se le dice, sino a dar por hecho que lo que se le dice es malintencionado, imposible, injusto.

Entonces lo soltó: «El junquerismo es amor». Hasta entonces Junqueras nunca había llegado tan lejos en sus apelaciones beatíficas. Al instante se imprimían en Cataluña camisetas con la frase. El ‘procés’ también fue una confortable burbuja frívola, una travesura de colegio mayor muy exclusivo. Eso explica que al vicepresidente de un Gobierno con un presupuesto de 30.000 millones se le festeje como santurronería lo que en cualquier otro lugar sería inadmisible. Existe la soberbia de los buenos sentimientos. Puede exhibirse la propia bondad como se exhiben las llaves del Ferrari: lanzándolas al aire para que brillen y tintineen.

Datos personales

Nació en Barcelona en 1969. Es licenciado en Historia. Fue eurodiputado y alcalde de San Vicens dels Horts. Desde 2011 preside ERC. En 2016 fue nombrado vicepresidente de la Generalitat. Desde el 2 de noviembre está en prisión cautelar acusado de rebelión, sedición y malversación.

Oriol Junqueras ha logrado algo infrecuente en política: imponer su propia versión de sí mismo. Es una versión edificante. Él fue el niño que estudió en el Liceo Italiano, pero no porque sus padres pudiesen pagarlo, sino porque unas monjitas se empeñaron. Y él es el historiador metido a político para «construir un mundo mejor», pero sabiéndose «perfectamente prescindible». Todo con un tono manso, inalterable. Y con auténticos acmés de sentimentalismo y profesiones de fe. En noviembre, Junqueras envió una carta desde la cárcel de Estremera al periodista José Antich. En ella fundamentaba la soberanía de los pueblos «en la certeza del amor infinito de Dios y en el enamoramiento hacia los seres humanos». La carta terminaba así: «aunque nos encarcelen, no podrán encarcelar nuestro Amor (sic). ¡Precisamente por eso, os amo tanto!»

Parece un milagro que alguien tan amoroso haya sobrevivido en la agresiva política

Parece desde luego un milagro que alguien tan amoroso haya podido sobrevivir en el agresivo ecosistema político. Y Junqueras, más que sobrevivir, ha triunfado. La velocidad de su ascenso es inaudita. En enero de 2009 dejó la universidad para ser el candidato de Esquerra a las elecciones europeas. En diciembre de 2010 se afilió al partido. En septiembre de 2011 era el presidente del partido. Se diría que eso no es algo que pueda conseguirse sin las suficientes dosis de cálculo, cinismo y dureza. No son virtudes teologales. Tampoco ha sido exactamente franciscano su papel en el Ejecutivo de Puigdemont: un puente de mando lanzado hacia lo incierto en el que Esquerra y el PDeCAT no dejaron de rivalizar, marcarse y desconfiar. Junqueras se comportó muchas veces como un estratega más interesado en el poder que en la independencia. El modo en que desapareció en algunos de los momentos más intensos tras el referéndum fue llamativo. En el pleno del día 27 de octubre que empujó al país al abismo de la DUI, el apóstol de los buenos sentimientos ni siquiera miraba a la cara a Puigdemont. No parecía amarle mucho. Tendría un mal día. El jueves Oriol Junqueras escribió otro artículo desde Estremera. Se titula ‘Cartas de amor’ y en él habla de la existencia de un «amor polisemántico». El artículo termina con una apelación directa a sus lectores: «Por eso os agradezco que me dejéis amaros tanto».

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