La normalización política que no llega

El inmovilismo de la izquierda abertzale, con la excusa de los presos, distorsiona aún la vida pública vasca. Algunos partidos estudian dar pasos en Madrid si EH Bildu se mueve tras la disolución de ETA, prevista para antes de verano

La normalización política que no llega
Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

El tercer acto institucional anual de homenaje a las víctimas del terrorismo, que ayer tuvo lugar en Bilbao organizado por el Gobierno vasco, debió haber supuesto otro pequeño paso adelante para avanzar en la cicatrización de las profundísimas heridas que cuatro décadas de activismo terrorista de ETA han dejado en este país. Sin embargo, una vez más, la izquierda abertzale tradicional que lidera Arnaldo Otegi no ha querido que así sea y se ha ausentado de un homenaje al que sí había acudido los dos años precedentes en San Sebastián y Vitoria.

Lo cierto es que seis años después del anuncio de alto el fuego definitivo por parte de la organización terrorista, la normalización política en este país sigue sin completarse. ¿Único culpable? Sortu, el partido que lidera y controla la coalición abertzale EH Bildu.

Pese a sus promesas y a sus anuncios de buenas intenciones, expresados más en privado que en público, la formación heredera de quienes década tras década actuaron como voceros del terrorismo tiene muy claro que el futuro sólo se puede construir en democracia, con la fuerza de la palabra y de los votos. En cambio, insiste en no querer admitir que el mundo radical erró al elegir camino hace cuarenta años, cuando apostó por compatibilizar política y terrorismo. Y, sobre todo, consecuentemente con ello, que matar para obtener réditos políticos ni estuvo, ni está, ni estará justificado. Así, sin más aditivos siempre distorsionadores.

La izquierda abertzale se ha movido en los últimos tiempos entre expresiones de inmovilismo y algunos pasos adelante en la buena dirección. Entre avisos tan contundentes como el que hace unos años lanzó en redes sociales el exmahaikide navarro Pernando Barrena en el sentido de que «jamás abjuraremos de nuestro pasado». Y declaraciones bastante más acordes con el nuevo tiempo, como la de la cabeza de lista de EH Bildu por Álava en las últimas elecciones al Parlamento de Vitoria, Miren Larrion. «Claro que creemos que matar estuvo mal, como tantas otras vulneraciones», afirmó en una entrevista a este diario.

Un paso adelante y dos atrás. Juegos y más juegos de palabras para no llegar a donde el resto de las formaciones democráticas le exigen que lleguen a los herederos de Batasuna.

Lo ocurrido estos últimos días es buena prueba del tobogán hacia ninguna parte al que los líderes de Sortu han subido a EH Bildu. De enviar a la portavoz parlamentaria Maddalen Iriarte a depositar flores en los homenajes a los socialistas Fernando Buesa o Isaías Carrasco, asesinados por ETA, a insistir en los recibimientos en la calle a aquellos etarras que regresan a sus pueblos tras cumplir condena. O a negarse a estar ayer en Bilbao porque el lema del acto -‘Fue injusto. Sociedad y víctimas construyendo juntas el presente y el futuro’- no es, Otegi dixit, «suficientemente inclusivo». ¿Cómo es posible que decir que asesinar ‘fue injusto’ sea considerado todavía un trágala inasumible por el histórico líder de la izquierda abertzale tradicional?

Así, y pese a que el segundo socio de la coalición, EA, sí acudió al acto de Bilbao, es imposible que los partidos vascos completen la normalización de relaciones con EH Bildu y trabajen con ellos como si fueran una fuerza política más, por ejemplo, en el Parlamento vasco.

Semiaislados

¿Resultado? Mientras perdure el pacto PNV-PSE no es posible que ninguno de estos partidos se embarque en una política de acuerdos más o menos frecuentes con otra formación. La coalición saltaría de inmediato directamente por los aires. Pero aún en otras circunstancias ni los jeltzales de Andoni Ortuzar piensan en una entente abertzale estable con EH Bildu, ni los socialistas de Idoia Mendia se plantean un eventual frente de izquierdas con los de Otegi y Elkarrekin Podemos, la coalición que comanda Lander Martínez. No de momento.

Los presos de ETA siguen siendo, parece, el problema y desde luego la excusa para que la izquierda abertzale no traspase de una vez la última raya y se instale a todos los efectos y con todas las consecuencias junto al resto de los partidos. En este sentido, en algunas formaciones, en especial en el PNV, existe de nuevo una cierta esperanza en que si ETA anuncia por fin su disolución definitiva antes del verano -con o sin la parafernalia que rodeó al desarme parcial, de Bayona, dirigido a disfrazar la derrota final- Otegi y los suyos admitan lo obvio.

¿Sin esperar a que Mariano Rajoy reagrupe a los presos de la banda en cárceles del País Vasco o próximas a la comunidad autónoma y Navarra? ¿Sólo después de que arranque ese movimiento, como acaba de ocurrir en la Francia de Emmanuel Macron? Preguntas, de momento, sin respuesta.

Lo que sí parece estar en la mesa de algunos partidos es la posibilidad de mover ficha juntos en Madrid. Siempre en el supuesto de que los restos de la banda terrorista cumplan su propia palabra, disuelvan de una vez ETA y envíen hasta su recuerdo al trastero de la historia del que nunca debió salir.

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