Naciones necesarias

Naciones necesarias
EFE
PEDRO IBARRA

Hace un mes (EL CORREO 1/11/17) Daniel Innerarity diseccionaba, con la agudeza que le caracteriza, la práctica inviabilidad de resolver nuestro conflicto estatal entre naciones, dado que los actores que comparecen en ese conflicto lo hacen precisamente como naciones. Ello lleva a estrategias de confrontación con pretensiones impositivas, indeseables y estériles a la hora de resolver el conflicto. Para salir del atolladero, Daniel propone (cito literalmente) que el juego no sea el conflicto entre las naciones sino el encuentro de las sociedades. Pueden ser tan abertzales como el que más y ese es el motivo por el que no nos abocan a un enfrentamiento estéril… Miremos las cosas desde esa perspectiva y no encontraremos a la gente polarizada en torno a sus identificaciones sino preocupada por cómo hacer posible la convivencia entre quienes tampoco quieren renunciar a las diferencias que les constituyen.

Me temo que la solución propuesta tampoco resuelve el problema. Es cierto que en principio la solución -el protagonismo del sujeto social, no del nacional- sí cambiaría la actitud, la forma de relacionarse con el Otro. Efectivamente quienes están en un espacio no se presentarían en esa relación con el Otro como un bloque homogéneo que afirma y defiende una determinada y fijada nación frente a la Otra, sino como un conjunto de personas de diversas identidades que se relacionan con los miembros de la otra sociedad. Eso supone diversidad de matices que surgen en uno u otro Sujeto, en una u otra sociedad. Esas diversidades internas en identidades, intereses etc., generarían la flexibilidad y funcionalidad suficientes para lograr un pacto entre ambas sociedades. Más exactamente entre dos sociedades, que a los efectos del conflicto, han relegado -han aparcado- su correspondiente sentido de pertenencia nacional.

Veamos ahora el problema. Al margen de loables deseos libertarios, en la práctica quien se supone que debe negociar un acuerdo entre ambas sociedades son sus respectivos gobiernos. Es cierto que esos gobiernos deberían reflejar las distintas sensibilidades identitarias e intereses políticos territoriales de sus ciudadanos. Pero en última instancia se establecerían cuáles son aquellos asuntos -estamos hablando de una negociación sobre niveles de autogobierno- en los cuales ese gobierno representa una posición que entiende se corresponde mayoritariamente a la de sus ciudadanos. Y también cómo en esos diferentes temas y sus niveles recoge las posiciones de la minoría. La institución política considera esas distintas sensibilidades y posiciones sociales. Pero también las ordena, articula y jerarquiza. Establece con ellas las propuestas básicas en la negociación con el Otro.

Sin duda la negociación, el debate sobre estas propuestas, será menos confrontativo en la medida que las mismas no se presentan como constitutivas de una nación eterna, definitiva y cerrada.

Cierto. Pero también lo es -y este es un punto básico en este dilema- que para que una negociación funcione, para que su resultados sean aceptados por ambas partes, la misma debe ser planteada desde la bilateralidad. Que cada parte pueda plantear y exigir autogobierno en todas las cuestiones y competencias que se planteen. Y que existan. La convergencia hacia la negociación debe basarse en condiciones de igualdad, en condiciones de idéntica o igual plenitud -al menos potencial- de poder ejercer todas las competencias políticas que pudieran corresponder a una comunidad. El punto de partida en una negociación igualitaria, hecha desde la bilateralidad, es que cada sujeto puede plantear el todo para sí. Si no es así, si la negociación se plantea desde condiciones preestablecidas de desigualdad -de superioridad y correspondiente dependencia en y desde su planteamiento- un eventual resultado siempre sería insatisfactorio y rechazado en cuanto surgido desde la no igualdad. Antes se decía que el fracaso negociador podía surgir desde la confrontación entre dos naciones con rígidas estrategias. Ahora surge desde la negociación hecha desde la desigualdad establecida.

Por tanto la bilateralidad parece necesaria para lograr una negociación fructífera. El proceso -o quizás solamente acto- de otorgamiento de bilateralidad, previo al proceso negociador, exige que ambos gobiernos mutuamente se otorguen el principio de igualdad que lo sustenta. Que reconozcan cada uno que el sujeto con el con el que va a negociar constituye una comunidad soberana desde el punto de vista político; una comunidad que se considera sin límite, ni dependencia exterior a sí misma, para poder ejercer para sí el poder político. El poder político que le corresponde a una comunidad soberana. Eso implica que -aunque no se diga expresamente- a los efectos operativos de una negociación, lo que está enfrente… es una comunidad nacional

Con esta dinámica, en la que ambas partes se conceden, a los efectos de una negociación relevante y posible, el carácter de sujeto soberano en el que asienta la imprescindible bilateralidad, volvemos al escenario de confrontación nacional del primer escenario. Aquel que Daniel consideraba condenado al bloqueo. La confrontación de dos pueblos o comunidades, que al margen del nombre que se autootorguen o les otorguen (sociedad, por ejemplo ), se presentan con los atributos de una nación.

Apunto que el asunto no está tanto en negar lo que se supone debe hacer una nación, sino en construir una comunidad y también una sociedad nacional, articulada de tal forma en sus diversidades que sea capaz de lograr un pacto asumible por y para todos.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos