Morir matando

Puigdemont es un político sin futuro, pero sigue exhibiendo gran habilidad para desgastar a todos sus adversarios

Morir matando
Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

Carles Puigdemont es un político con pasado y con presente, pero sin futuro, salvo sorpresa mayúscula. Nada extraño en este contexto que se esté volcando en morir matando. Políticamente.

El expresident dibujó en su día tres objetivos. El primero, el PDeCAT. El segundo, ERC. El tercero, las instituciones del Estado que frenan sus ansias separatistas.

Hace ya tiempo que el político gerundense ganó la batalla interna y convirtió a su partido en lo que deseaba: un instrumento a su servicio. Empezó a lograrlo cuando exigió y consiguió controlar las listas y los mensajes en la última campaña. El gran resultado de Junts per Catalunya (JxCat), segundo tras Ciudadanos pero por delante de Esquerra, hizo el resto. Artur Mas ya se ha hecho a un lado. y la líder del partido, Marta Pascal, sigue, pero con un peso que no se corresponde a su cargo. La estrella emergente es la nueva portavoz parlamentaria, Elsa Artadi.

Estos días Puigdemont está volcado en desgastar a sus otros dos objetivos: las instituciones españolas y ERC. Las primeras vivieron la semana pasada unos días complicados. Esquerra duda sobre el camino a seguir.

El miedo a que el expresident lograra hoy la investidura sin acudir al Parlament, bien por vía telemática o delegando el voto en un compañero, llevaron al Gobierno Rajoy, a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, a forzar la máquina y pedir al Constitucional algo que parecía muy complicado: vetar la candidatura del líder de JxCat.

Conocen de sobra lo ocurrido. El Consejo de Estado que dice que no es posible actuar con carácter preventivo contra Puigdemont porque, aunque sea un prófugo, mantiene sus derechos políticos. El Gabinete Rajoy que traga saliva, pero sigue adelante. El tribunal de garantías que adopta una alambicada decisión, inteligente pero cuyo encaje legal han cuestionado algunos especialistas: dejar la petición gubernamental sobre la mesa y optar por una cautelar, avisar que el político neoconvergente solo podrá ser investido si acude en persona a la Cámara y con un permiso especial del juez.

Y en esas estamos. Nada indica que Puigdemont vaya a sorprendernos hoy descolgándose en helicóptero sobre el tejado del Parlament. Legalmente tampoco valdría de mucho porque no ha pedido el permiso al magistrado.

La ‘patata’ está en manos de la Mesa del Parlament, de mayoría independentista. Y en especial de su president, Roger Torrent, de ERC, tercer objetivo a desgastar por parte del último inquilino del Palau de la Generalitat en su objetivo final, no confesado, de liderar el independentismo desde un único partido.

Torrent tiene, al menos, tres opciones si Puigdemont no se cuela en la Cámara. Mantener el Pleno para las tres de esta tarde, desoir al TC y permitir la investidura telemática o por voto delegado, como ayer le reclamó implícitamente el expresident, lo que le supondría problemas legales. Posponer la sesión hasta que el TC se pronuncie sobre el recurso gubernamental. O sacrificar a Puigdemont, como han empezado a reclamar varios dirigentes de ERC, e investir a un candidato/a limpio/a, que no tenga problemas con la Justicia.

No parece que Torrent quiera seguir los pasos de Carme Forcadell. Pero la respuesta, esta misma tarde.

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