Moratoria a compartir

Todos deben intentar aparcar las diferencias porque la realidad se ha mostrado tozuda

Moratoria a compartir
KEPA AULESTIA

Las elecciones al Parlamento de Cataluña, convocadas en virtud del artículo 155 para encauzar la situación hacia términos de normalidad constitucional, han acabado dando lugar a un panorama endiablado, tanto desde el punto de vista político como en cuanto a las repercusiones institucionales de su resultado. Las urnas han respondido a la polarización entre el ‘legitimismo’ autoexiliado de Puigdemont y el unionismo sin ataduras de Arrimadas. Pero se trata de dos éxitos que obligan a sus beneficiarios a una lectura reposada del veredicto electoral. El independentismo que, tras una tímida reacción autocrítica inmediatamente después de la aplicación del 155, no ha querido revisar el ‘procés’ durante la campaña más que mediante equívocas indicaciones en torno a la unilateralidad está obligado, a pesar de su mayoría parlamentaria, a corregir el rumbo ante la evidencia de que no es capaz de arrastrar tras de sí a la mitad más uno de los catalanes. Aunque, a pesar de todas las asignaturas que tienen pendientes los secesionistas -desde la clarificación de su propio papel hasta su reacomodación interna- el 21 de diciembre ha dejado en una situación especialmente comprometida a quien convocó las elecciones, Mariano Rajoy. Aunque no sólo a él.

La mayoría parlamentaria del independentismo, que esta vez tampoco podrá librarse del marcaje de la CUP, convierte la victoria de Ciudadanos en un asunto que interesa solo de cara a una eventual recomposición del centro-derecha español, y poco más. Haría mal Albert Rivera en precipitarse extrapolando los resultados de su particular disputa con el PP en Cataluña para avivar el pulso con Rajoy mientras aquella comunidad autónoma continúe sin una salida nítida dentro de la legalidad. Pero, al mismo tiempo, el ‘presidente de la impasibilidad’ tampoco está en condiciones de hacer uso del laberinto catalán para disuadir a Ciudadanos de que active sus pretensiones electorales a la luz del 21-D. Puigdemont y Arrimadas conforman una extraña pinza que atenaza al Partido Popular, emplazado por el escrutinio a desdecirse parcialmente. Aunque Ciudadanos cometería una grave equivocación si en estos momentos priorizara sus propósitos de desgastar a Rajoy, posponiendo cualquier respuesta eficaz y duradera al rompecabezas catalán.

Claro que la política española puede estar tentada en dar por irresoluble el asunto. El éxito de Ciudadanos asoma como una victoria pírrica cuando los populares han caído tanto y los socialistas han remontado tan poco. La carencia de una solución definitiva y los límites políticos del 155 podrían dar lugar a la consagración del desistimiento ante el problema catalán, ofreciendo en bandeja a Puigdemont aquello que éste ansía desde hace tiempo: la extensión de la inestabilidad al conjunto de España. Ni los efectos económicos de la deriva independentista ni la falta de reconocimiento internacional al gobierno cesado de la Generalitat han sido causa suficiente para que parte de sus seguidores se retrajeran en el momento del voto. De manera que si bien el ‘presidente con lista propia’ deberá dar muchas explicaciones para lograr algún crédito, habida cuenta además de su situación judicial, no son menos las aclaraciones que el resultado de las urnas exige de Mariano Rajoy. El respaldo europeo a la firmeza constitucionalista aparece hoy como un aval desaprovechado a ojos de observadores que no querrán hacerse cargo del escrutinio. La anomalía política e institucional a la que da lugar un presidente de la Generalitat cesado y electo a la vez, con domicilio en Bélgica, hace que los sinsabores económicos no puedan ser atribuidos en exclusiva a la disparatada búsqueda de la desconexión a todo trance.

Urge un impasse, y no solo navideño. Una moratoria compartida que aparque diferencias en lo que éstas tengan de irreconciliables. La verdad electoral se mostró tan tozuda el jueves que a nadie debería ocurrírsele que la ingobernabilidad desemboque en nuevos comicios a medio plazo. O a que el país en su conjunto se muestre solidario con la suerte de Cataluña, disolviendo las Cortes para que unas elecciones generales nos devuelvan a todos al bucle de la incertidumbre creciente. Situación a la que podríamos vernos abocados porque, ya se sabe, seguro que todos los partidos y líderes políticos, sin excepción, buscaron en la noche del 21-D algún resquicio para sacar ventaja del marasmo general.

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