Mayor Oreja: «Fue una venganza extrema por liberar a Ortega Lara»

El exministro del Interior, Jaime Mayor Oreja.
El exministro del Interior, Jaime Mayor Oreja.

El exministro del Interior cree que «hicimos lo que había que hacer»

OLATZ BARRIUSO

Aquel 10 de julio de 1997, Jaime Mayor Oreja llegaba de comer en un club de prensa cercano al Ministerio y se disponía a reunirse con su antecesor al frente de Interior, Juan Alberto Belloch. Pero, nada más poner un pie en su despacho, supo que algo no andaba bien. «Mi secretaria acababa de recibir una llamada en la que le decían: ‘Lo de Ortega Lara lo vais a pagar. Gora ETA’. Al cabo de unos minutos me llamó Carlos Iturgaiz para decirme que había un concejal de Ermua que no llegaba a su casa», rememora. Fue el inicio de una pesadilla que siguió tomando cuerpo en las horas posteriores. Desde el principio, el ministro tuvo claro que no se enfrentaba a un chantaje de ETA, sino a un «asesinato a cámara lenta». Comprendió pronto que era responsable de gestionar un trauma colectivo que no podía acabar bien.

- ¿Nunca abrigó esperanza?

- No. Habían escogido a un concejal del PP. Desde el primer momento lo interpreté como un acto de venganza por la liberación de Ortega Lara. Un acto de extrema crueldad.

Mayor Oreja acababa de saborear las mieles del éxito. La Guardia Civil había localizado nueve días antes al funcionario de prisiones, víctima del secuestro más largo de ETA, en un zulo de Mondragón. La crónica del asesinato anunciado de un joven edil popular le hizo conocer «la cara y la cruz de la vida» en tiempo récord. Una experiencia difícil de olvidar, una caída vertiginosa «de la máxima alegría y emoción a la máxima angustia». Mayor enfiló hacia La Moncloa para despachar con el presidente Aznar y perfilar la estrategia.

- Debió de ser duro dirigir un operativo policial de esas características.

- Sabíamos que era buscar una aguja en un pajar. Pero lo teníamos que hacer. Recibí invitaciones, unas de buena fe y otras no, para intentar mediar con ETA. Pero el Gobierno y yo sabíamos que la única posición posible era la firmeza. No hubo dudas ni vacilación. La mayor dificultad para mí fue pensar en cómo dirigirme a los españoles en aquellas circunstancias.

- Algunos ciudadanos, indignados, quisieron tomar las sedes de HB.

- No fue fácil. No podíamos poner voz a la rabia, al rencor y a la irritación de la gente. El primer recuerdo que tengo es la dificultad de tener que armar un discurso en pocos minutos, de Moncloa al Ministerio, que animara a los españoles a seguir movilizándose, que dejase clara la imposibilidad de negociar, pero sin acentuar el tono para no dar ninguna excusa, ningún pretexto.

Un error «histórico»

Ya en la soledad de su despacho, tras una jornada extenuante, el exministro confiesa que tuvo «una sensación de angustia, de saber que estábamos condenando a muerte definitivamente a Miguel Ángel Blanco». «Es una decisión que en lo más profundo y en lo más personal te hace sufrir, pero no lo puedes exteriorizar».

- ¿A qué se agarró?

- Me sentí confortado por la reacción ciudadana. Fue emocionante y totalmente espontánea. Algunos decían que era cosa del Cesid, esas patrañas que se contaban. Pero fue algo que nació en el corazón de muchos vascos y españoles ante el que probablemente fue el mayor error histórico de ETA.

- ¿Fue ahí donde empezó a escribir su derrota?

- Yo nunca he aceptado la derrota de ETA. Todo aquello significó su final como organización terrorista, pero ETA es mucho más que eso. ETA representa un proyecto político que hoy no está derrotado. Anida en Cataluña, anida en Navarra, está vivo en el País Vasco. Cometemos siempre un error colocándonos medallas que no nos merecemos. Luego hubo un proceso, una negociación, y se pagó un precio político. Pero entonces no, entonces solo lo pagó Miguel Ángel Blanco.

- ¿Acaso no vio una rendición en el reciente desarme de ETA? ¿No le reconforta que un alcalde de EH Bildu pidiera perdón directamente a las víctimas?

- Sé que soy minoría en este tema. Bildu no existe, es ETA. Ver a alguien de ETA pidiendo perdón es fantástico. Pero su proyecto no ha cambiado. Nacieron para romper España y no se disolverán hasta que acaricien ese objetivo. Se abrió un mal llamado proceso de paz que ha servido para legitimar a ETA en el País Vasco. Fue la antítesis del ‘espíritu de Ermua’.

- ¿Ese espíritu sigue vivo?

- Hoy la suma del PP y el PSOE es lo mismo que obtiene ETA en el Parlamento vasco. Por eso muchas veces me preguntan si todo aquello fue inútil. Y yo siempre digo que lo importante es hacer bien las cosas, de acuerdo con tu conciencia. Es evidente que ese espíritu se traicionó en Estella, se traicionó en Perpignan y lo traicionó Zapatero en 2004. Pero eso no nos debe llevar a la melancolía ni a la frustración. Hicimos lo que tuvimos que hacer y tuvo sus resultados. Estuvo bien hecho. No hay que darle más vueltas. Tengo la conciencia muy tranquila.

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