«El 'espíritu de Ermua' nos hizo más libres»

Carlos Totorika recuerda ante el busto de Blanco cada instante de aquellos tres días de agonía colectiva./Fernando Gómez
Carlos Totorika recuerda ante el busto de Blanco cada instante de aquellos tres días de agonía colectiva. / Fernando Gómez

Carlos Totorika lideró la respuesta ciudadana en la villa y evitó que la ira se transformase en venganza. «Fue estremecedor»

DAVID GUADILLA

El horror. Carlos Totorika se asomó al balcón del Ayuntamiento de Ermua y lo vio a sus pies. Como un cuadro de Goya. En los rostros desencajados de los cientos de personas que se agolpaban a la espera de un milagro que nunca llegó. Miguel Ángel Blanco había sido asesinado tras tres días de agonía colectiva. «Era estremecedor. Nunca lo podré olvidar. Los gritos, los llantos, la desesperación...». La esperanza se esfumó. Apenas había durado un par de horas. Había resurgido como un breve destello cuando se supo que el joven concejal del PP era trasladado aún con vida a un hospital de San Sebastián.

- ¿Pensó en algún momento que se podía salvar?

- La verdad es que no. Nadie sobrevive con dos balazos en la cabeza.

Aquella imagen de la balconada del Ayuntamiento con Totorika, alcalde de la villa, abrazando a Mari Mar Blanco junto a los padres y la novia de Miguel Ángel descomponiéndose por el dolor fue una de las más simbólicas de aquellos días trágicos. No fue la única. La ira estalló en Ermua. Desconocidos intentaron quemar la herriko. Fue el propio Totorika quien apagó el conato de incendio extintor en mano. «No podía permitir que en mi pueblo la gente actuase por venganza, que hubiese palizas».

Había que canalizar la energía. «Cuando doy la noticia y pido calma, soy consciente de que nadie me escucha». Y Totorika y su equipo toman una decisión. Organizan una marcha a Eibar. Quince kilómetros. La gente vuelve derrengada. Y algo más tranquila. Pero, «entre aquella borrachera de imágenes», la que representa mejor lo que él sintió aquellos días no la vio nadie. Aquel domingo 12 de julio, Totorika se levantó pronto. Necesitaba aire, pensar. Aliviar la olla a presión en que se había convertido su cabeza. Subió al alto de Trabakua. El camino serpentea entre caseríos y empresas y pasa cerca del cementerio. Era la época en la que iba sin escolta. Avanzó solo, llegó a la cima y se echó a llorar. «Fue liberador».

Habían sido 72 horas intensas. Y el alcalde intentaba recomponerse. La noticia del secuestro le cogió camino de Madrid. A pie. La caminata formaba parte de una campaña de protesta con el objetivo de lograr fondos para arreglar el polideportivo de la villa. Iban otros tres militantes del PSE, un coche de apoyo... Eran las siete de la tarde y acababan de atravesar Mondragón. «Carlos, es posible que hayan secuestrado a Miguel Ángel Blanco. No lo encuentran». Totorika pensaba que era una broma. Pero se lo decía Enrique Villar, por aquel entonces delegado del Gobierno. E iba muy en serio.

En el alto de Trabakua, recordó a aquel joven concejal del PP que despuntaba en el pueblo y con el que tenía «una relación cordial, pero escasa». Totorika regresó a Ermua a esperar el desenlace.

- ¿Qué recuerda de Miguel Ángel?

- Es curioso, pero las imágenes que retengo con más fuerza en la memoria son las de su faceta personal. Había coincidido con él y su novia en un par de bodas, con la batería...

Blanco tocaba en Póker. Uno de los muchos grupos que intentaban hacerse un hueco en el mundo de las verbenas y las bodas. Aquel verano de hace 20 años prometía. La agenda estaba completa. El sábado anterior al secuestro, Póker había actuado en el alto de Itziar, en Deba. La música era parte de la vida de Miguel Ángel. Por eso su novia quiso que le enterraran con las baquetas que había utilizado en sus conciertos. Pero aquel joven «marchoso» también tenía sus ideales políticos. «En uno de los plenos tuvo una intervención sobre los presos de ETA especialmente dura. Bueno, dura... Se había pulido tanto el discurso político que llamarles asesinos parecía una cosa rara», rememora Totorika.

- ¿Por miedo?

- El miedo fue una cosa demasiado seria en este país durante muchos años. Todo el mundo se autocensuraba. Había una parálisis.

- Pero aquellos días se rompió.

- Llevábamos demasiado tiempo de asesinatos, de horror y de silencio, que generaban una enorme frustración. Se superó el miedo y la gente se atrevió a llamarles lo que son, asesinos. Todos teníamos ganas de hacerlo. De decir lo que pensábamos a su cara. Ellos habían matado a Miguel Ángel, pero ahora se lo teníamos que hacer pagar. Le estábamos echando un pulso a ETA.

«Sembrar odio»

Aquella movilización no evitó el asesinato. El pueblo se convirtió en el centro de España. Todo el mundo quería entrar en la iglesia. Políticos de todo signo, el entonces Príncipe de Asturias... Hubo hasta problemas de protocolo.

- ¿Y sirvió para algo? ¿Qué queda de aquel ‘espíritu de Ermua’?

- Creo que nos hizo más libres.

- ¿También cambió a la izquierda abertzale?

- No lo creo. Durante estos años a mí nunca se me ha acercado un dirigente de la izquierda abertzale para decirme: ‘aquello estuvo mal’. Hubo algún militante que a título individual sí lo lamentó, pero poco más.

Totorika reprocha a la izquierda abertzale que no haya hecho el recorrido completo. «Es que es muy cansino que sean incapaces de reconocer que aquello estuvo mal. Se lo deben a las víctimas y a quienes hemos aguantado durante años su fanatismo. Y si no lo hacen, seguirán sembrando odio».

- La pelea por el relato.

- Es que no puede haber dos lecturas, y que en una de ellas sigan pensando que los etarras eran héroes. Sé que para ellos no es fácil porque tienen sus contradicciones, pero que cierren ya esa etapa.

- Hace escasos días, el alcalde de Rentería (EH Bildu) organizó un acto de respaldo a tres víctimas de ETA y lamentó lo sucedido.

- Es un paso adelante, pero insuficiente.

- ¿Por qué?

- Está muy bien que empatice con las víctimas, pero no dijo por qué fueron asesinadas. Y no fue porque fuesen guapos o altos o bajos, sino por ser del PSE y del PP. Y eso es relevante. Ese mensaje de cariño hacia las víctimas tiene una parte muy hipócrita si no se explica por qué se les asesinó.

La investigación policial acabó con la detención del comando que mató a Miguel Ángel Blanco. Entre ellos estaba Ibon Muñoa. No fue quien apretó el gatillo. Fue quien alojó en su casa a los asesinos. Y era concejal de HB en Eibar. Fue condenado a 33 años. Los jueces dictaminaron que estaba al tanto del secuestro y posterior ejecución.

- ¿Le conocía?

- La verdad es que no. Pero cuando me enteré tampoco se me hizo raro. No era extraño que quien pasase la información a los terroristas fuese un vecino, un familiar... Parece inexplicable, pero el fanatismo genera monstruos.

Veinte años después, la memoria de Blanco sigue viva en Ermua. Totorika continúa al frente del Ayuntamiento y admite un cierto «agotamiento» ciudadano. «La sociedad tiene ciertos problemas para escuchar, y quienes tenemos conciencia de lo importante que es la memoria tenemos auténticas dificultades porque parecemos muy pesados. La sociedad quiere mirar hacia adelante».

- ¿Sigue teniendo relación con Mari Mar Blanco?

- Hablamos de vez en cuando por cuestiones de ámbito institucional. Es una relación personal escasa, pero amable.

- ¿Ha vuelto a hablar con sus padres?

- No. Sufrieron mucho. Al cabo de unos años, optaron por abandonar Ermua. Y les entiendo.

Ninguno de los Blanco está ya en Ermua. Tampoco Miguel Ángel. Sus restos fueron depositados en el cementerio de la villa. En el mismo por el que había pasado Totorika camino de Trabakua. Un nicho sencillo al que sus padres acudían de forma rutinaria a colocar una flores, a recordar a su hijo. Pero el odio no tiene límites. Desconocidos rompieron el cristal en varias ocasiones, arrojaban las flores al suelo... Sus restos fueron trasladados al pueblo natal de sus padres, en Ourense. Lejos de los «monstruos».

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