Puigdemont lo eclipsa todo

EDITORIAL

Se presenta a sí mismo como la solución cuando ya es un problema incluso para el independentismo

El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, declara ante los medios en el Parlamento de Dinamarca./EFE
El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, declara ante los medios en el Parlamento de Dinamarca. / EFE
EL CORREO

Con tanta osadía como carencia de escrúpulos, Carles Puigdemont se ha convertido en el personaje sobre el que pivota la política nacional y en la causa última del independentismo. Su peripecia personal en ese papel estelar que protagoniza, una mezcla de autoexiliado y prófugo de la Justicia, ha logrado eclipsar no solo a Cataluña entera, sino a sus propios partidarios. Un dirigente político que llegó a la presidencia de la Generalitat porque la CUP no aceptaba la candidatura de Artur Mas, y que poco después anunció su pronta retirada de escena, ha acabado por recrear el mito del líder único cuyos imprevisibles movimientos despiertan, entre sus seguidores, la atracción de lo enigmático, mientras parecen capaces de desnortar a fiscales, jueces y ministros. Como si todos los problemas de encaje de la Cataluña oficial en el Estado constitucional español dependieran de la suerte de Puigdemont. Su viaje de ida y vuelta a Copenhague desde Bruselas hubiese quedado en un intento patético por hacerse notar si la mayoría parlamentaria independentista no pendiera de lo que haga o diga a cada minuto; y si su situación judicial no se viera tan sometida a las sorpresas que pueda deparar una investidura desquiciante. Cataluña necesita un Gobierno. Sin dilaciones. El independentismo reclama para sí la responsabilidad de conformarlo. Pero no es capaz de dar los pasos necesarios para ofrecer a los catalanes una fórmula estable y solvente de dirigir la Generalitat sin vulnerar de nuevo la legalidad ni ver prorrogado el 155. Puigdemont se presenta a sí mismo como la única solución. Lo hizo ayer cuando habló de que su regreso libre de causas a territorio español supondría nada menos que «la restauración de la democracia» en nuestro país. Su obstinado desafío al Estado de Derecho hace que sea, en realidad, el problema número uno al que se enfrenta el propio independentismo para atribuirse legítimamente el Gobierno de la Generalitat. Conviene recordar que Puigdemont no ganó las elecciones del 21-D; sólo se impuso en el campo secesionista al superar en votos y escaños a ERC. Que el nuevo presidente del Parlamento catalán viaje hoy a Bruselas para verse con él y siga sin concretarse la fecha de la investidura es incomprensible. Aún más que, dadas las circunstancias, nadie se haya atrevido a proponer un candidato alternativo a Puigdemont.

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