En manos de Puigdemont

El futuro inmediato de Mariano Rajoy y del PNV depende directamente del expresident

En manos de Puigdemont
OLATZ BARRIUSO

El futuro inmediato de Mariano Rajoy y del PNV depende directamente de Carles Puigdemont. O más bien de su capacidad para mantener la deriva personalista en la que se ha embarcado para ser investido president a cualquier precio y a miles de kilómetros de distancia del Parlament. Mientras no ceje en su empeño y permita que en Cataluña pueda constituirse un Govern normalizado (¿con su mano derecha Elsa Artadi al frente?), el PNV se verá atado de pies y manos para negociar los Presupuestos -y aprovechar una ventaja aritmética en Madrid que es posible que no vuelva a repetirse en varios lustros- y el presidente del Gobierno seguirá colgado de la brocha, incapaz de rentabilizar los signos de recuperación económica frente a un Albert Rivera crecido, seguro de que está llamado a convertirse en el próximo Macron, en el Trudeau español.

Ni Esquerra ni el desnortado PDeCAT, abofeteado ahora por la dura sentencia del 'caso Palau', están por la labor de que el empeño del expresident en ser investido por Internet o por encargo de su discurso a otro diputado devuelva la política catalana a los tribunales y obligue a repetir las elecciones en una especie de bucle infinito. Sobre todo porque podría dar al traste con la mayoría secesionista en el Parlament, cogida con alfileres. Y porque las filas independentistas, como ha dejado en evidencia la desbandada de ilustres del 'procés', empiezan a acusar el desgaste de una estrategia suicida que solo conduce a la melancolía o a la cárcel. El varapalo de los letrados del Parlament a las pretensiones del exalcalde de Girona acentúa su soledad. Pero la coartada de ostentar la presidencia legítima de Cataluña, que tan buenos resultados le dio en las urnas el 21-D, mantiene políticamente vivo a Puigdemont. Y por tanto mantiene viva la posibilidad de que siga tensando el pulso con el Estado y, como avisó ayer Rajoy, el 155 siga vigente.

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El PNV lo sabe. Y tiene muy claro también que quiere aprovechar la baza de la negociación presupuestaria para dar un impulso a la emblemática transfencia de la Seguridad o a la de Prisiones, pese a las fortísimas reticencias de Moncloa a ceder un ápice en ese terreno. Por eso se aferra a la esperanza de que Esquerra demuestre suficiente capacidad de presión para forzar un cambio de candidato y evite que resuciten los fantasmas del 6 y el 7 de septiembre, cuando el independentismo pisoteó los derechos de la minoría opositora. Quién iba a decir que el PNV tendría que encomendarse a la izquierda republicana ante el naufragio de la burguesía convergente de toda la vida. «Estando Puigdemont de por medio todo es imprevisible. Puede pasar cualquier cosa», confiesan.

De ahí que hayan comenzado una indismulada campaña en contra de las ensoñaciones del expresident. La vigencia del 155 no solo impide al PNV sacar tajada en Madrid sino que amenaza el 'statu quo' en el que los jeltzales se desenvuelven como pez en el agua y mantiene abierta la puerta a una recentralización dura que podría acabar pasando factura a Euskadi. En ese contexto se entienden las palabras del burukide Koldo Mediavilla, que en el último artículo publicado en su blog calificaba la hipotética investidura telemática de Puigdemont de «dislate» y advertía de que forzar esa vía sería «violentar el compromiso de miles de electores que creyeron en un líder de carne y hueso (...) y no en una secuela de Matrix gobernada por control remoto». Casi nada. O la insistencia del lehendakari ante los embajadores de la UE en España en defender las vías legales frente a la unilateralidad catalana. El atrevimiento le ha costado que el cupero Antonio Baños inaugure en Twitter el hashtag #UrkulluEspañoldelAño. La eterna batalla entre el sistema y sus detractores.

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