Malos tiempos para más autogobierno

El pulso entre Ciudadanos y el PP, y viceversa, en clave identitaria obliga a revisar desde el pragmatismo el proyecto de un nuevo estatus para Euskadi

Malos tiempos para más autogobierno
Kepa Aulestia
KEPA AULESTIA

El lehendakari Urkullu insistió ayer en que el nuevo estatus que persigue para el autogobierno vasco será «legal y pactado». El plan Ibarretxe y su anunciado final, al no ser tomado en consideración por el Congreso, devolvieron al país a la realidad. Diferencias insalvables entre los partidos vascos desaconsejaron iniciar los trámites cuando, por ejemplo, la Generalitat catalana presidida por Maragall se aventuró a hacerlo. Luego, la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut disuadiría de emprender ese mismo camino. Reformar el Estatuto para mejorarlo se vuelve una tarea muy complicada después del reciente afianzamiento del Concierto y del Cupo. Complicada por tres razones. Una, que resulta difícil obtener en el Parlamento vasco ese común denominador en positivo que vaya más allá de la crítica suscrita el jueves por PNV, EH Bildu, Elkarrekin Podemos y PSE contra la recentralización. Otra, que no es fácil idear -no ya dentro del marco constitucional sino del europeo- un autogobierno que eleve su techo por encima de la ‘autonomía realmente existente’. La tercera, que si las coyunturas precedentes no eran las más propicias para tan trabajoso cambio, ésta de ahora podría serlo menos. Aunque se aspire a algo «legal y pactado», y también porque no se pretende otra cosa.

La primera dificultad, la del consenso interno, sólo podría salvarse si las formaciones soberanistas o cosoberanistas -PNV, EH Bildu y Elkarrekin Podemos- aparcaran la vindicación del ‘derecho a decidir’, con el ánimo de recuperarla si acaso más adelante. La reclamación de las competencias pendientes de transferencia, la lectura compartida de títulos como el de la Seguridad Social y la actualización del cuadro estatutario exigirían, en cualquier caso, ánimo innovador y renuncias por puro pragmatismo. Claro que la cosa se complica si se trata de blindar atribuciones. Porque el encaje de bolillos podría conducir a una formulación no menos ambigua que la que hoy ofrece el articulado de la Constitución y el Estatuto. Lo que apuntaría a la necesidad de una reforma constitucional para asegurar el autogobierno, con el riesgo consecuente de que, de ese modo las fuerzas centrífugas se vean contrarrestadas por las centrípetas.

La segunda dificultad, la de poder idear un autogobierno más ambicioso en el marco constitucional y en el de la Unión Europea, no puede sortearse tan fácilmente a base de creatividad y voluntarismo. Una vez asentados el Concierto y el Cupo, sería lógico que Euskadi centrara sus esfuerzos en garantizar su continuidad. Porque ambos se sitúan -conviene no engañarse- en el límite de la legalidad circundante o -si se quiere- de la capacidad de comprensión de los demás. No es sencillo imaginar un ‘estatus’ menos dependiente del que tenemos. Por mucho que se proceda a un sorteo de denominaciones sobre el pretendido resultado final. Un Estado dentro de otro, una entidad homologable al resto del Estado vía bilateral, una excepción en la excepción. Convendría entender que, en el marco de la Unión Europea, Euskadi es la comunidad que más se parece a un Estado. Es lógico que los otros nos interroguen sobre qué más queremos.

Malos tiempos para reformar el Estatuto de Gernika. Esta es la tercera dificultad. Lo que está ocurriendo en Cataluña demuestra que no hay otra vía -tampoco para el nacionalismo gobernante- que la de la legalidad y el pacto. La legalidad no es una referencia previamente fijada, puesto que ni los tribunales de justicia ni el TC actúan ‘motu proprio’. Responden a demandas y recursos de parte. El pacto requerido para superar las previsiones de reforma estatutaria y -conviene no engañarse- constitucional apela a una unanimidad hoy por hoy inconcebible. Cuando ha aflorado un pulso añadido en el centro-derecha español, de Ciudadanos contra el PP y viceversa, que ciega todos los cauces para una interpretación más laxa del Estado de las autonomías y del engarce de las comunidades mayoritariamente nacionalistas en un futuro compartido de buen grado. El desvarío catalán ha brindado al PNV una ventana de oportunidad que comienza a cerrarse porque, al tiempo, ha despertado la naturaleza reactiva del nacionalismo español.

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