Madrileños, ¡Votad a Puigdemont!

Nunca nadie como el expresident hizo tanto por su enemigo

Madrileños, ¡Votad a Puigdemont!
Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Obviamente, los madrileños no pueden votar en las elecciones catalanas y, si pudieran, dudo mucho que el expresident y ahora candidato obtuviese muchos de sus votos. Pero, si pudieran, sería un grave error no hacerlo en la urna del preclaro y ex ‘molt honorable’ don Carles. Primero empezó con sus quejas y lamentos que fueron incontables, más tarde pasó a las amenazas y los desplantes, para terminar con los insultos y las descalificaciones que propaga incansable, con más entusiasmo que provecho, desde la capital de Europa.

Consecuencia: ha logrado despertar al orgullo español que permanecía dormido y que solo despertaba antes con el triunfo en el Mundial de Sudáfrica o en la Eurocopa de fútbol. Pero eran momentos instantáneos y fugaces. El resto del tiempo vivíamos sumidos en la depresión colectiva, incapaces de disfrutar con nuestros logros pero prestos a fustigarnos con nuestros fracasos.

Una cosa que nunca he entendido es la enorme relevancia que damos a cuanta visión negativa nos llega desde Europa. Repase el mes de octubre. Hace años, el Reino Unido suspendió varias veces la autonomía de Irlanda del Norte y mantuvo durante años al Ejército en sus calles. No obstante, fueron pocos, poquísimos más bien, los que pusieron en duda su calidad democrática. Aquí ha bastado que cinco personas tuvieran que pasarse por el hospital tras el 1-O (exactamente los mismos que pocos días después repitieron el recorrido tras el partido entre el Alavés y la Real Sociedad) para que toda información procedente del exterior, aunque fuera sesgada y/o inexacta, nos obligara a asaltar el tubo de Prozac para poder salir a la calle.

Bueno, pues gracias a don Carles, ahora hay cantidad de banderas españolas en los balcones de nuestras ciudades. En las ciudades vascas no, claro, porque ya sabemos que en ellas no vive ningún español. Pero hay más. El ‘procés’ ha avivado el ritmo de la concentración económica del país alrededor de Madrid. Una tendencia que parece imparable, pero que se ha acentuado con la huida de empresas catalanas, una gran parte de las cuales ha aterrizado en la capital, para solaz de sus desempleados. Y esta semana hemos conocido los datos del INE de la población española. Se los resumo. Tenemos más muertes que nacimientos, lo que enturbia nuestro futuro. Ya conocen la terrible frase: «la demografía es el destino» y todas las comunidades autónomas bajan su población. ¿Todas? No, la excepción es… ¡Madrid!, que aumenta su población en mayor número que desciende la del conjunto de España. No es debido a su propia natalidad, que es tan lamentable como la del resto, sino que compensa con la inmigración, tanto nacional como extranjera, las pérdidas que se producen en todo el resto del país.

Que conste que esta configuración territorial me parece perniciosa y no le veo la gracia a que Madrid se haya convertido en un agujero negro que absorbe con su fuerza gravitatoria la mayor parte de las energías del país y a sus mejores cerebros. Sería mucho mejor un país multipolar y el Estado puede hacer mucho para conseguirlo. Por ejemplo, ¿por qué no puede trasladarse el Senado a Barcelona, el Tribunal Supremo a Valladolid, la Comisión de la Energía a Bilbao, el Constitucional a Sevilla y la Competencia a Valencia?

Hemos elegido o nos han impuesto, como quiera, un modelo nefasto. Pero nadie puede dudar de que las constantes turbulencias causadas por las interminables derivas independentistas son el mejor acicate para que Madrid engorde mientras los demás adelgazamos. Puigdemont y todos los varios ‘Puigdemonts’ que existen en este país deberían tener en Madrid calles honradas con sus nombres y plazas en su augusta memoria. Nunca nadie hizo tanto y tan bien por su enemigo.

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