«Te llegaba la carta de ETA y todo se paraba»

Miguel Lazpiur, con su perro 'Hunter', en los alrededores de su empresa, en Bergara. /Félix Morquecho
Miguel Lazpiur, con su perro 'Hunter', en los alrededores de su empresa, en Bergara. / Félix Morquecho

La patronal vasca homenajea este viernes a los empresarios que sufrieron el acoso terrorista. Dos de ellos y la viuda de un asesinado narran su experiencia

LORENA GIL

A escasos diez metros de la empresa de Miguel Lazpiur el paseante se topa con una pequeña caseta. «Soy cazador a rabo y ahí tengo a mis perros. Son cuatro, aunque uno es de mi nieta. Se supone que ella se iba a encargar de cuidarlo, pero ya sabe lo que pasa...», comparte. ‘Hunter’, ‘Kora’, ‘Rocky’ y ‘Pantxo’ enloquecen en cuanto ven acercarse a su dueño. «Ahora te toca a ti, ‘Hunter’», le dice. Lazpiur coloca el collar a su «compinche más veterano». Un setter inglés de siete años de edad. Su empresa, Construcciones Mecánicas, se asienta en el municipio guipuzcoano de Bergara, junto al río Deba. Campechano y con un marcado acento vasco, accede a dar una vuelta por los alrededores de la nave industrial, acompañado por ‘Hunter’. «Faltaría más». El día acompaña. Todas las personas con las que se cruza le saludan. «Al final, te conoces».

- ¿Habría sido posible este paseo hace diez años?

- Es probable que no. Entonces íbamos con mucho más miedo. Ahora vivimos con más libertad.

Hoy, Confebask, en colaboración con las patronales territoriales, celebra su primer gran acto público de reconocimiento a los empresarios de Euskadi que sufrieron el acoso de ETA. El homenaje coincide con el sexto aniversario del cese definitivo decretado por la banda. En 1975, ETA-pm inició el cobro del mal llamado «impuesto revolucionario» -se calcula que envió cartas a entre 10.000 y 15.000 empresarios-. Cometió cerca de un centenar de atentados contra este colectivo. Doce fueron asesinados.

Miguel Lazpiur

«Tienes claro que el delator es cercano»

«No me acuerdo del día exacto, pero fue en 1990», arranca Miguel Lazpiur. «Eran los primeros ‘Kilometroak’ que se celebraban en Bergara y me pidieron estar de responsable de una de las áreas. Después de acabar el trajín, ya bastante tarde, llegué a casa y me encontré a mi mujer muy seria», relata. El destino había querido que fuera ella quien recogiera y abriera la carta de ETA, en la que los terroristas reclamaban a su marido el mal llamado ‘impuesto revolucionario’. «El disgusto es tremendo. Si no la coge mi mujer, la meto en un cajón y no se lo digo a nadie. Al menos en un principio, hubiese pasado yo solo el mal trago», reconoce.

- «¿Has hecho algo con eso?», le preguntaba su mujer.

- «Pagar, no. A ver si pasa el tiempo y se olvidan», respondía Lazpiur.

«Pero no es así. Viene la segunda, la tercera... Y cada vez la amenaza es mayor». «Cartas de ETA que me llegaban con el remitente de mi cuñado, de mi hermano o de mi hija». En casa formaron «una piña». «Teníamos claro que debíamos hacernos fuertes ayudándonos los unos a los otros. Acordamos no pagar ni hablar con ellos. Y lo cumplimos», afirma tajante.

Lazpiur es consciente de que hubo empresarios que ocultaron a sus allegados que estaban siendo víctimas de la extorsión de ETA. «Pero cuando te tocaba la siguiente fase, en la que las cartas a veces iban dirigidas a ellos, era muy difícil guardártelo», apunta. «Tu vida se para y cambia por completo». Fuera rutinas. Y aparecen los fantasmas. Resulta «inevitable» pensar en quién pudo señalarte con el dedo. «Tienes claro que el delator tiene que ser cercano. En mi caso, tiempo después detuvieron a un chico con el que teníamos cierta relación porque solíamos ir a tomar unos potes al bar en el que trabajaba. Pero no he sabido nunca si fue él», comenta.

Miguel Lazpiur (Bergara, 1942) fue vicepresidente de la guipuzcoana Adegi de 1999 a 2005, presidente de la vasca Confebask de 2005 a 2011 -años que vivió con escolta tras sufrir un atentado con bomba en su empresa- y vicepresidente de la CEOE de 2008 a 2011. «Un mes de julio dejé mi último cargo y en septiembre me quitaron la escolta», recuerda.

- ¿Qué piensa cuando escucha decir que hubo muchos que pagaron?

- Que no es verdad. La gran mayoría no pagó. Y yo he atendido a mucha gente como consejero espiritual.

- ¿Y qué les decía?

- Les preguntaba si era la primera carta y les intentaba tranquilizar. ‘No te va a pasar nada, te vendrá una segunda...’. En aquella época tenías una losa. Era como correr un maratón con una mochila de arena a la espalda.

- ¿Por qué tanto silencio?

- La soledad es un factor importante. Las instituciones y la sociedad vasca no se han implicado excesivamente en la defensa de colectivos que hemos sufrido mucho. Unos te miraban mal, otros eran indiferentes... Con los secuestros, por ejemplo, siempre tenías en mente la situación en la que estaría esa persona y su familia, pero también pensabas que el siguiente podías ser tú. El miedo guarda la viña.

Lazpiur fue uno de los que dieron un paso al frente al decretarse el cese de ETA. El final de las cartas de extorsión fue «la prueba del algodón». Acudió a la Conferencia de Aiete y ofreció su respaldo al Comité Internacional de Verificación. «Había que arriesgarse y yo tenía claro que Euskadi debía quitarse de encima esa lacra», argumenta. El viernes asistirá al homenaje organizado por las patronales vascas. «Es un acto de justicia, hay que dejar constancia de lo que ha pasado para que no vuelva a ocurrir», sostiene. «Con los retos que están aquí, más los que se avecinan, los empresarios debemos hacer un esfuerzo enorme, y lo que yo valoro es que ya no tenemos esa mochila de arena a la espalda».

Miguel Lazpiur

En activo. Director general de Construcciones Mecánicas Lazpiur, en Bergara. Recibió la primera carta de extorsión de ETA en 1990. La banda puso una bomba en su empresa en 2005. Fue vicepresidente de Adegi, presidente de Confebask y vicepresidente de la CEOE. Seis años con escolta.

Susana Ezkurra

«Tenían que haber estado mucho más unidos»

Ser propietario de la empresa de suministro de comidas Master Catering colocó a Patxi Arratibel en la diana de la extorsión de ETA. Estuvo años amenazado, desde que en 1988 actuase como mediador en el pago del rescate exigido a cambio de la liberación de Emiliano Revilla. Los terroristas le acusaron de haberse quedado con 60 millones de pesetas del pago. Arratibel mantuvo siempre que ese dinero tuvo como destinatarios a los contrabandistas que pasaron los billetes desde España a Francia.

«Nunca» cedió al chantaje. Ni siquiera después de que colocaran una bomba en su empresa, ubicada en el barrio donostiarra de Martutene. Meses después, ETA culminaría su amenaza asesinándole un martes, 11 de febrero de 1997, en plenos carnavales de Tolosa.

La extorsión empresarial en cifras

10.000
empresarios vascos se calcula que recibieron una carta de extorsión de ETA desde 1975.
5%
de los amenazados que residían en Bizkaia, Álava y Navarra habrían pagado. Un 13% de Gipuzkoa.
12
industriales fueron asesinados. El último, Inaxio Uria, en 2008. Se cometieron ochenta secuestros.
400.000
euros llegó a exigir ETA. La cuantía más alta por un secuestro: 1.200 millones de pesetas, por Revilla.

«Si la gente se negaba en un momento a darles dinero, ya fuese porque veían a ETA más débil, lo que hacían era cargarse a uno para meter miedo al resto y que alguno pagara», expresa Susana Ezkurra. Natural de Bilbao, aunque residía en Madrid, dejó todo por Patxi Arratibel y se trasladó a San Sebastián. Se casaron y tuvieron dos hijos.

Susana no vio una carta de amenaza hasta que de la banda acabó con la vida de su marido. «Un día, recogiendo el despacho, me las topé. Me impresionaron muchísimo», afirma. Patxi, que nunca llevó escolta, quiso protegerla. «Y yo habría hecho lo mismo», afirma. Tuvo que cerrar la empresa y ella volvió Madrid -por razones de trabajo-, pero sus hijos residen en Euskadi.

Con la vista puesta en el homenaje que Confebask y las patronales territoriales celebrarán este viernes, Susana alberga un doble sentimiento. Por un lado, cree que llega «tarde». «Se hace ahora que ETA no mata», lamenta.

«Tenían que haber estado mucho más unidos, pero el miedo es lo que tiene: Si no me conocen, mejor; si no saben que soy empresario, mejor... Y así, silencio», lamenta. Sin embargo, no duda en agradecer el gesto. «Estoy orgullosa de que se reconozca lo que sufrieron, que fue mucho», apostilla.

Susana Ezkurra, con una fotografía de su marido, Patxi Arratibel, asesinado por ETA.
Susana Ezkurra, con una fotografía de su marido, Patxi Arratibel, asesinado por ETA. / O. Chamorro

Susana Ezkurra

Víctima mortal. Viuda de Patxi Arratibel. Era propietario de la empresa de suministro de comidas Master Catering cuando ETA le exigió el pago del ‘impuesto revolucionario’. Le asesinó en 1997 en plenos carnavales de Tolosa. Susana no vio ni una de las cartas de ETA hasta que la banda cumplió su amenaza.

José Mari Ruiz Urchegui

«Dejé de ir a la sociedad, a la sidrería...»

El 20 de junio de 1996, José Mari Ruiz Urchegui había pedido a su primo Santiago Leceta que llevara su coche al taller mientras se encontraba de viaje de trabajo en Estocolmo. «Y explotó». ETA había colocado una bomba lapa en los bajos del vehículo para acabar con su vida. En su lugar, dejó sin piernas a Leceta e hirió a dos empleadas.

- ¿Cómo se enteró de la noticia?

- Llamé por teléfono a la oficina para ver qué tal iban las cosas. Se puso la secretaria: ‘José Mari, no te puedo decir nada, ha habido un atentado. Te llamo más tarde’, me dijo. Acababa de explotar la bomba.

«Me fui al hotel. Metí las cosas como pude en la maleta y me marché para el aeropuerto. Dije: ‘Quiero el primer vuelo que salga a San Sebastián o cerca’. Amsterdam, Barcelona... El periplo se hizo «eterno». «Lo que ocurrió no fue culpa mía, pero es inevitable pensarlo. Lo pasé fatal», se sincera. Arribó a las cuatro de la madrugada a la Residencia -centro hospitalario donostiarra-. Acababan de operar a su primo de las rodillas con el fin de poder colocarle prótesis. Sus primeras palabras le «removieron todo por dentro»:

- Santi, ¿cómo estás?

- José Mari, tú por mí no te preocupes. Cuida a tu familia, que yo estoy bien ya.

Ex secretario general de la patronal Adegi, Ruiz Urchegui no recibió ninguna carta de ETA exigiéndole el pago del ‘impuesto revolucionario’. «Fue de otro tipo, y es la primera vez que lo cuento», relata. En 1997, un año después del atentado, la banda le remitió una misiva en la que le pedía «negociar algo». «Era la época en la que ETA estaba hablando con la Generalitat para no atentar en Cataluña...», apunta. «Me citaron en Iparralde. Yo fui, ellos no», revela. Ruiz Urchegui ha intentado ayudar a numerosos compañeros que sufrieron la extorsión. «El que recibe una carta no sabe nada. Tienen que pensar que no les están vigilando, pero sin bajar la guardia. Y siempre he dicho que no hay que pagar. Pero ahí no te puedes meter».

José Mari Ruiz Urchegui, en San Sebastián.
José Mari Ruiz Urchegui, en San Sebastián. / Juanjo Aigüés

José Mari Ruiz Urchegui

Jubilado. Fue jefe de auditoría interna de Laminaciones de Lesaca (grupo Altos Hornos de Vizcaya). Ostentó el cargo de secretario general de Adegi y fue miembro del comité ejecutivo de Confebask. ETA intentó asesinarle en 1996. Recibió una carta para «negociar algo». Acudió la cita en Iparralde, ellos no.

Al día siguiente de que los terroristas intentaran sin éxito acabar con su vida e hirieran de gravedad a su primo, Ruiz Urchegui dio una rueda de prensa en la que exhortó a los empresarios a seguir plantando cara a ETA. Los siguientes catorce años se vio obligado a llevar escolta, hasta que renunció a ella. «Hoy me tomo la libertad por mi cuenta», proclamó entonces. «Dejé de ir a la sociedad, a la sidrería... De vez en cuando me escapaba a ver algún partido de pelota, pero luego me echaban la bronca, con razón», evoca. Minutos antes de dicha comparecencia pública, otro empresario víctima del acoso de la banda se le acercó. «José Mari, yo te recomiendo que te vayas una temporada», le espetó. Él se había marchado seis meses a las Seychelles para poner distancia a la amenaza. «¿A dónde? A mí no me gusta el sol ni la playa. Aquí tengo mi trabajo, mi familia, mis amigos... Mi vida está aquí. Además, este es mi país y no me van a echar», le respondió.

- ¿Se sabe cuántos empresarios se marcharon de Euskadi debido a la presión de ETA?

- La verdad es que no lo sé, no está registrado en ningún sitio. Pero no fueron muchos. El 96% de las empresas que hay aquí son pymes, de menos de 25 trabajadores. No es tan fácil dejarlo todo y marcharse.

- Y a nivel económico, ¿cuáles fueron las consecuencias?

- Que las hubo, está claro. Si tienes pensado hacer una inversión y te llega una carta, te lo piensas; hay empresas que no están ya... Y la inversión exterior también se frenó. Se habla de distintos datos. Hay un estudio que cifraba el descenso del PIB en un 10%. Otros hablan del 15%.

Ruiz Urchegi lamenta, a sus setenta años, la «inhibición de la sociedad», pero también de «todas las instituciones». Sobre todo, hasta finales de los ochenta. «Con los secuestros de Aldaya y Julio Iglesias Zamora la gente empezó a moverse», remarca. Jubilado y doctorando en la UPV, ve en el acto del próximo viernes «una deuda que los empresarios tienen consigo mismos». «Es momento de mirar al futuro y de conseguir la paz de fondo. Quizás necesitemos que pase una generación, porque ahora todos estamos muy implicados, pero la paz no solo hay que recuperarla, hay que trabajarla», expresa. «Sin olvidar, pero sin quedarse ahí. Es como cuando vas conduciendo. Hay curvas, pendientes... Pero tenemos un espejo retrovisor».

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