Que llamen a Urkullu

El lehendakari y el PNV son la sensación política de una España en la que el desapego al pacto complica la reforma de la Constitución

Que llamen a Urkullu
Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

No ha ganado la última edición de ‘Master Chef’. Tampoco es la sensación de ‘La Voz’. Pero el lehendakari Urkullu y su partido, el PNV de Andoni Ortuzar, están de moda. Me atrevería a decir sin temor a que crean que exagero que son la envidia de la vida pública española.

Y argumentos haberlos haylos para entender por qué el sobrio, el casi ascético político de Alonsotegi -ni fuma ni bebe, se conforma con dos trajes de invierno y otros dos de verano, su mejor momento es cuando puede escaparse al monte con su esposa y su signo zodiacal es, claro, Virgo- disfruta de ese ‘minuto de gloria’ que dicen los norteamericanos mereceríamos todos los humanos.

Urkullu es la máxima autoridad de un país en el que, pese a que ningún partido dispone de mayoría absoluta, cuenta con gobiernos estables. Las principales instituciones han tenido este año presupuestos gracias a la capacidad de entenderse de los partidos. Y en 2018 la estabilidad y la moderación vuelven a estar garantizadas en el Gobierno vasco y las diputaciones tras las concesiones que el PNV y, sobre todo, el PSE han accedido a hacer al PP en materia de fiscalidad de las empresas.

Los peneuvistas han sabido, además, sacar chispas a su posición de privilegio en el Congreso, donde sus diputados son claves para que el Gobierno de Rajoy siga vivo. Hace unos meses rascaron un suculento botín a cambio de permitir la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado para este año. Botín que tuvo como antesala el desbloqueo de las leyes del Concierto y el Cupo, que acaba de ratificar el Congreso con un importante revuelo político-mediático. Y si no sucede nada extraño, el pacto se repetirá tras los comicios catalanes del 21-D, una vez que populares y jeltzales acuerden una nueva dote.

No es todo. Urkullu, Ortuzar, el PNV, han asistido con lejana frialdad y han mantenido a Euskadi al margen al desafío del secesionismo catalán al Estado. Pese a los sentimientos y a las fuertes presiones de la izquierda abertzale y del sindicato mayoritario ELA. Por si fuera poco, la bicefalia jeltzale, en especial el lehendakari, se arremangaron y mediaron hasta el último instante para evitar que Cataluña aprobara una DUI (Declaración Unilateral de Independencia) y evitar que el Gobierno Rajoy respondiera con la intervención de la autonomía, como así ha sido, en aplicación, por primera vez, del artículo 155 de la Constitución.

Ante el poseedor de semejante sala de trofeos -y recientes, no como otros- dan ganas de encargar, a quien si no que a Urkullu, que se ponga manos a la obra a ver si logra que España reforme su Constitución. Un objetivo político que cada día que pasa parece un poco más lejano.

En 1978 se consiguió, sí. Pero es que no había más remedio que pactar. La alternativa no podía ser una dictadura sin dictador. Y si todos cedieron aquí o allá no fue solo por su altura política cuanto porque todos temían más a las consecuencias de no hacerlo que a los pelos que se dejaron en la gatera .

Hoy el PP de Rajoy es la antítesis del cambio. A Ciudadanos le va bien en su decisión de orillar su discurso a la derecha de los conservadores y apretar las tuercas al nacionalismo. Y las aspiraciones de ‘Desunidos’ Podemos son tan ambiciosas que parece imposible que alguien sea capaz de satisfacerlas. Sánchez y el PSOE lo van a tener, pues, muy difícil para ver cumplido su objetivo político y así tomar aire.

¿Por qué no llamar a Urkullu? La idea podría parecer buena a no ser por un gran pero: el PNV no tiene ningún interés en que se cambie la Carta Magna por temor a que empeore. Lo suyo es lograr la bilateralidad con el Estado. Así que mucho me temo que ni con Urkullu. ¿O nos haría el favor a cambio, claro, de las correspondientes contrapartidas? No parece, pero...

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