Los líderes del CIS

¿Puede saber quiénes son Oramas y Baldoví quien no sabe quién fue Suárez y lo identifica con la Corona?

Los líderes del CIS
IÑAKI EZKERRA

De las encuestas del CIS, la que a uno siempre le ha gustado más es la de la valoración de líderes. La última no roza sino llega directamente a la literatura fantástica. Y es que uno puede entender que Albert Rivera sea en estos momentos el político que obtiene una nota más alta. Está recogiendo los frutos de las autonómicas catalanas; de la excelente campaña que ha hecho su partido en esa comunidad y de los buenos resultados electorales con los que ha salvado la honrilla del constitucionalismo aunque sumen más los votos independentistas. Lo que ya es más difícil de creer es que el valenciano y valencianista Joan Baldoví sea el siguiente de los líderes con más aceptación popular dentro o fuera de esa liguilla que monta periódicamente el sociológico Barómetro o que la tercera líder en ganarse el favor y el fervor de los españoles en masa sea la tinerfeña Ana Oramas González-Moro. No seré yo quien ponga en duda la valía personal y profesional de ambos paladines regionales, pero ¿de verdad hay multitudes en este país que se mueren por los huesos electos de Ana Oramas o que han llegado al convencimiento de que «cueste lo que cueste se ha de conseguir que entre en la Moncloa Joan Baldoví»?

Estamos hablando de una España en la que, cuando se le pregunta a la gente de la calle si sabe quién fue Adolfo Suárez, te sale con las más peregrinas respuestas, como aquella inolvidable de «¿no es uno que pertenece a la dinastía?». No parece verosímil con un panorama semejante que haya mayorías nacionales que estén al corriente de la vida y milagros de un hombre de Compromís y una diputada de Coalición Canaria hasta el punto de soñar con verse capitaneadas políticamente por ambos. ¿Puede saber quiénes son Oramas y Baldoví quien no sabe quién fue Suárez y lo identifica con la Corona? El politólogo Fernando Vallespín ha explicado este insólito y desconcertante fenómeno por el desconocimiento precisamente, o sea porque, según él, «hay mucha gente que no sabe por quién se está pronunciando», y porque «los líderes que han tocado poder o se ven como una amenaza polarizan la valoración negativa de los opositores».

Tal explicación a uno le parece insuficiente. Es difícil creer que la nota positiva que se le niega a Rajoy o a Pablo Iglesias, en virtud de ese vudú que ejercería el electorado de un partido rival, no se le niegue también a Sánchez y a Rivera o se polarice en Baldoví precisamente y no se diluya en una amplia serie de desconocidas cabezas de ratón autonómicas. La explicación debe de estar en otra parte. Está en que el CIS peca de lo mismo que la cuestionada Ley De’Hont: peca de primar a los territorios sobre los ciudadanos. Una cosa es que Rajoy esté en horas bajas y otra que le gane en carisma y gracejo Marian Beitialarrangoitia. La Ley De’Hont es como la española cuando besa: cuando te baja, te baja de verdad.

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