La 'vía (lenta) urkullu'

El lehendakari se mira en el espejo catalán para no romper la vajilla, como sí ha hecho Puigdemont

Iñigo Urkullu./Igor Aizpuru
Iñigo Urkullu. / Igor Aizpuru
Tonia Etxarri
TONIA ETXARRI

Con la mirada puesta en las elecciones catalanas, la vuelta a la normalidad parece un empeño compartido por la mayoría de los protagonistas políticos que han constatado en la calle ese deseo expresado ya en forma de rogativa con aromas prenavideños. Pero después del despropósito cometido por los responsables independentistas que quebraron la legitimidad de las instituciones por voluntad propia, ya nada será como antes. Recuperar la imagen de la ‘marca CAT’, el prestigio que tuvo su economía en otras épocas, la confianza de las empresas que ya se han ido, la credibilidad internacional y la convivencia entres sectores de ciudadanos tan enfrentados llevará su tiempo.

La campaña electoral debería servir de plataforma de ensayo para la recuperación. Pero el problema reside en el diagnóstico que unos y otros hacen sobre las necesidades de Cataluña. ¿Volver a la normalidad significa para Puigdemont, por ejemplo, poder ser elegido en las urnas sin responder por sus actos (que no por su ideología) ante la Justicia? ¿Significa para Marta Rovira seguir mintiendo sobre las bonanzas de la república fantasma o sobre las amenazas imaginarias de un Estado del terror más propio de algún régimen caribeño que de una democracia europea?

Los independendistas han forzado tanto su puesta en escena (el falso exilio del expresident, la propaganda sobre los presos políticos que no la asume ni Amnistía Internacional, el discurso sobre la falta de libertad) que han llegado a provocar la reacción más airada del presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, que ha terminado por sentenciar que «el nacionalismo es veneno». Sin matices. Sin ser condescendiente con aquellos nacionalistas (llamarlos moderados parece una contradicción) más pragmáticos. Como solemos hacer en Euskadi con el lehendakari actual.

Urkullu, después de su mediación y la consiguiente decepción con Puigdemont, sigue presentando su ‘santo y seña’ en contraposición a Cataluña. La vía vasca. Que no es otra que la que se consensuará en el Parlamento (con una necesaria mayoría más abultada que el consenso logrado en el referéndum del Estatuto de Gernika) y pactada con el Estado. Claro que reivindica la unión voluntaria de los diferentes territorios, como si fuéramos Escocia. Pero él sabe que la historia del Reino Unido y la nuestra tienen poco que ver. Y que el derecho de autodeterminación no está contemplado en las resoluciones de la ONU, que únicamente lo reconoce en los casos de los pueblos oprimidos y colonizados. No estamos en esa situación. Pero lo reivindica para recordar su nacionalismo. Tampoco el derecho a decidir, que es el eufemismo que prefiere utilizar el lehendakari, tiene cabida en la normativa constitucional vigente, como se encarga de recordar la socialista Idoia Mendia en cuanto se aborda el debate sobre el nuevo estatus vasco. Por eso no optará por la ruptura, como hizo la Generalitat.

Queda legislatura por delante para pactar en la comisión parlamentaria en la que el derecho a decidir va a dividir a los partidos y su posible concreción en una consulta obligará a matizar a los socios de Ajuria Enea. Cuando el PNV cedió ante los socialistas para sellar el acuerdo del gobierno de coalición dejó aparcada su propuesta de celebrar una ‘consulta habilitante’ que ahora quiere retomar. El lehendakari se distancia de su partido para poder ser más pragmático. Sobre todo para pactar las Cuentas. Le pasa como a Rajoy. Que no tiene la mayoría necesaria para aprobar los Presupuestos. Por eso negociará con el PP de Alfonso Alonso aunque el PNV, en el Congreso, adopta la misma actitud que el lehendakari critica de EH Bildu: utilizar el artículo 155 como arma arrojadiza.

Resulta inevitable mirarse en el espejo catalán. Para no romper la vajilla, como ha hecho Puigdemont. La recuperación del pragmatismo en el PNV, después de la etapa de Ibarretxe y a pesar de la resistencia de destacados dirigentes guipuzcoanos, le ha vuelto a situar en la centralidad de la política. Ahí se había situado la antigua Convergencia a finales de los 70. ¿Y dónde están ahora? Desnortados, radicalizados y orientados hacia la irrelevancia. Si volvieran a ganar los independentistas catalanes el próximo 21-D tendrán que abandonar la ilegalidad y recuperar el autonomismo. Que es donde se ha ubicado Urkullu, sin abandonar sus principios.

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