El lenguaje de las banderas

Vecinos de Barcelona se asoman a sus balcones, engalanados con esteladas y pancartas independentistas. En otro luce una española/J. LAGO
Vecinos de Barcelona se asoman a sus balcones, engalanados con esteladas y pancartas independentistas. En otro luce una española / J. LAGO

Los catalanes disputan una campaña paralela desde sus balcones; la estelada va venciendo, pero la española gana terreno

Pascual Perea
PASCUAL PEREABARCELONA

Una de las cosas que sorprenden a los extranjeros que visitan Barcelona es ver las calles y plazas alegremente engalanadas con profusión de banderas, que dan a la ciudad un aspecto festivo, de celebración. Además, son tan parecidas, con sus franjas rojas y amarillas, que muchos visitantes se volverán a sus países convencidos de haber asistido a una muestra de exaltación general ante una conmemoración histórica, y no a una agria disputa desde balcones y ventanas por la supremacía de una postura política.

Cataluña vive una auténtica ‘guerra de las banderas’. No como la que Euskadi sufrió en los convulsos años 80, pues hay un mundo de distancia entre esta sociedad respetuosa y cívica y aquella amordazada por la amenaza terrorista. Pero la situación sí ha obligado a muchos ciudadanos anónimos a tomar postura, y en las escaleras de vecinos la convivencia se ha emponzoñado.

Si las banderas definen el campo de batalla, puede decirse que los independentistas van ganando: las suyas aparecen por todas partes, y vencen por goleada en el Eixample, el Barrio Gótico y, en general, todo el centro de la ciudad; salvo el Paseo de Gràcia y sus aledaños, donde parece haberse establecido una tregua para evitar perturbar la actividad comercial de alto standing con disputas salidas de tono. Las españolas, en cambio, abundan en los accesos a la ciudad y los extrarradios, y compensan su inferioridad numérica con dos victorias estratégicas: se han multiplicado desde las manifestaciones de octubre convocadas por Sociedad Civil Catalana, y su mera presencia diluye el mensaje independentista: no hay un clamor unánime de la sociedad catalana, sino varios y diversos. Como la risa, las identidades van por barrios, y el mapa resultante ofrece un sociómetro tan exacto como las encuestas de intención de voto.

Es una epidemia que va ganando virulencia según aumentan los contagiados. «En mi portal había solo un par de esteladas, hasta que hace unas semanas un vecino colgó una española», cuenta Guillén Gámez, un estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma. «Luego contestaron con otras, y otras, y ahora la fachada está plagada de banderas».

En los últimos meses, a la par que se sucedían los acontecimientos, el lenguaje de las banderas iba evolucionando. Ahora las hay para todos los gustos, con matices sutiles difíciles de interpretar para el no iniciado. Los nativos, en cambio, las identifican con toda exactitud, como los viejos marinos que, antes del desarrollo de las telecomunicaciones, distinguían de un vistazo el pabellón ‘brote de peste a bordo, estoy en cuarentena’ del ‘solicito remolque’.

Colores y matices

La senyera, la bandera oficial de Cataluña con sus cuatro franjas rojas que representan sobre fondo amarillo la huella dejada por los dedos manchados de sangre de Wifredo el Velloso, solía ser el estandarte del nacionalismo catalán. Sin embargo, en las últimas Diadas la estelada le ha ido robando protagonismo para convertirse en el auténtico símbolo del independentismo. La creó a principios de siglo XX Vicenç Albert Ballester incorporando a la enseña catalana la estrella que campea en las de Cuba y Puerto Rico, recién independizadas de España, y tiene sus versiones: la ‘blava’, con la estrella blanca sobre un triángulo azul, es la preferida por los independentistas de derechas, y la ‘bermella’, con una estrella roja sobre fondo amarillo, gusta más a los republicanos de Esquerra. La CUP prefiere el negativo ‘marxista’ de ésta, con la estrella amarilla sobre triángulo rojo. Hay una versión ecologista, con el triángulo verde, pero apenas se ve. Y está la que sustituye la estrella solitaria por una constelación de diez en círculo, englobando a los Països Catalans.

La estelada suele exhibirse acompañada por otras que harían la función de oraciones subordinadas en este discurso político. Las hay de colores variopintos con un bocadillo que reza ‘sí’, y aluden al derecho a decidir. En otras destaca el lazo amarillo que exige la libertad de los encarcelados, y muchas muestran un rostro con la boca tachada en rojo y la palabra ‘democràcia!’, denunciando la censura.

Así que, cuando en un balcón se alinean varias de esas banderas -incluso con nuevas derivaciones, como la del arco iris, la de bienvenida a los refugiados o, solas o combinadas, la ikurriña, bretona y corsa, en reivindicación de una Europa de los pueblos...-, e incluso la del Barça, que también, hay que hilar muy fino para saber a dónde quieren llegar.

Al otro lado del abanico político, o de la acera, las cosas parecen más sencillas: la bandera española no tiene competencia. Pero, ojo, porque muchas cuelgan acompañadas por la ‘senyera’, como diciendo: ‘¿Vosotros no la queréis? Pues nosotros sí’. Si, además, junto a ellas campea la de la UE, el mensaje es evidente: ‘Con España tenéis Europa, la independencia os deja fuera’.

En este río revuelto, la ganancia es para los quiosqueros y tenderos que, con pragmatismo y amplitud de miras, hacen caja vendiendo españolas y esteladas, juntas o por separado. «Tú compra esta, cinco euros, ¿sí? O esta, cinco euros también», ofrece indistintamente el pakistaní de Souvenirs Krishna, en Las Ramblas.

Más abajo, cerca ya de la estatua de Colón, Rosa monta guardia ante su tenderete, tapada hasta los ojos con su bufanda. La estelada campea en banderas -«a cinco euros la pequeña, diez la grande»-, sudaderas, sombreros, barretinas, carteras, viseras, mecheros, bufandas y llaveros.

- ¿Y españolas le quedan?

- Ah, no, esto es un escaparate independentista. Nosotros lo que queremos es salir de España.

- ¿Y vende mucho?

- Hay sus días. A los extranjeros más, ahora. El ‘procés’ les interesa.

En las fachadas, la guerra de las banderas da un vuelco estos días con la irrupción de un nuevo contendiente: es Papá Noel que, con su saco al hombro, trepa por los balcones de independentistas y españolistas.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos