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Josep Lluís Trapero, el héroe desechable

Josep Lluís Trapero, el héroe desechable
IVÁN MATA

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Setenta y dos días. Es lo que tardó Josep Lluís Trapero en hacerse famoso, ascender a la categoría de héroe, descender a la de traidor y ser destituido de su cargo. Todo ocurrió entre el 17 de agosto y el 28 de octubre. Ni siquiera dio tiempo a que el mayor de los Mossos cambiase de expresión: la mirada severa, casi sombría, la boca ladeada en un gesto que a veces era una mínima sonrisa y a veces pura contrariedad.

Sí dio tiempo a que Trapero reaccionase ante un atentado terrorista con dieciséis víctimas, organizase la persecución de doce terroristas, supiese de su rostro impreso por terceros en camisetas y chocolatinas («Trap-Hero» a 3,75 euros la unidad) y viese cómo algunos de sus hombres estaban a punto de enfrentarse en las calles con la Guardia Civil, cómo el presidente del Gobierno que le nombró huía al extranjero tras declarar algo parecido a la independencia y cómo las puertas de la Audiencia Nacional se abrían para que él, veinticinco años de servicio y reputación de policía «pata negra», fuese a declarar, vestido de uniforme, imputado por sedición.

Datos personales

Nació en Badalona en 1965. Licenciado en Derecho. En 1989 ingresó en los Mossos. En 2013 fue nombrado comisario en jefe. En 2017 ocupó el puesto de Mayor. Está imputado por sedición en la Audiencia Nacional. El Gobierno le cesó como Mayor el pasado 28 de octubre.

Es desde luego difícil protagonizar un regreso del verano como el suyo. De pronto, todo se volvió del revés. Varias veces. Por ejemplo, el prestigio de los Mossos que se libraron como por ensalmo de su fama violenta y de la sombra de episodios como el de Ester Quintana para convertirse en los héroes que cualquier movimiento nacional necesita. El independentismo vendió su eficaz gestión de los atentados (Trapero dando hasta dos ruedas de prensa diarias) como la prueba de que Cataluña sería un Estado avanzadísimo. Hoy sabemos que en los alrededores de esas fechas altos cargos del Govern reconocían por teléfono que la independencia era «imposible».

En sólo 72 días se hizo famoso, ascendió a la categoría de héroe, descendió a la de traidor y fue destituido

Pero los hechos no han logrado interponerse ni un segundo en el relato del ‘procés’. Trapero había dicho que envidiaba a esos países en los que los ciudadanos saludan a los policías y hasta los invitan a sus casas. ¿Le impediría ese deseo intuir que tanto amor era muy raro? Porque tenía algo delirante que el «Bueno, pues molt bé, pues adiós» que le dirigió a un periodista que protestó por el uso del catalán en una rueda de prensa se viralizase como argumento independentista incluso cuando se aclaró que el periodista no era español, sino holandés.

Uno de los misterios de estos meses es saber qué pasaba por la cabeza de Trapero cuando oía que los Mossos defenderían la nueva república. Nunca ha estado muy claro su compromiso político y su ausencia en los actos independentistas es ya clamorosa. Se dice que es muy desconfiado. Quizá no quiere empeorar su horizonte judicial.

Quienes le conocen, hablan de un hombre ambicioso, iracundo y discreto. No debió de gustarle que en 2016, antes de ser nombrado Mayor, Pilar Rahola publicase aquellas fotos de la fiesta con Puigdemont y otros amigos en su casa de verano. Tendría lógica. En aquella casa de verano había un arpa. ¡Un arpa! Y estaba Joan Laporta, con las gafas de sol puestas y una copa de champán. Es probable que un mando policial solo pueda justificar su presencia en una fiesta, entre Joan Laporta y un arpa, si está a punto de disparar al techo, identificarse y gritar que todo el mundo quieto y que las manos, muy despacio, donde él pueda verlas.

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