Joan Coscubiela, despedida y cierre

Joan Coscubiela, despedida y cierre
IVÁN MATA
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PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

«Vivimos una situación dramática en términos democráticos». Fue lo primero que dijo Joan Coscubiela –diminuto, sereno, afilado: su aspecto combinaba el ascetismo del corredor y el bronceado del montañero– tras acercarse a los dos micrófonos de la tribuna de oradores del Parlament de Cataluña.

Era el jueves 7 de septiembre de 2017. La mayoría independentista de la Cámara iba a cambiar el orden del día para aprobar la Ley de Transitoriedad. Eso significaba establecer un marco legal alternativo al español en caso de que ganase el ‘sí’ en un referéndum que ya había sido declarado anticonstitucional. El Parlamento catalán se disponía a cruzar una línea sin retorno. Era la culminación legislativa de la ruptura.

Coscubiela había comenzado a hablar con una llamativa mezcla de calma y contundencia. Apenas miraba sus papeles. Se dirigía a los independentistas. En el segundo 30 de su discurso ya les acusaba de pretender «pasar por encima» de los derechos de la oposición. Y eso era «pasar por encima de los ciudadanos».

La realización de la televisión enfocó entonces a Albano Dante Fachin. Hundido en su escaño, torcía el gesto con repugnancia. El siguiente plano mostró el banco del Gobierno: el presidente Puigdemont y el vicepresidente Junqueras desviaban la mirada a sus teléfonos móviles. Detrás de ellos la portavoz de Esquerra Republicana hacía lo mismo. Componían una tropa cabizbaja. Se escondían. Parecían unos estudiantes a los que hubiesen pillado en falta. Un espectador que desconociese lo que ocurría podría haber pensado que aquel señor más bien calvo que hablaba en la tribuna con las manos entrelazadas a la altura del pecho ostentaba alguna autoridad docente y había reunido a sus alumnos porque acababan de aparecer cosas feas en la revisión de taquillas.

Fue casi lo que ocurrió. El choque del independentismo contra una clase de autoridad. Justo cuando todo el país miraba. Coscubiela no dijo nada que no pudiese haber dicho un miembro de Ciudadanos, el PSC o el PP, solo lo dijo mejor. Pero los partidos del ‘procés’ no podían neutralizarlo con su repertorio de apriorismos. Coscubiela no era un españolista, sino un partidario de un referéndum legal; no era un reaccionario, sino alguien suficientemente de izquierdas como para denunciar el «capitalismo depredador»; y no era, sobre todo, alguien a quien dar lecciones sobre compromiso y libertad. Con once años, visitaba en la cárcel a su padre, encerrado por sindicalista. Años después, él conocería la Modelo por la misma razón.

Cuando Coscubiela aseguró que estaba dispuesto a «partirse la cara» por los derechos de la minoría, los grupos de la oposición aplaudieron. Entonces los parlamentarios independentistas los señalaron. Fue el ‘ad hominem’ por interposición: pura adaptación evolutiva de la impotencia. «Te están aplaudiendo. Eres como ellos». Coscubiela reaccionó con calma: «No tengo ningún problema en que me aplaudan personas con las que tengo discrepancias». Podría haber dejado caer un micro, como hacen los raperos. Incluso podría haberse quitado la chaqueta para echársela a la espalda, como Raphael, y alejarse silbando. Sobre el Govern flotaba ya la sospecha de que es muy raro estar en el poder y ser los oprimidos. Estaba hecho.

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