La izquierda y la nación

El nacionalismo que dice tener un problema con España con quien lo tiene es con la pluralidad. Que la izquierda aborde esta reflexión con todas sus consecuencias sería una gran noticia

Javier Zarzalejos
JAVIER ZARZALEJOS

La intervención del exsecretario general del Partido Comunista Francisco Frutos en la última manifestación convocada en Barcelona por Sociedad Civil Catalana sorprendió por la dura denuncia que hizo de una parte de la izquierda a la que denominó «cómplice» del nacionalismo. Desde casi el inicio del proceso independentista, otro hombre de izquierda que llegó a ser candidato a la presidencia del Gobierno elegido en primarias del Partido Socialista, José Borrell, se ha distinguido por su crítica implacable a los «cuentos» que el nacionalismo catalán ha querido convertir en cuentas de un agravio para justificar su destructiva ensoñación secesionista.

Del testimonio de ambos y de la movilización de un sector de la izquierda que parece haber perdido las prevenciones y complejos a la hora de referirse a España en términos novedosos, hay observadores que creen identificar un cambio de fondo en las tesis y argumentos de la izquierda sobre la cuestión nacional y del patriotismo como valor cívico.

La crisis catalana habría detonado esta reconsideración de las actitudes, del lenguaje y de los conceptos que sobre la nación mantiene, en general, la izquierda, demasiado poseída por las referencias argumentales del nacionalismo, entre las que se encuentra una sesgada interpretación de la historia de España de la que el nacionalismo extrae su narrativa legitimadora.

Hace pocas semanas, el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, reafirmaba su posición favorable al reconocimiento de la plurinacionalidad de España, e incluso hacía una aproximación al número de naciones que España contiene, haciendo un cómputo incompleto porque, convertida la nación en simple voluntad de serlo, el número de naciones puede ser ilimitado. Dicho lo anterior, hay que hacer justicia a un sector que ha sido creciente en la izquierda y que hace tiempo superó eso de España como «Nación de naciones», se apartó de la idea nacionalista de que son los territorios y no los ciudadanos los que tienen derechos y se topó, primero en el País Vasco, ahora en Cataluña, con la realidad de un nacionalismo excluyente, del pacto de Estella al del Tinell, que no merecía esa hiperlegitimidad de la que venía disfrutando.

Frutos hizo bien en denunciar esa complicidad histórica porque ha existido y, aunque más cerca de ser resuelta, todavía se mantiene en demasiados ámbitos. No es fácil olvidar el papel que jugó Izquierda Unida en el frente nacionalista establecido en el pacto de Estella, ni tantos discursos tan sorprendentemente intercambiables entre algunos socialistas y los nacionalistas más radicales. Peor aún, esa izquierda que desde hace más de una década se ha apuntado al revisionismo del pacto de la Transición y de la Constitución del 78, lo ha hecho amplificando la reivindicación nacionalista de un supuesto déficit democrático en el reconocimiento del autogobierno. Lo paradójico es que la izquierda no ha relativizado la nación en nombre del internacionalismo sino en nombre de la insatisfacción de los nacionalismos en España y de las obsesiones identitarias de éstos.

Este mismo mes se van a cumplir 47 años de la muerte de Franco. Los intentos de resucitarlo no están en los contados nostálgicos o exaltados que se reúnen en el Valle de los Caídos sino en los esfuerzos de los independentistas catalanes para hacer creer que España es una democracia sólo de nombre y que hay que sacar a pasear de nuevo a Lluís Llach y 'L'Estaca' para defender las libertades de los catalanes.

Pero son también muchos años en los que la izquierda ha recurrido a la apropiación del patriotismo por el franquismo para justificar su incapacidad para cuajar un discurso nacional que viera en España algo más que una nación discutida y discutible, carente de elementos de vertebración salvo el propio Partido Socialista, que se atribuía este papel. En la Europa de la I Guerra Mundial, la izquierda percibió en el nacionalismo una fuerza poderosa capaz de causar la caída de las grandes monarquías imperiales del Continente, lo que hacía de los nacionalismos un eficaz vehículo revolucionario y un útil compañero de viaje. En España, a falta de los procesos de nacionalización que la izquierda experimentó en la lucha contra el nazismo, la izquierda identificó nación con franquismo y en esa coartada ha vivido durante demasiado tiempo. Su visión del nacionalismo ha sido, al menos hasta ahora, una imagen anclada en la Europa de hace un siglo y en la de una épica de resistencia antifranquista atribuida a los nacionalismos con muchos menos merecimientos de lo que sus relatos sugieren. Por eso no debería sorprender que los amigos de Puigdemont en Europa sean sus primos de la extrema derecha flamenca o el ultra británico Farage.

Lo que ha confirmado el proceso independentista es lo que ya puso de manifiesto con claridad el frente nacionalista de Estella en el caso vasco. Y es que el nacionalismo que dice tener un problema con España, con quien realmente lo tiene es con la pluralidad. No es una supuesta nación opresora lo que los nacionalistas rechazan sino una sociedad plural que por serlo se resiste a sus experimentos de ingeniería social y mantiene defensas, incluso poco visibles pero reales, frente a los intentos de hegemonizarla. El problema de los nacionalismos no son los límites jurídicos de la Constitución sino los límites sociales con los que topa su proyecto en una sociedad plural. Hoy, la reflexión a la que induce lo ocurrido en Cataluña no debería hacerse desde la perspectiva nacional sino desde las exigencias democráticas de las que los nacionalismos han demostrado que están dispuestos a apartarse. Que la izquierda aborde esta reflexión con todas sus consecuencias sería una gran noticia.

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