El invento de Albert Rivera

El invento de Albert Rivera
Manuel Arroyo
MANUEL ARROYO

En su operación 'asalto a La Moncloa', Euskadi no es para Albert Rivera más que una simple excusa con la que ganar votos en otros lares. Si Ciudadanos llega al Gobierno no será por su implantación electoral en Bizkaia, Álava y Gipuzkoa, absolutamente insignificante. Pero, por muy poco que le interese el País Vasco en su legítimo objetivo de alcanzar el poder, ello no justifica algunos exabruptos que sobrepasan los típicos excesos verbales del debate político y se adentran de lleno en los terrenos del insulto a la inteligencia.

De alguien que aspira a dirigir los destinos de España hay que esperar un mínimo de rigor, sentido de la responsabilidad y el mismo respeto a las leyes que con toda razón se exige, por ejemplo, al independentismo catalán. Ya estábamos acostumbrados a sus chistes sobre el Cupo y el 'cuponazo', más propios de un mal programa de presuntos graciosillos en televisión que de un líder nacional. Pero calificar los derechos históricos vascos de «invento» y mezclarlos con alusiones a «supremacistas», como ha hecho Rivera, es ir demasiado lejos incluso para alguien tan dado como él a los fuegos de artificio dialécticos. Brillantes en ocasiones, todo hay que decirlo.

Nadie le pide al presidente de Ciudadanos que presuma de hablar euskera en la intimidad ni que convierta el 'Gora ta gora' en la melodía de su teléfono móvil. Tiene todo el derecho del mundo a ir por la vida de azote de nacionalistas (como su 'padrino' Aznar antes de que los necesitara) y a jurar que no se pondrá de rodillas ante ellos ni pedirá «perdón por ser español». De ahí a cuestionar los derechos históricos e insinuar que los eliminará si llega al Gobierno media un abismo.

Por muy henchido que esté por las encuestas que le auguran una victoria si ahora se celebraran elecciones generales, Rivera no puede ignorar que los derechos históricos vascos, sobre los que se asienta el Concierto Económico, están avalados por la Constitución y el Estatuto. Por lo tanto, al margen de que le gusten más o menos, su obligación hoy por hoy es respetarlos. Suprimirlos, si esa fuese su intención, no solo sería una completa insensatez política, sino que exigiría una mayoría cualificada para reformar la Carta Magna (y la de Gernika) que ni de lejos le otorgan ni los sondeos más entusiastas a su favor. Y no parece que el PP ni el PSOE estén ni vayan a estar por la labor de ayudarle en esa insensata tarea. Por no citar el pequeño detalle de que el Concierto es la clave de bóveda del autogobierno de Euskadi y el principal engarce del nacionalismo vasco con la España constitucional. El incendio catalán arroja suficientes lecciones como para no repetir en el País Vasco los errores del 'procés' -los de un lado y los de otro-, aunque a Ciudadanos le fuera muy bien en las elecciones autonómicas del 21 de diciembre.

Rivera -hay que reconocerlo- ha puesto de los nervios al PNV. No ya por su demagogia de brocha gorda contra los supuestos «privilegios» vascos, sino por la posibilidad real de que llegue a La Moncloa a lomos de ese discurso de agravios territoriales y furibundamente antinacionalista, que tanto gusta en la España profunda tras el órdago del 'procés'. Haberse situado en la diana del PNV, que le distingue con sus dardos dialécticos más envenenados, es un timbre de orgullo para el líder de Ciudadanos y, además, una ayuda ideal para arrancar más y más votos en el resto del país.

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