Independentismo Puigdemont

El secesionismo no existe más que como una actitud estética. No existe como una disposición política unitaria y efectiva; mucho menos como un compromiso ético

Independentismo Puigdemont
Kepa Aulestia
KEPA AULESTIA

El independentismo son, en realidad, dos: el que encarna el expresidente Puigdemont y el que no se atreven a formular los demás secesionistas. Todo el independentismo se nutre del victimismo; de sentirse perseguido por un Estado que ya no reconoce como suyo, sino como una realidad ajena y opresiva. Pero solo el independentismo de Puigdemont se jacta de burlar a ese Estado, de provocarle contradicciones, de sorprenderle desde el autoexilio. Claro que la imprevisibilidad sobrevenida de quien fuera alcalde de Girona y pasara a sustituir a Artur Mas anula la discrepancia en el nacionalismo catalán, y acalla la propuesta de cualquier alternativa a su investidura. Renunciar a Puigdemont sería tanto como renunciar a una Cataluña digna. Tanto como rendirse a la imposición del 155. Quién puede atreverse, frente a semejante lógica, a sugerir alguna otra variante para asegurar que cuanto antes haya un gobierno independentista al frente de la Generalitat. En público, absolutamente nadie. Y en privado tampoco.

El entendimiento tácito sobre la caducidad de Puigdemont entre el PDeCAT y ERC saltó por los aires con su viaje a Dinamarca y, sobre todo, con el dictamen renuente del Consejo de Estado a la hora de avalar la impugnación de su candidatura a la presidencia de la Generalitat. La acusación dirigida por el aspirante a sucederse y a suceder al 155 de Rajoy, de que el Gobierno incurre en fraude de ley al tratar de apearle de la investidura antes de que ésta se haga efectiva, sonaría a broma si Puigdemont no pudiera pertrecharse con los argumentos de la institución que preceptivamente informa al Ejecutivo central antes de recurrir al Tribunal Constitucional. Pero aun así resulta chocante que el ‘independentismo Puigdemont’ reivindique la Ley para advertir de que es el Gobierno central el que la está violentando.

Desde un punto de vista táctico, en poco más de una semana Puigdemont ha dado un escarmiento al Estado o, mejor, a sus instituciones centrales. Sin duda porque, por ahora, está en una posición de ventaja. Ha logrado mantener desactivada la euroorden, tras inducir al juez Llarena a manejar criterios de oportunidad política para abstenerse de solicitar su detención y entrega a Dinamarca, contra la petición de la Fiscalía General. Y ha conseguido que el Gobierno desoiga la recomendación del Consejo de Estado y eleve la impugnación sobre su investidura ante el Tribunal Constitucional, asumiendo así un alto riesgo institucional. Cualquiera que sea el resultado final, Puigdemont saldrá ganando en su obstinación. La única diferencia estará en que en su discurso se mofe del criterio del Gobierno Rajoy porque el TC le enmiende la plana, o que presente a éste como el ejecutor de las directrices de Sáenz de Santamaría.

Pero ¿qué beneficio obtiene el independentismo de una pugna tan tacticista y unipersonal? Ninguno. Ni a corto, ni a medio, ni a largo plazo. La presunción de que todas las carencias, contradicciones y dificultades con las que se retrate el Gobierno Rajoy a cuenta de la crisis catalana se convierten, automáticamente, en activos para la cuenta de resultados independentista responde a una visión entre interesada e ingenua de la realidad. Que Rajoy o Sáenz de Santamaría hagan más o menos el ridículo en su gestión del conflicto, además de opinable, en ningún caso significa que sus deslices puedan ser cobrados a modo de rédito por el independentismo. La situación puede llegar a ser materia de escarnio politiquero hasta en la Corte de Madrid. Pero no por ello Cataluña logrará una cota de menor dependencia; ni el secesionismo conseguirá ningunear a esa otra mitad de los catalanes que piensan distinto.

Puede parecerle excesiva la conclusión de que no hay un independentismo sino dos. Pero cabe formular otra tesis más extrema: que en realidad el independentismo no existe en Cataluña más que como una actitud estética. De que no existe como una actitud política unitaria y solvente. Mucho menos como un compromiso ético. Lo comprobaremos en los próximos días, en la medida en que las fintas tácticas de Puigdemont continúen acaparándolo todo, y conminando a sus seguidores -entusiastas u obligados- a reír las gracias de la dignidad legitimista de una Generalitat gobernada por Rajoy; o en la medida en que unos y otros apoyen a un candidato alternativo al desgobierno.

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