«Me hice ertzaina para encontrar a los culpables, pero no hubo manera»

Iñaki Arana, segundo por la izquierda, junto al resto de familiares de las víctimas del atentado del bar Arana, ayer durante el homenaje celebrado en Alonsotegi./Manu Cecilio
Iñaki Arana, segundo por la izquierda, junto al resto de familiares de las víctimas del atentado del bar Arana, ayer durante el homenaje celebrado en Alonsotegi. / Manu Cecilio

Iñaki Arana, hijo de una de las cuatro víctimas de una bomba de la extrema derecha en Alonsotegi, rememora el atentado en su 38 aniversario

LORENA GIL

Hace hoy 38 años Liborio Arana se disponía a entrar, como todos los días, en el bar Aldana de Alonsotegi. «Solía pasar allí muchas horas; los dueños, Garbiñe y José Ángel, eran muy amigos», evoca Iñaki, uno de sus hijos. Era domingo, al filo de la una de la madrugada. Junto a la puerta de entrada del establecimiento, un paquete de cartón con un dispositivo de seis kilos de goma-2 con un sistema de munición eléctrica aguardaba a que cualquier vecino lo moviera y lo activara involuntariamente. El destino quiso que esa persona fuera Liborio.

La explosión hizo que se derrumbase el techo de la taberna, ubicada en la carretera de Bilbao a Balmaseda, y el segundo piso del edificio. Cuatro personas fallecieron en el atentado, que al día siguiente fue reivindicado por los Grupos Armados Españoles (GAE). Junto a Liborio Arana murieron Manuel Santacoloma y el matrimonio formado por Mari Paz Ariño y Pacífico Fica. Una decena de personas resultaron heridas.

«Mi aita era un aldeano que se dedicaba a su familia y a sus vacas. Murió con las abarcas puestas, por ellas le reconocimos», describe Iñaki Arana, segundo de nueve hermanos -seis chicos y tres chicas-. Liborio, votante del PNV, tenía una vaquería. La cuadra se ubicaba justo al lado del bar Aldana. Surtían de leche a casi todo el pueblo. También a la familia del actual lehendakari, Iñigo Urkullu, natural de Alonsotegi. «Éramos los lecheros», apunta. La noche del atentado, Iñaki acababa de llevar a su aita las cantinas vacías. «Las necesitaba porque ordeñaba a la mañana siguiente», explica. Y se fue a casa. «Yo ahora voy», le dijo Liborio. Antes, se pasó a despedir el día por la taberna.

«La explosión se escuchó en casa», evoca Iñaki, que entonces tenía 27 años. «Tal y como estaban las cosas, creí que había sido una bomba en el cuartel de la Guardia Civil», reconoce. Entonces, oyeron los gritos de los vecinos: ‘¡Han puesto una bomba en el bar!’. «Lo primero que pensé fue: ‘He dejado al aita allí’». Salió corriendo. Preguntó a todos aquellos con los que se cruzaba si habían visto a su padre. «Con el polvo no se reconocía a nadie». «Vete al hospital», le dijeron. Pero allí no estaba. «Cuando volví al bar se me acercó el médico de Alonsotegi y me lo dijo... Entonces regresé a darle la noticia a la ama», recuerda.

Restos «en bolsitas»

La mañana siguiente fue terrible. «Había que ir a recoger todo», expresa. Iñaki tiene grabada la imagen de una prima «peleándose» con el servicio de limpieza. «Los familiares teníamos que meter en bolsitas los restos de mi aita y ella les estaba pidiendo que nos dieran más tiempo, que no habíamos terminado», relata con toda su crudeza. «Un brazo apareció debajo de un coche». En casa de los Arana no se habló del atentado. «No porque no quisiéramos que se supiera, sino porque dolía mucho», reconoce. Ayer, tanto Iñaki como familiares del resto de las víctimas celebraron una concentración y compartieron su experiencia con estudiantes de Alonsotegi. Hoy se celebrará un oficio religioso en su recuerdo.

En puertas del 38 aniversario del acto terrorista, nada se sabe de sus autores. «Entregué a la policía todas las posibles pruebas que encontré, pero hasta ahí», relata Iñaki. Seis meses después, se convirtió en uno de los primeros berrozis que hubo en Euskadi. «Me hice ertzaina porque quería encontrar a quienes lo hicieron. No hubo manera...», lamenta. Uno de sus hermanos decidió seguir sus pasos y se unió también a la Policía autónomica. «Entonces empezaron a llegar cartas a casa, en las que desde el entorno de ETA se le advertía a la ama: ‘Los otros han matado a tu marido, pero nosotros vamos a ir a por sus hijos’», revela.

«Hemos sido los olvidados», reconocen los familiares de un crimen aún por esclarecer Dolor en silencio

El atentado del bar Aldana fue reivindicado por los Grupos Armados Españoles. «Estoy seguro de que fue un atentado político», mantiene Iñaki Arana. Barakaldo, municipio en el que Alonsotegi se integraba en 1980, estaba gobernado por el PNV. El Ejecutivo central, presidido por Adolfo Suárez, emitió una nota desde el Gobierno civil de Vizcaya en la que prometió «aislar a los asesinos», cuya acción, dijo, pretendía «impedir el normal desarrollo constitucional y la realización pacífica de las elecciones al Parlamento vasco». El propio Suárez envió a Bilbao al director de la Policía, José Sáinz, con el encargo de esclarecer el atentado, pero las pesquisas cayeron en manos de José Amedo, a posteriori condenado por su pertenencia a los GAL. «Hemos sido los olvidados», reprocha Iñaki.

- ¿Qué le diría a los autores si los tuviera delante?

- Sinceramente, ¿por qué? ¿Qué había hecho aquella gente? ¿Qué había hecho mi aita?

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