Puigdemont propone suspender la declaración de independencia

Puigdemont, en su declaración en el Parlament. / Reuters

El presidente de la Generalitat se da «varias semanas» para inciar un proceso de diálogo y negociación tras asumir los resultados del referéndum del 1 de octubre

DAVID GUADILLA

Carles Puigdemont ha «asumido» este martes «el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república», pero suspendió los efectos de la declaración unilateral de independencia durante al menos varias semanas para abrir un proceso negociador con el Gobierno de España. El calculado discurso del presidente de la Generalitat al evitar un pronunciamiento claro abre un escenario de incertidumbre a la espera de la respuesta que dé el Ejecutivo de Mariano Rajoy.

A las 19.37 horas, Puigdemont anunció que asumía el «mandato» del 1 de octubre y ha abierto un escenario todavía incierto. Se trata de una fórmula sobre la que ya se trabajaba, una especie de declaración ‘en diferido’, una estrategia que desde La Moncloa se considera inaceptable y que ya ha abierto un cisma en el movimiento soberanista, al ser rechazada por la CUP.

Lo hizo en una jornada histórica, que marca un antes y un después en la política española y que abre horizontes desconocidos hasta la fecha. En un ambiente de máxima tensión, con más de un millar de periodistas acreditados, un Parlament blindado por los Mossos y cientos de personas convocadas por las entidades soberanistas rodeando la Cámara autonómica a la espera de una declaración que proclamase la república catalana, Puigdemont suspendió los efectos de la declaración de independencia que derivaba de los resultados del referéndum del 1 de octubre. Se trata de una opción de que no gustó a sus socios de la CUP y que busca «iniciar un diálogo» con el Gobierno de España.

El suspense se mantuvo hasta el último segundo. Estaba previsto que la sesión comenzase a las seis de la tarde. Para esa hora, las disensiones en el movimiento soberanista eran evidentes. El rostro de los representantes de la CUP en los pasillos del Parlament certificaba que había problemas. La tormenta de rumores fue incesante. Se especuló, incluso, con que Puigdemont estaba dispuesto a dar marcha atrás.

A las 19.14 horas, el president tomó la palabra. Lo hizo reconociendo la trascendencia «histórica» del «momento» que se estaba viviendo y recalcaba la «necesidad imperiosa de reducir la tensión». Apeló a la «unidad» y al «respeto a los que piensan diferente». También reconocía que durante los últimos días «muchas personas» se le han acercado para expresarle su opinión. Pero, a partir de ahí, el discurso conciliador desapareció y apostó por «mantener el compromiso» alcanzado tras el resultado del «referéndum de autodeterminación» del pasado 1 de octubre, una convocatoria ilegal que, según Puigdemont, hubo «ataques policiales violentos».

A esa altura del discurso, las opciones de que el choque de trenes no se produjese habían prácticamente desaparecido. El jefe del Ejecutivo catalán echó mano de la sentencia del Estatut en 2010, a las inhabilitaciones a diversos cargos públicos, entre ellos, Artur Mas, presente en el palco de invitados, cargó contra el mensaje del Rey, presentó el dibujo de una Cataluña sometida por el Estado, echó mano de una lista de agravios e incluso restó importancia a la fuga de empresas de Cataluña. «No somos unos delincuentes, ni unos locos ni unos abducidos», llegó a decir Puigdemont, que recibió las duras críticas del Ciudadanos, PSC y PP.

Su declaración es el punto de inflexión de un proceso que ha ido cubriendo etapas sin que los impulsores del proceso soberanista en ningún momento se hayan planteado dar marcha atrás, a pesar de la crispación y la fractura social que ha estallado en Cataluña. La tensión ha ido incrementándose de forma exponencial desde que el pasado 6 y 7 de septiembre Junts pel Sí y la CUP aprobasen las leyes de transitoriedad y de referéndum, sobre las que pivota una hoja de ruta independentista que ha estado plagada de incertidumbres.

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La fuga masiva de empresas catalanas a otros lugares de España durante los últimos días y el nulo apoyo internacional que ha recabado la apuesta rupturista de Puigdemont habían situado al Govern en una situación comprometida. Esta misma tarde, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, ha pedido a Puigdemont que «respete en sus intenciones el orden constitucional y no anuncie una decisión que haga imposible el diálogo».

La sensación de que se estaba llegando a un punto de no retorno había avivado la división en el soberanismo durante los últimos días. Por un lado, la CUP, importantes sectores del PDeCAT y de ERC, así como la Asamblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural, que convocaron concentraciones a las puertas del Parlament, presionaron hasta el último minuto para evitar que Puigdemont realizase una declaración descafeinada. En el otro lado de la balanza, los grupos más moderados, que han intentado moderar la intervención presidencial con el objetivo de evitar un salto al precipicio de consecuencias desconocidas.

De hecho, las últimas horas fueron frenéticas, con citas al más alto nivel. El propio Govern se reunió el martes, pocas horas antes de la sesión parlamentaria. El contenido de la declaración se mantuvo en secreto hasta el último momento.

Ahora queda por ver la reacción del Gobierno español. Está previsto que Mariano Rajoy comparezca en las próximas horas para valorar el mensaje del president. El Ejecutivo del PP ya ha advertido en reiteradas ocasiones que una declaración unilateral de independencia provocaría una respuesta proporcional y contundente. Entre las opciones que están sobre la mesa figura la aplicación del artículo 155 de la Constitución, un texto que supone de facto la suspensión de la autonomía por parte del Estado. Pero también podría haber derivadas legales. El vicesecretario de Comunicación del PP, Pablo Casado, aseguró el lunes que Puigdemont podría acabar siendo detenido como lo fue Lluís Companys en 1934. Al president se le podría acusar de un delito de rebelión, penado con hasta veinticinco años de prisión.

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